Se ruega no enviar flores Capítulo 44
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Capítulo 44

— La Voz de la Ribera

NEREA

El domingo veintidós subí al cementerio a las diez y media a devolverle a Fermín una carpeta con el papel de la reducción de los Yárnoz, que se me había quedado en el despacho desde diciembre.

Estaba en el patio de San José, en la fila cuarta, y no estaba solo.

Había un hombre con un mono azul de trabajo que le queda grande, arrodillado al lado de dos sacas de mortero de veinticinco kilos, cortando el plástico con una navaja.

Damián levantó la cabeza.

—Hola.

—Hola.

Fermín no dijo nada. Cogió el capazo y se fue a por agua, que es lo que hace Fermín cuando dos personas tienen que hablar y él está en medio: irse a por agua a un sitio que está a treinta metros y tardar cuatro minutos.

—¿Qué haces?

—Sacas. —Se limpió las manos en el mono—. Mañana hay una reducción y hay que subir seis a la fila cuarta y él con la rodilla no puede.

—¿Y quién te lo ha dicho?

—Nati. El viernes en la cena. Me dijo que Fermín estaba solo y que yo no estaba haciendo nada, que es verdad.

—¿Llevas aquí desde…?

—Desde el jueves. Tengo la cuatro del Zubiri hasta el treinta.

Se levantó. El mono es de Fermín y le queda corto de manga.

—Me echaron el diecisiete —dijo—. Fue de mutuo acuerdo, en el papel. Yo escribí un informe con todo lo que había hecho, lo entregué el martes por la mañana, y a las once y media estaba en la calle con una caja.

—¿Todo lo que habías hecho?

—Todo. Lo que falseé, cuándo y por qué. Cuatro puntos. —Se pasó el antebrazo por la frente—. Y no te lo puedo contar. Firmé una cláusula de confidencialidad y me pagan por ella, y sé perfectamente cómo suena eso dicho aquí, en un cementerio, con un mono prestado.

—Suena bastante mal.

—Ya.

—¿Y qué te pagan?

—Doce meses de no competencia. Dos mil seiscientos al mes por no poder trabajar en el sector en España hasta el diecisiete de marzo del año que viene.

Estuvimos un rato.

—Yo he vendido el edificio —dije.

Se quedó quieto.

—¿Al ayuntamiento?

—Al ayuntamiento. Novecientos cuarenta mil.

Tanatorio municipal, abierto a todas las empresas a tarifa reglada, y yo pago dos mil novecientos al mes de renta durante treinta años.

Con mi parte compro los tercios de mis hermanos y me quedo con la empresa entera y sin el edificio.

En la fachada va a poner Tanatorio Municipal de Olarza y las funerarias vamos en una placa, por orden alfabético.

—Tránsito se sale.

—Se salió el jueves a las nueve y cuarenta. Cuatro líneas.

—Ya.

—Y el miércoles nos juntamos cinco casas de la comarca en la trastienda del Katxi y firmamos un papel. Guardia rotatoria, reparto por carretera y compra conjunta. Le he devuelto Aizcorbe y Zaldúa a Beroiz.

Damián se quedó mirando las sacas.

—¿Y cómo lo has hecho?

—Pidiéndolo. —Me encogí de hombros—. No hay más. Es una cosa que en esta casa no había hecho nadie desde 2009 y que en esta familia se nos da fatal.

Volvió Fermín con el capazo lleno, lo dejó y se fue a por la llana, que estaba a diez metros.

—Hay una cosa que quiero decirte —dijo Damián— y que no es del informe. Esta es mía y te la puedo contar.

—Dime.

—El dieciséis de febrero, cuando vino Marga y falló la centralita y ella te dijo lo de los ochocientos euros, yo estaba delante y me puse a hacer la cuenta de quién había en tu casa. Una mujer, una tanatoestética, un conductor, una administrativa y un hermano.

—Ya.

—Y no hay ningún hombre.

—No.

—Y desde ese día no he vuelto a llamar a esa línea sin colgar antes de que arrancara. Y no te lo dije nunca, ni el ocho de marzo cuando nos lo dijimos todo, porque me pareció que era lo único que tenía que era tuyo y no del expediente.

Yo me quedé mirando una fila de nichos que no tiene nada de particular.

—Se rompió —dije.

—¿Cómo?

—El catorce por la noche. Bajé a las cuatro de la mañana, llamé desde mi móvil y se cortó a la mitad. Se ha quedado sin arrancar la línea. Ya no está.

—¿Y la locución?

—Estaba en una placa de un aparato de 2004. El técnico viene el martes.

Damián no dijo nada durante bastante rato.

—Lo siento —dijo.

—Ya.

—Lo digo en serio.

—Ya lo sé que lo dices en serio. Por eso te he contestado «ya».

DAMIÁN

Estuvimos veinte minutos con dos sacas de mortero entre los dos y Fermín dando vueltas a treinta metros con una llana que no necesitaba.

Le conté lo del variable de veintiséis mil que no se devenga y lo del bordillo de Madrid. Me contó lo del informe número dos y de cuándo lo escribí; eso ya me lo había dicho el ocho de marzo, pero lo volvió a decir y me pareció bien que lo volviera a decir.

Me contó lo que sacó de mí. Con orden, que es como hace ella las cosas: los noventa días sobre once mil cuatrocientos, el ocho por ciento del anexo que son ocho mil novecientos al año, el textil a precio de fábrica, el nueve en roble, y lo del veinte de enero por la noche, que fue lo del comité del último martes de cada mes y lo de Peñalver.

—Eso no te sirvió de nada —le dije.

—No me sirvió de nada. Pero lo hice.

Y yo le conté lo que saqué de ella. Los dos mil ciento ochenta, el cuadro de la rotación, el setenta y uno por ciento de ocupación, que acepté sabiendo lo que era, y el pliego de Providencia, que ese no me lo dio ella, me lo dio Loli con las mejores intenciones del mundo.

Y lo de Sagrario Zúñiga, que lo dijo ella y no lo dije yo.

—Ayer subió al cementerio —dijo—. Desde Zaragoza. La llamó Loli. Se puso al fondo y se fue sin acercarse.

—¿Y tú qué hiciste?

—Nada. Es que no hay nada que hacer, Damián. Eso ya está hecho y esa mujer estuvo once días orgullosa de su madre y ahora tiene otra cosa, y eso se lo hice yo. No se arregla. Se lleva.

Le pregunté qué iba a pasar con la agrupación.

Me contó lo del acta, las salvedades, la cláusula cuarta, la comisión de tres, y la sexta, que dice que ninguno de los firmantes tiene tiempo ni conocimiento para hablar con las compañías y que cuando el volumen lo permita se estudiará contratar a alguien.

—Lo escribí yo —dijo—. Y lo escribí el miércoles a las diez de la noche pensando en un tío que se dedica a eso.

—Ya.

—Y no te lo estoy ofreciendo.

—Ya lo sé.

—Es que no puedo ofrecértelo aunque quisiera. Tienes doce meses.

—Once y medio —dije.

Y se rio.

Se rio de golpe, con la boca cerrada primero y abierta después, apoyándose en el nicho de al lado con una mano, y tardó un rato en parar, y yo también me reí, y no era gracioso.

Era otra cosa. Era que llevábamos los dos desde octubre calculando meses y euros y fechas de vencimiento y por una vez el número no era una amenaza, era once meses y medio de un hombre de cuarenta y un años que no tiene nada que hacer en un pueblo de catorce mil habitantes.

Fermín levantó la cabeza desde los treinta metros y volvió a bajarla.

—Yo no me voy a ir de aquí ahora mismo —dije—. Tengo la habitación hasta el treinta y luego ya veré. No tengo dónde ir y me pagan por no trabajar.

—Vale.

—Y no te voy a llamar.

—Vale.

—Lo digo en serio. No te voy a llamar y no voy a ir a tu casa y no voy a aparecer en la funeraria a llevarte nada.

—Damián, esto es un pueblo de catorce mil habitantes con cinco bares.

—Ya lo sé.

—Nos vamos a ver todas las semanas.

—Ya lo sé. —Cogí la segunda saca—. Digo que no te voy a llamar yo.

Se quedó pensándolo.

—Vale —dijo.

Y luego, ya de camino a la puerta, se dio la vuelta.

—Oye, la urna de Ribadavia. ¿La tienes tú?

—La tengo en una caja en el Zubiri.

—Tráemela. Que la vendo.

—Me costó veinte euros.

—Te doy veinte euros.

—Vale.

NEREA

Bajé por la cuesta a las once y veinte.

1. Once meses y medio.

2. Comer el domingo en casa de mamá. Llamar yo a Íñigo.