Capítulo 43
A Patxi Zunzarren le llamé el jueves diecinueve a las siete y veinte de la tarde, desde el despacho, con el flexo encendido.
Cogió al segundo tono.
—¡Hombre, Nerea!
—Patxi, el texto.
Se hizo un silencio de dos segundos y luego oí que se movía, y oí una silla, y oí que decía «espera, que cojo el bloc».
—Dime.
—Ignacio Iribas Aldaz. Coma no, nada. Debajo: mil novecientos sesenta, guion, dos mil veinticinco. Y debajo: Tu familia.
—¿Y ya está?
—Ya está.
—¿No pones lo de la casa?
—No.
—Vale. —Escribía—. ¿Grabado y pintado o bronce?
—Grabado y pintado.
—Grabado y pintado son mil ochocientos. El bronce son dos mil seiscientos y le queda mejor con el granito gris ese.
—Grabado y pintado, Patxi.
—Que sí, mujer, que solo lo digo.
—¿Cuándo puedes?
—Yo la tengo cortada desde el año pasado y el granito está en el patio con tu apellido escrito con tiza. Grabar y pintar es un día. El sábado a las diez si quieres.
—El sábado a las diez.
—Pues el sábado a las diez.
Colgamos y me quedé con el bolígrafo en la mano.
Después llamé a La Voz , que a las siete y media todavía hay alguien en anuncios, y les dicté un recordatorio de treinta y cuatro líneas que había escrito el martes por la noche y que había corregido cuatro veces.
La chica que me atendió lo leyó en alto para confirmarlo y a la mitad se paró y dijo:
—Perdona, ¿lo de los perros de caza va?
—Va.
—Es que no es lo normal.
—Ya lo sé.
—Vale. Son ciento cuarenta y dos euros con la tarifa nueva.
Yo pensaba ir sola.
Eso hay que decirlo porque es verdad y porque es lo único que había planeado: subir el sábado a las diez, estar con Patxi y sus dos hombres el rato que durase, y bajar.
No avisé a nadie. No mandé un mensaje, no llamé a mi madre, no se lo dije a Puri.
Lo que hice fue publicarlo en el periódico del sábado con mi nombre y treinta y cuatro líneas, y decirle a Fermín el jueves por la tarde que el sábado a las diez subía una furgoneta de Zunzarren y que necesitaba el portón abierto y el paso libre.
Eso no es ir sola. Eso es otra cosa, y me di cuenta el sábado a las diez menos veinte, cuando llegué y ya había ocho coches.
Hacía un sol raro de marzo, de esos que no calientan y molestan en los ojos, y no había una nube, y todo el mundo iba entrecerrando los párpados y poniéndose la mano en la frente.
Fermín tenía el patio de San Miguel barrido y las herramientas fuera de en medio. Llevaba una camisa.
La furgoneta de Zunzarren llegó a las diez menos cinco. Bajaron Patxi y dos hombres y descargaron la lápida entre los tres con dos correas, y era más pequeña de lo que yo me acordaba, porque las lápidas son siempre más pequeñas de lo que uno se acuerda.
Mi madre llegó a las diez menos diez con Sabino.
Yo se lo había contado todo el jueves por la tarde, en su cocina, después del ayuntamiento: lo del edificio, lo de los hermanos, lo de la agrupación y lo del sábado.
Estuve dos horas. Es la primera vez en diecinueve meses que subo a esa casa a contar y no a resolver.
—¿Tú vas a estar bien? —me dijo el jueves.
—No lo sé.
—Bueno.
El sábado se puso a mi izquierda y no dijo nada en cuarenta minutos.
Íñigo llegó de Bilbao a las diez en punto con Maider y con los dos críos. Jon tiene once años y llevaba corbata, que no se la había puesto nadie. Unai y Iker vinieron andando desde casa de mi madre.
Puri vino con su sobrina Idoia, que era el domingo de Idoia y le cambió el día.
Marisa vino con su marido. Chuchi y Aitor vinieron con la ropa de trabajo porque a las doce teníamos un traslado. Bea vino con Mateo y no trajo flores, porque yo no le pedí flores y porque ella no las trajo, y las dos sabíamos perfectamente por qué.
Loli vino desde Tafalla con el abrigo rojo.
Don Evaristo tenía funeral a las doce en San Miguel y subió a las diez y cuarto sin la estola y se quedó al fondo, y a las once menos cuarto preguntó si quería que dijera algo y le dije que no, y me dijo que muy bien.
Y luego estaba todo lo demás, que es lo que yo no había calculado.
Vino Sabin de Zaldúa con su mujer, y Josu, porque La Voz la lee todo el mundo en los pueblos y porque el sábado por la mañana está en el bar a las ocho.
Vino Sagrario Zúñiga desde Zaragoza; era su fin de semana y la llamó Loli el viernes.
No nos dijimos nada. Se puso al fondo, a la derecha, y cuando terminó todo se fue sin acercarse, y eso me pareció bien y me pareció justo.
Vino la hija de Amparo Belzunce, la que discutió por el vestido verde el veintiocho de octubre.
Vino Angelines, la del segundo izquierda.
Vino Joaquín Redín. Vino Anjel con el delantal quitado y con otros siete de la peña, y de esos siete, tres tienen su nombre y una cantidad escritos en un folio de noviembre de 2009 que yo tengo en el despacho desde el domingo.
Y vino un hombre de Berbinzana de setenta y tantos años al que yo no había visto en mi vida, que se me acercó a las diez y media, se presentó y me dijo que él me llamó un domingo de febrero a las siete y veinte de la tarde para preguntar a quién tenía que llamar primero cuando pasara.
—Usted me lo explicó todo y no me cobró nada.
—Es que eso no se cobra.
—Ya. Bueno. Pues por eso he venido.
Su mujer murió el once de febrero. Le hicimos el servicio nosotros y yo lo firmé y no até el nombre con la llamada hasta ese momento, en el patio de San Miguel, un sábado a las diez y media de la mañana.
A las diez y veinte empezaron a poner la lápida.
Se pone así: se limpia el frente del nicho, se hace la mezcla, se dan cuatro pelladas de mortero en el reverso de la piedra por las esquinas y el centro, se levanta entre dos, se aploma con el nivel, se presenta, se ajusta con dos cuñas de plástico en la base y se comprueba otra vez con el nivel.
Después se retira el sobrante con la llana y se limpia el canto con una esponja húmeda.
Lo hicieron Patxi y sus dos hombres y tardaron treinta y ocho minutos.
En esos treinta y ocho minutos no habló nadie.
No fue un silencio de esos que alguien tiene que sostener.
Había cuarenta y tantas personas de pie en un patio de cementerio a las diez y media de la mañana con un sol que molestaba en los ojos, y se oía la esponja en el granito y se oía a un hombre pedirle el nivel al otro, y nadie dijo nada, y de vez en cuando alguien tosía.
Yo estaba de pie a metro y medio del nicho.
Y no sabía dónde ponerme.
Eso es lo que quiero dejar escrito porque es lo que pasó de verdad.
Yo he estado en cuatrocientos y pico entierros y en todos he sabido exactamente dónde ponerme, porque el sitio de la casa es a la izquierda y dos pasos atrás, desde donde se ve la puerta y se ve al cura y se ve quién está llorando y quién necesita una silla.
Y el sábado veintiuno de marzo yo no estaba en el sitio de la casa.
Estaba en el otro. Y en el otro no me habían enseñado a estar y no sabía qué hacer con las manos, y estuve un rato con ellas delante, y luego a los lados, y luego me las metí en los bolsillos del abrigo y me pareció que quedaba mal y las volví a sacar.
Puri lo vio. Loli lo vio. Mi madre lo vio, porque no había dejado de mirarme.
Y el que se movió fue Chuchi.
Se fue andando hasta la caseta de Fermín, que está a cuarenta metros, sin decírselo a nadie, y volvió con una de las tres sillas de plástico que tiene Fermín dentro, blanca, con una raja en el respaldo, y la puso a mi lado y le dio dos golpecitos en el asiento con la mano.
—Anda —dijo.
Y me senté.
Es lo único que pasó. Me senté en una silla de plástico blanca a metro y medio de un nicho, y a mi izquierda estaba mi madre de pie y detrás mi hermano Íñigo con la mano en el hombro de Jon, y Puri se puso a mi derecha, y Fermín estaba al fondo con las herramientas, y me quedé sentada los últimos veinte minutos.
Cuando Patxi terminó de limpiar el canto con la esponja se apartó, y se apartaron los otros dos, y quedó la piedra.
IGNACIO IRIBAS ALDAZ 1960 – 2025 TU FAMILIA
Granito gris de Porriño, letra grabada y pintada en negro, ochenta por cincuenta y cinco centímetros, mil ochocientos euros más IVA.
Estuvimos así un rato. No sé cuánto. Después mi madre alargó la mano y me tocó el pelo una vez, muy poco, y la retiró.
La gente empezó a irse a las once y cuarto y tardó veinte minutos en irse. Se fueron como se van las cosas en los pueblos: nadie se despide de todos, cada uno se despide de dos o tres y baja andando, y a los diez minutos quedan quince, y a los cinco minutos quedan seis.
Chuchi y Aitor se fueron a las once y media porque a las doce teníamos el traslado.
Patxi no me quiso cobrar la colocación.
—El sábado no te lo cobro.
—Patxi, no me hagas eso.
—Que no te cobro el sábado, la piedra sí.
—Mándame la factura entera.
—Que no.
—Patxi. —Y ahí me oí a mí misma y me paré, y lo dije de otra manera—. Vale. Gracias.
Se fueron a las doce menos veinte.
Al final quedamos Fermín y yo, y la silla.
—Déjala ahí —dijo—. Ya la subo yo luego.
—La subo yo.
La cogí y la llevé a la caseta y la puse con las otras dos, y Fermín me sujetó la puerta, y salimos, y él se fue a la fila cuarta, donde tenía un trabajo empezado, porque el sábado por la mañana también hay trabajo empezado.
Bajé andando por la cuesta que en enero hay que hacer en primera.
1. Llamar al marmolista.
2. Llamar a Íñigo. Sin motivo.