Se ruega no enviar flores Capítulo 42
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Capítulo 42

— La Voz de la Ribera

—Antes de nada —dijo Ubalde—, que conste que esto es una reunión informal y que aquí no se acuerda nada, porque para acordar hace falta pleno.

—Ubalde, siéntate —dijo Merche.

—Yo me siento. Pero que conste.

Bengoa abrió la carpeta.

—El activo subyacente es el inmueble.

—El edificio —dijo Merche.

—El edificio, que no está dentro de la sociedad. Nunca se aportó. Lo compró el abuelo en 1961 a su nombre, lo heredó el padre y al fallecer pasó a los tres hijos por partes iguales, en proindiviso, y la empresa lo viene usando desde 1972 sin contrato de arrendamiento ni renta.

—¿Eso es legal? —dije.

—Eso es lo normal en el ochenta por ciento de las empresas familiares de este país. Lo raro sería lo contrario.

—Eso también hay que fiscalizarlo —dijo Ubalde.

—Eso no hay que fiscalizarlo, Ubalde, que eso es de ellos —dijo Merche—. Sigue.

—El arquitecto municipal lo ha valorado en novecientos cuarenta mil euros.

Levanté la cabeza.

—Mi tasación de enero decía un millón seiscientos veinte.

—Tu tasación de enero valoraba un edificio dentro de un negocio en marcha y con uso exclusivo —dijo Bengoa—.

Esto es una adquisición municipal de un inmueble que va a ser un tanatorio público abierto a cualquier operador.

Un edificio que van a usar tus competidores vale menos que un edificio que usas tú sola.

Eso no es una jugada de nadie, es lo que es.

—¿Y no puedo pedir más?

—Puedes pedir más y el interventor te va a decir que no.

—El interventor te va a decir que no —dijo Ubalde—. Un ayuntamiento no paga por encima de la valoración de su propio técnico. Y no hay otro comprador.

No lo hay. Ese es el resumen de dieciséis semanas: no tengo otro comprador.

—Novecientos cuarenta mil entre tres —dijo Bengoa— son trescientos trece mil trescientos treinta y tres para cada uno. A tu hermano Íñigo, a tu hermano Unai y a ti.

—¿Y el alquiler?

—Treinta años —dijo Merche—. Dos mil novecientos al mes, revisable con el IPC.

—Eso son treinta y cuatro mil ochocientos al año que hasta ahora no pagaba nadie.

—Que hasta ahora no pagaba nadie porque el edificio era tuyo. —Merche se echó atrás en la silla—. Y ahora la parte que te tengo que decir a la cara, Nerea, y no me la voy a saltar. Eso no es en exclusiva.

—Ya lo sé.

—Las dos salas se alquilan a tarifa reglada a cualquier empresa funeraria que las pida. Beroiz puede velar en la Ebro. La Purísima puede velar en la Ebro.

—Y Tránsito puede velar en la Ebro.

—Y Tránsito puede velar en la Ebro, y no se lo puedo impedir yo, ni te lo puedo poner en el pliego, ni te lo va a firmar el interventor.

—No se lo va a firmar —dijo Ubalde.

—Ubalde.

—Perdón.

Bengoa pasó de hoja.

—Y ahora lo de la sociedad, que es otra cosa.

Mi hermano Íñigo firmó el doce de marzo una compraventa a Grupo Tránsito de su tercio de las participaciones y de su cuota indivisa del edificio, todo junto, seiscientos veinte mil euros, con efectos del uno de julio y con mi derecho de tanteo abierto hasta el treinta de junio.

—Si el edificio se vende al ayuntamiento —dijo Bengoa—, la cuota indivisa desaparece.

Ya no hay inmueble que transmitir. Y lo que le queda a Tránsito de aquel contrato son unas participaciones de una sociedad que ha perdido el setenta por ciento del concierto, se ha quedado sin edificio y ha asumido un arrendamiento de treinta años.

—¿Y eso cuánto vale?

—Lo he vuelto a hacer esta mañana. Doscientos diez mil la sociedad entera. Setenta mil el tercio.

—Setenta mil.

—Setenta mil.

Grupo Tránsito se salió de la operación al día siguiente a las nueve y cuarenta de la mañana, por correo electrónico, cuatro líneas, alegando modificación sustancial del objeto. No hubo llamada, ni negociación, ni amenaza. Cuatro líneas y un «quedamos a su disposición».

Así que compro yo. Setenta mil a Íñigo y setenta mil a Unai, ciento cuarenta mil de los trescientos trece mil que me tocan del edificio, y me quedan ciento setenta y tres mil para pagar treinta y seis mil de vencido, poner una centralita de ochocientos euros y aguantar el agujero de tesorería desde el veintitrés de mayo.

Íñigo cobra trescientos ochenta y tres mil en lugar de seiscientos veinte. Doscientos treinta y siete mil menos.

Se lo dije por teléfono el miércoles por la noche y estuvo callado y después dijo que vale.

—El sábado me ejecutan el aval.

—El sábado no —dijo Bengoa, que estaba en el manos libres—. El sábado les enseñas el acuerdo firmado por la alcaldesa y les pides reconocimiento de deuda con calendario a dieciocho meses. Te va a costar seis o siete mil de intereses.

—Vale.

Unai me dijo que sí el jueves a mediodía, en el almacén, sin sentarse.

—¿Setenta mil?

—Setenta mil por tu tercio de la sociedad. Lo del edificio te lo paga el ayuntamiento a ti directamente, no yo. Sales con trescientos ochenta y tres mil.

Se quedó mirando la pila del fondo.

—Con eso Iker y yo compramos en Pamplona.

—Ya lo sé.

—Nerea, yo no quería esto.

—Ya lo sé, Unai.

—Es que yo lo que quería era no dormir con el móvil.

—Ya lo sé.

Lo que firmamos a la una y veinte no es la compraventa. Es un acuerdo de términos esenciales de cuatro folios con la valoración, el precio, la renta, el plazo y el compromiso de tarifa reglada.

—Pleno el veintitrés de abril —dijo Ubalde, contando con los dedos—. Informe de intervención. Fiscalización previa. Comunicación al Gobierno de Navarra. Escritura, si no se tuerce, en junio. Y la inscripción, después.

—O sea que hasta junio el edificio es mío y hasta junio no hay un euro.

—Efectivamente.

—Y mi derecho de tanteo vence el treinta de junio.

—Va justo —dijo Bengoa.

—Va justo —dijo Ubalde.

Merche me acompañó hasta la escalera.

—Hay una cosa que no te he dicho y te la digo ahora. El rótulo.

—¿Qué rótulo?

—El de la fachada. Si el edificio es municipal, en la fachada va a poner TANATORIO MUNICIPAL DE OLARZA, porque es lo que va a ser y porque lo pagan todos. Las empresas que operen dentro van en una placa a un lado, todas del mismo tamaño y por orden alfabético.

Las letras de latón de mi abuelo están atornilladas al granito una por una desde 1961. Se limpian con un producto que compra Marisa y le lleva una hora a Chuchi cada quince días, todo el año, todos los años.

—¿Y las letras?

—Las letras te las llevas tú. Son tuyas, no son del edificio.

—¿Y dónde las pongo?

—Pues no sé, Nerea. Dentro.

Bajé a la calle a las dos menos cuarto y me quedé en la acera de enfrente un rato mirando la fachada, que es una cosa que no había hecho nunca porque cuando algo es tuyo no lo miras desde enfrente.

Y lo que sentí no fue lo que esperaba.

Lo que sentí fue que el veintitrés de mayo la caja se queda en cero y ahora ya no.

LO QUE ERA MÍO

1. Edificio: vendido. Pleno 23 de abril. Escritura en junio. No firmar nada más hasta que lo vea Bengoa.

2. Letras de latón: descolgarlas antes de la escritura. Chuchi. Pedir la caja de tornillos de la 3.ª balda.

3. Salas Ebro y Moncayo: a partir de junio se piden. Aprender a pedirlas.

LO QUE QUEDA

4. La licencia, la flota, el teléfono, Puri, Marisa, Chuchi, Aitor y yo.

5. Renta: 2.900 €/mes desde junio. Meterlo en la previsión HOY.

6. Centralita: llamar mañana. Los 800. Ya.

7. Llamar al marmolista.