Se ruega no enviar flores Epílogo
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Epílogo

Son las nueve y veinte de la mañana de un sábado de abril y a las once y media tengo servicio.

—Es que no cabe en la plaza —dice mi madre.

—Mamá, es que no es una plaza, es un portón.

—Ya, pero es que Sabino no la mete de espaldas.

—Yo la meto de espaldas perfectamente —dice Sabino desde dentro—. Lo que no puedo es meterla de espaldas con cuatro dando indicaciones.

Los cuatro son mi hermano Unai, Iker, Joaquín Redín, que pasaba, y Chuchi, que es el único que sabe y al que nadie escucha. Unai lleva tres minutos diciendo «para, para, para» con la mano y Chuchi ha dicho dos veces que hay que sacarla y volver a entrar.

Unai e Iker han venido de Pamplona a pasar el fin de semana. Vienen una vez al mes o cada dos meses, se quedan en casa de mi madre y el sábado por la mañana él se pasa por aquí y se mete en el almacén y toca cosas.

Esta mañana ha descolgado el teléfono nuevo del despacho.

—Es que no suena igual.

—Es que no es el mismo aparato, Unai.

—Ya sé que no es el mismo aparato. Digo que la voz.

La voz es la mía. La grabé en junio del año pasado en el despacho, a la tercera, y dice lo mismo que decía la otra porque el texto lo escribió mi padre en 2004 y no había ninguna razón para cambiarlo.

Está en un servidor de una empresa de Pamplona, tiene desvío escalonado a dos móviles, avisa por mensaje de las perdidas y costó ochocientos euros y veintidós al mes.

En la fachada pone TANATORIO MUNICIPAL DE OLARZA desde el catorce de julio. A la derecha hay una placa de acero con cuatro nombres por orden alfabético: Beroiz, Iribas e Hijos, La Purísima y Yoldi. Nosotros somos los segundos.

Las letras de latón de mi abuelo están dentro, en la pared del pasillo de abajo, atornilladas una a una por Chuchi con la caja de tornillos de la tercera balda. Se limpian igual y se tarda lo mismo.

A las nueve y media, con la autocaravana todavía en diagonal, ha llegado la furgoneta de Alsúa.

La conduce Nadia, que tiene veintiséis años y que lleva con Bea desde septiembre, media jornada primero y jornada completa desde enero, y que reparte a las siete casas de la agrupación tres días por semana.

Bea no cogió lo del vivero. Dijo que no en mayo, cuando todavía no se sabía si esto iba a funcionar, y el vivero cogió a otra, y me consta que en junio y en julio no durmió. Me lo dijo ella en agosto, en la acera, con esas palabras.

Somos siete desde noviembre. Entraron los de Lodosa, que estaban en la misma lista que nosotros y no lo sabían, y una casa de Tafalla que dijo que no a una oferta de compra en septiembre y llamó a Beroiz al día siguiente.

Damián empezó el lunes.

Tres días a la semana, contrato de la agrupación, dieciocho mil euros brutos al año, que es lo que se puede pagar.

Se sienta con las compañías y les explica lo que cuesta un traslado nocturno de treinta y cinco kilómetros con dos personas y un vehículo, que es lo que hizo la primera vez que pisó este pueblo, en noviembre, con un folio con membrete.

Lleva viviendo en Olarza desde marzo del año pasado. Doce meses sin trabajar y once meses y medio contándolos. Los ocho primeros los pasó ayudando a Fermín y aprendiendo a soldar en el taller de Zunzarren, cosa que nadie le pidió.

Fermín se jubila el treinta de septiembre. Lleva desde enero diciendo que va a seguir subiendo igual y no le lleva la contraria nadie.

Las flores aparecieron a las ocho menos cuarto.

Yo abrí a las ocho menos veinte y en el escalón, junto a la puerta de servicio, había un cubo de zinc con veinte o veinticinco tallos de flor blanca, sin envolver, sin cinta y sin nota.

No había nadie en la calle.

Lo metí dentro y lo puse en la entrada porque no sabía qué otra cosa hacer con un cubo de flores un sábado a las ocho de la mañana, y a las ocho y media bajó Angelines del segundo izquierda con un tiesto de geranios y me dijo que era para la entrada, y a las nueve menos cuarto pararon Josu y Sabin, que bajaban de Zaldúa, con dos ramos comprados en la gasolinera.

A las nueve y media, con la autocaravana en diagonal y con Sabino gritándole a Chuchi, en la acera de la calle Mayor había ya once cosas.

Un cubo. Dos ramos de gasolinera. Un tiesto de geranios.

Cuatro tallos de un rosal de alguien, cortados con tijera de podar.

Un centro pequeño de los que hace Bea, con su cinta y sin nada escrito.

Y una corona de las de verdad, de las de doscientos euros, que trajo a las nueve y veinte un señor de la peña que puso mil euros en un folio en noviembre de 2009 y que no ha dicho de dónde venía.

Y a las diez y cuarto, cuando por fin sacaron la autocaravana y la aparcaron en la plaza, en la acera no se podía pasar.

No lo ha organizado nadie. En este pueblo estas cosas no las organiza nadie: alguien hace una y a las dos horas hay treinta, y cuando preguntas quién ha empezado no lo sabe ni el que ha empezado.

Sagrario Zúñiga mandó las suyas por Nadia desde Zaragoza. Eso lo sé porque estaba el albarán.

Estoy en la puerta con el café de la máquina, que sigue estando malísimo, mirando a mi madre discutir con Chuchi sobre el radio de giro de una autocaravana de segunda mano.

A las once y media tengo servicio. Felisa Ochagavía Ros, setenta y nueve años, sala Ebro, que la tenemos alquilada al ayuntamiento a tarifa reglada desde las ocho de esta mañana y hasta mañana a las ocho, y que hay que preparar.

Voy a tener que mover todo esto de la acera antes de que llegue la familia. Son las diez y veinte.

—Chuchi.

—Dime.

—Déjala ya y ven, que hay que entrar las flores.