Capítulo 40
Lo empecé el ocho de marzo por la tarde, en la habitación cuatro del hostal Zubiri, a cuatro horas de haber salido por la puerta de servicio de una funeraria de la calle Mayor de Olarza.
Tardé nueve días.
Cuatro los pasé todavía en Olarza, porque tenía la habitación pagada hasta el jueves y porque no se me ocurrió otro sitio. Nati me siguió guardando la mesa de la esquina y no me preguntó nada, que en un hostal de siete habitaciones es una manera de preguntarlo todo.
El miércoles once llamé a mi padre.
Le llamo los domingos. Un miércoles a las siete de la tarde no le he llamado nunca, y lo primero que hizo fue asustarse.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Que no pasa nada, papá. Que estoy en el coche y me he acordado.
—Ah. —Un ruido de mando a distancia—. Es que me has asustado.
Alfredo Sotelo tiene setenta y cuatro años, mil ciento cuarenta euros de pensión y una rodilla que le funciona mejor que la mía.
Estuvo cuarenta y un años en el negocio y nueve más conduciendo para los que se lo compraron, y ahora juega al tute los martes y los jueves en el club de jubilados de Vilameá.
—¿Y el tute?
—Ay, no me hables.
Ahí ya sabía yo que tenía once minutos.
Hay un hombre nuevo en el club que se llama Servando, que llegó en octubre porque se vino a vivir con la hija, y que hace trampas.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque canta las veinte cuando no tiene el rey.
—Igual se equivoca.
—Se equivoca siempre en la misma dirección, Damián. Eso no es equivocarse.
—¿Y no le decís nada?
—¿Qué le vamos a decir? Tiene ochenta y uno y lo operaron del corazón en enero. —Bajó la voz, como si Servando estuviera en el salón—. Lo que hacemos es no sentarnos con él. Ahora somos doce y él es el que sobra siempre. Y él sabe perfectamente por qué.
—Eso es peor que decírselo.
—Eso es lo que hay.
Me preguntó si comía bien. Le dije que sí. Me preguntó si había pasado la ITV del coche y le dije que en mayo. Me preguntó si llevaba el abrigo bueno o el otro, que es una pregunta que me hace desde que tengo veinte años y que sigue teniendo la misma respuesta, que es que solo tengo un abrigo.
Y luego me contó lo del velatorio.
El domingo se murió Camilo, que era de la partida de los martes y que había sido de la cooperativa, y él bajó al tanatorio nuevo de la carretera, el de la rotonda.
—Está muy bien puesto, ¿eh? —dijo—. Muy limpio y muy amplio. Y el aparcamiento, enorme.
—Ya.
—Pero es que ya no hay nadie en la puerta.
—¿Cómo que no hay nadie?
—Que no hay nadie en la puerta, hijo. Antes siempre había alguien de la casa en la puerta, para decirte qué sala y por dónde.
Yo estuve haciendo eso once años. —Un silencio corto—.
Ahora entras y hay un cartel con las salas y una flecha, y ya está.
Y luego, dentro, todo perfecto. Pero en la puerta no hay nadie.
Yo tenía siete folios escritos encima de la cama de la habitación cuatro de un hostal de Navarra, y en el apartado ocho de esos siete folios había un párrafo tachado en diciembre por mi directora de expansión que decía exactamente eso con otras palabras y con la palabra «activo» dentro.
—Ya —dije.
—Bueno, tampoco es queja. Es que uno se acostumbra a lo suyo.
—Ya.
—¿Y en la empresa qué tal?
—Bien.
—Ah, bueno.
Y me pareció que le iba a preguntar algo más y no me preguntó, porque mi padre lleva quince años sin preguntarme una segunda vez por la empresa, y yo llevo quince años sabiendo por qué y no habiéndolo hablado ni una sola vez con él.
—Bueno, pues nada —dijo—. Que no gastes en la llamada.
—Papá, esto ya no se paga por minutos.
—Ya, ya. Bueno.
Colgó él, que cuelga siempre él, y siempre a mitad de la despedida.
Once minutos y catorce segundos. No le conté nada.
Marga me recibió a las nueve y media en su despacho, que tiene la pared blanca y una mesa de reuniones de seis.
—Buenos días, Sotelo. ¿Café?
—No.
Se sentó, cogió los nueve folios y los leyó.
Los leyó enteros, en silencio, delante de mí, sin pasar por encima y sin volver atrás, y tardó veintiséis minutos.
Yo estuve veintiséis minutos sentado en una silla mirando una pared blanca.
No cambió la cara ni una vez, que es una cosa que se aprende y que ella tiene aprendida desde antes de conocerme.
Al terminar, dejó el taco boca abajo y me hizo tres preguntas.
—El punto cuatro. La cláusula de la licencia. ¿Se la inventó usted entera o partió de algo?
—Entera. Y en noviembre un funcionario de urbanismo de Olarza me había dicho que allí no existe esa figura. Así que lo escribí sabiéndolo.
—El punto cinco. El riesgo de personal que omitió en el informe tres. ¿Cuándo lo supo?
—El veintisiete de noviembre por la mañana. Lo omití esa misma tarde.
—Y el siete. Los treinta y seis meses.
—Los once meses son la estimación buena. Los treinta y seis los puse para que el expediente se quedara quieto.
Marga asintió una vez.
—Muy bien. —Puso las manos encima del taco—. Sotelo, esto es lo mejor que ha escrito usted en once años y no lo va a leer nadie más que yo y el director de personas.
—Ya lo sé.
—Se lo digo por si se había hecho alguna ilusión.
—No me he hecho ninguna.
Cogió el teléfono de la mesa, marcó una extensión y dijo que subiera Elena. Después colgó y se quedó con la mano encima del auricular.
—Le voy a explicar lo que pasa ahora y le voy a explicar por qué, porque usted se lo ha ganado y porque además le conviene entenderlo.
—Vale.
—Usted ha falseado cuatro puntos de un informe interno en una operación de dos millones de euros. Eso es transgresión de la buena fe contractual y da para un disciplinario procedente, y lo ganaríamos.
—Ya.
—Y no lo vamos a hacer. —Se echó atrás—.
¿Sabe por qué no lo vamos a hacer? Porque para despedirle a usted por falsear un informe tengo que aportar el informe.
Y el informe donde usted lo confiesa es este, y en este informe hay cuatro folios sobre cómo entra este grupo en las comarcas y qué hacemos cuando no compramos.
Y eso no se lo voy a dar yo a un juzgado de lo social de Madrid para que lo lea el abogado de usted y lo lea el de enfrente.
—O sea que lo que me sale bien es haberlo escrito todo.
—Lo que le sale bien es haberlo escrito todo aquí y no en otro sitio. —Y entonces dijo la única frase que le he oído decir en once años con la voz un poco distinta—: Y que conste que no lo escribió para eso.
Entró Elena, de personas, con una carpeta.
Extinción de mutuo acuerdo con fecha de hoy.
Finiquito con la parte proporcional de la extra de julio y veintiún días de vacaciones.
El variable de 2026, veintiséis mil euros, no se devenga porque no hay operación cerrada, y eso está bien puesto.
Pacto de no competencia postcontractual de doce meses, con compensación del sesenta por ciento del fijo, que son treinta y un mil doscientos euros pagados en doce mensualidades.
Cláusula de confidencialidad sobre documentación interna, indefinida.
—Léalo con calma y fírmelo cuando quiera —dijo Elena—. Puede llevárselo y traerlo el viernes.
—Lo firmo ahora.
—No hace falta.
—Lo firmo ahora.
Lo firmé a las diez y cincuenta.
Doce meses. Doce meses sin poder trabajar para nadie del sector en España, que es lo que sé hacer, a cambio de dos mil seiscientos euros al mes.
Marga me pidió el portátil. Se lo di, con el cargador y con la funda. Le di el teléfono de empresa y las dos tarjetas, la de Ferreiro y la otra, y las puse las dos encima de la mesa, una al lado de la otra, que es la primera vez en cuatro meses que han estado las dos fuera del bolsillo a la vez.
Bajé a recoger. Tengo un armario en la cuarta planta y una taquilla en el sótano y no hago vida en esta oficina, así que cabía todo en una caja de folios.
Los muestrarios de Ferreiro. Una taza. Dos cargadores. La libreta pequeña de tapa dura, que es mía y me dejaron llevármela porque Elena la miró y dijo que eran notas manuscritas. Un paraguas.
Y una urna de mármol reconstituido de Talleres Miño, de Ribadavia, que compré por veinte euros en un almacén de Navarra en diciembre con hoja de retirada firmada, y que llevaba desde entonces en el armario porque no sabía dónde ponerla.
Marga bajó conmigo al ascensor.
—Va a tener usted doce meses sin poder trabajar —dijo—. ¿Qué va a hacer?
—No lo sé.
—Ya.
Se abrió el ascensor. No me dio la mano y yo tampoco se la di, porque llevamos once años y eso habría sido peor.
Salí a la calle a las once y media con la caja.
Hacía sol y era martes y en Madrid a las once y media de la mañana la gente va a sitios.
Estuve un rato en la acera calculando cuánto tardaría en llegar el coche desde el parking y después dejé de calcular y me senté en el bordillo con la caja entre los pies, como un idiota de cuarenta y un años, doce minutos.
Hoy es diecisiete de marzo. Hoy, en algún despacho de Zaragoza, alguien firma la concertación de Navarra media para tres años.
Eso no lo he impedido, ni lo he retrasado, ni he movido un milímetro nada de lo que va a pasar en esa comarca.
Lo único que he hecho ha sido dejar de mentir, que es lo más barato que se puede hacer y lo he cobrado a treinta y un mil doscientos euros.
Nota para el expediente OLARZA-114:
INFORME DE CAMPO N.º 9 — Informe final y rectificación de los anteriores
Evaluador: D. Sotelo. Fecha: 17/03. Nueve folios. Con anexo.
1. OBJETO. Este informe rectifica los informes n.º 3, 5 y 6 del presente expediente, identifica los datos falseados u omitidos por el evaluador que suscribe y expone la situación real de la plaza. Se redacta a iniciativa propia y sin requerimiento.
2. LA PLAZA. Funeraria Iribas e Hijos presta 320 servicios/año en una comarca de 19 municipios.
Tasa de repetición familiar: 61 %. Tiempo medio de respuesta: 41 minutos.
Ocupación real de salas: 45 %; el 71 % del informe n.º 3 procede de un cuadro facilitado por la titular con criterio de cómputo extensivo, que el evaluador aceptó sabiendo lo que era.
3. LA DERIVACIÓN. El 60 % del volumen procede de un concierto verbal de 1994 entre la agente comarcal de Providencia Seguros y el titular fallecido. El evaluador lo identificó como vulnerabilidad el 05/11 y así lo remitió. Es el dato que ha determinado la operación.
4. DATOS FALSEADOS EN EL INFORME N.º 6.
a) Discrecionalidad de la agente acotada al 25 %: falso. El anexo II del pliego existe y no se aplica.
b) Capex de conversión, 185.000 €: inflado. Cifra real estimada, 61.000 €. La segunda salida de evacuación no la exige el aforo.
c) Vinculación de la licencia municipal de 2009 a la titularidad: inventado íntegramente. El evaluador conocía desde noviembre, por información verbal de urbanismo del Ayuntamiento de Olarza, que esa figura no existe en ese municipio. La licencia se tramitó en cuatro meses.
d) Horizonte de resistencia de 36 meses: falso. La estimación correcta es la del informe n.º 5: once meses.
5. DATO OMITIDO EN EL INFORME N.º 3. El apartado 7 declaraba «estructura de personal estable, sin rotación relevante».
El 27/11 el evaluador tuvo conocimiento directo de que el tanatopractor —única capacidad técnica de la casa en 40 km y mitad de la guardia— tenía intención de abandonar.
Se omitió deliberadamente. Ha causado baja el presente mes.
6. CONFLICTO DE INTERESES. Declarado el 25/02 a requerimiento de la dirección de expansión. Relación personal con la titular desde enero. Finalizada el 08/03.
7. SObrE LA VÍA DE CONCERTACIÓN. Este grupo no necesita comprar Olarza. Entrando por concertación el coste de implantación es cero y el operador local desaparece solo. El informe n.º 5 estimó ese plazo en once meses y esa estimación es correcta.
8. SObrE LO QUE SE COMPRA. En el informe n.º 4 escribí un apartado que la dirección tachó con la anotación «No es activo». Lo reproduzco y lo mantengo.
«El activo determinante de esta plaza no es transferible, porque consiste en la existencia de una persona autorizada a perder dinero sin consultarlo.
En una red de 281 funerarias esa autorización no existe, no puede existir y no debe existir, porque una red se sostiene precisamente sobre que nadie pueda tomar esa decisión solo.
Por lo tanto el activo se destruye en el momento de la compra. »
Añado ahora lo que entonces no supe ver.
Esa autorización tampoco es un carácter ni una virtud: es una posición.
La ocupa quien está a la vez dentro del negocio y dentro del pueblo, y por eso responde de las dos cosas con lo mismo.
Se puede describir, y de hecho la he descrito.
No se puede contratar, porque en el momento en que se contrata deja de haber pueblo delante y hay un empleador.
Recomendación: ninguna. No hay nada aquí que este grupo sepa comprar.