Capítulo 39
— Tablón, Tanatorio Iribas
Los lunes de marzo en una floristería de pueblo no entra nadie.
Bea estaba en el cuartito de atrás con la nevera abierta y dos cubos, tirando la flor que no se vendió el fin de semana. Los tulipanes van enteros al cubo; a las rosas les mira el cuello una por una y las que aguantan se pasan a un balde con agua limpia y se venden el martes a mitad de precio.
De cada seis, tira cuatro.
Entré, cogí la escoba de detrás de la puerta y me puse a barrer la tienda.
No dijo nada. Yo tampoco.
Barrí la parte de delante, la del mostrador y la de los caballetes, y saqué el recogedor dos veces, y luego pasé al cuartito y barrí debajo de la mesa de trabajo, que es donde se acumula el tallo cortado y donde no llega nadie nunca.
Veinte minutos.
Cuando terminé, me apoyé en el marco con la escoba.
—Los dos mil cuatrocientos —dije.
Bea levantó la cabeza de la nevera.
—¿Qué?
—La fianza. Los dos mil cuatrocientos euros de 2022. Págamelos.
Se quedó con una rosa en la mano.
—Ahora no los tengo.
—Ya lo sé que no los tienes. Págamelos cuando puedas. En dos años, en cinco, me da igual. Pero me los pagas.
—Nerea…
—Es que si no me los pagas, me los debes. Y llevas tres años debiéndomelos porque yo no te dejé pagarlos. Eso lo dijiste tú en diciembre y tardé tres meses en entenderlo.
Bea metió la rosa en el balde.
—Vale.
—Cincuenta euros al mes cuando puedas.
—He dicho vale.
Cogió el otro cubo y lo puso en el suelo entre las dos.
—¿Algo más?
—Sí. Lo de Zaldúa.
—Ya lo vi.
—¿El qué viste?
—A la del abrigo. —Siguió con el cuello de las rosas—. La vi el martes, en el porche, con el otro. Y a los tres días me enteré por Loli de quién era, igual que se enteró todo el mundo. Y no te llamé.
—Yo hice los dos centros para eso.
—Ya sé para qué hice los dos centros. —Tiró una—. ¿Y qué querías, que no los hiciera? Eran para dos muertos y para una mujer de Zaragoza. Los centros estaban bien hechos.
—Bea.
—Que estaban bien hechos, Nerea. Y me los pagaste a treinta días como se paga todo. —Tiró otra—. Lo que hiciste tú con lo demás es cosa tuya y ya te lo estará cobrando alguien.
—Me lo está cobrando.
—Pues eso.
Estuvo un rato con las rosas.
—Dos cosas —dijo—. Una: no me vuelvas a mandar los pedidos por Marisa. Si me tienes que pedir tres coronas, me las pides tú, aunque estemos enfadadas, aunque no nos hablemos, aunque me odies. Por Marisa no.
—Vale.
—Y dos: si en mayo cojo lo del vivero, lo cojo. Y no me lo vas a poner difícil, ni me vas a decir que aguante, ni me vas a ofrecer nada.
—Vale.
—Vale.
Se limpió las manos en el delantal y cerró la nevera.
—¿Y a qué has venido?
Se lo conté. Lo de Providencia, lo de los catorce pueblos, lo de los cincuenta y ocho servicios, lo del veintitrés de mayo, lo de la nómina de junio. Se lo conté entero y con los números, de pie, en el cuartito, con la escoba todavía en la mano.
Bea escuchó sin interrumpir y al final dijo:
—Los cinco os quedáis a cero menos tú, que te quedas a un tercio.
—Cuatro se quedan a cero.
—Ya. —Puso el cubo de los desechos junto a la puerta—. Oye, ¿tú sabes cómo compro yo la flor?
—En Zaragoza.
—En Zaragoza, a un mayorista que tiene un porte mínimo de cuatrocientos euros. Yo un martes cualquiera de marzo necesito flor por ciento veinte. Ciento veinte euros no llegan al porte y el porte suelto son sesenta y cinco.
—Ya.
—Pues desde 2022 hacemos el pedido juntas. Seis floristerías: yo, la de Peralta, las dos de Villafranca, la de Funes y la de Marcilla. Un pedido, un albarán, una furgoneta que reparte, y cada una paga lo suyo. —Se apoyó en la mesa—. Y desde 2023 el precio nos lo hacen a las seis, no a mí.
—¿Y os hablabais?
—Nosotras no nos hablábamos, Nerea. La de Peralta me quitó una boda en 2019 y estuvimos año y medio sin dirigirnos la palabra. —Se encogió de hombros—. Yo la llamé. Porque el porte eran sesenta y cinco euros y yo no los tenía.
Me quedé mirando el cubo de los tulipanes.
—Vosotros sois cinco —dijo Bea.
—Cuatro no se hablan entre ellos y a mí me odia uno.
—Ya. Bueno. Pues eso son sesenta y cinco euros.
Llamé a Chema Beroiz desde allí, sentada en el taburete de Mateo, con Bea delante haciendo como que ordenaba las cintas.
Cogió al cuarto tono.
—Beroiz.
—Chema, soy Nerea Iribas.
Silencio.
—Ya —dijo.
—¿Puedo hablar contigo dos minutos?
—Habla.
—Quiero juntar a los cinco. A ti, a Larrea, a Yoldi, a La Purísima y a mí. Una tarde, donde tú digas, para hablar de ir a Providencia como una sola cosa en vez de como cinco.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Ahora que a mí me han dejado a cero y a ti te quedan cinco pueblos.
—Sí.
—Pues no.
Y estuvo a punto de colgar, se le notó en la respiración, y no colgó.
Yo dije la única cosa que se podía decir.
—Chema, en febrero Loli me pasó Aizcorbe y Zaldúa.
Me los dio en dos folios, en su oficina, y yo sabía que eran tuyos, y sabía que contabas con ellos porque me lo dijiste tú en Valencia en la barra.
Y los cogí. Y ayer me enteré de que en 2009 me los mandó dos años enteros para sacarnos a nosotros de un agujero y tampoco te los pidió nadie.
Beroiz no dijo nada durante bastante rato.
—Yo he dado la baja al chaval el día uno —dijo—. Ahora trabajo con mi cuñado, que tiene sesenta y siete años y la espalda hecha polvo.
—Ya.
—Y en enero, después de la feria, yo lo pensé. Lo de juntarnos. Estuve una semana pensándolo y no llamé a nadie, porque yo a Yoldi no le llamo y porque el de La Purísima le debe dinero a mi padre desde el noventa y cuatro.
—Chema.
—¿Cuándo es la reunión?
—Cuando tú puedas.
—Yo el miércoles por la tarde. Y no en mi casa, ni en la tuya.
—En la trastienda del Katxi, en Olarza.
—El Katxi es tu pueblo.
—El Katxi es de Anjel y Anjel puso dos mil euros en 2009 para que mi padre no cerrara. Y lleva dieciocho años sin cobrarme un café.
Otro silencio.
—El miércoles a las siete —dijo—. Y a Yoldi le llamas tú.
1. BEROIZ (Miranda de Arga). Hablado. Miércoles 18, 19:00. Trastienda del Katxi.
2. YOLDI (Villafranca). Llamar yo. No nombrar a Beroiz hasta el final.
3. LA PURÍSIMA (Peralta). Llamar por medio de don Félix. Debe dinero al padre de Beroiz desde 1994: no sentarlos juntos.
4. LARREA (Andosilla). Llamar al hijo, no al padre.
5. IRIBAS. Poner la sala, el café y los números. Los míos de verdad, no los otros.
6. Llamar al marmolista.