Se ruega no enviar flores Capítulo 38
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Capítulo 38

— La Voz de la Ribera

Melchor Bergara entró el sábado a las once de la noche desde Marcilla y es uno de los últimos de los catorce pueblos.

Eso lo dijo Marisa el jueves en tres folios y yo lo pensé el sábado a las once de la noche mientras metíamos la camilla por el pasillo de abajo, que es una cosa que no se debe pensar y que se piensa.

Puri vino el domingo a las nueve.

Los domingos va a Tafalla, coge el autobús de las diez y cuarto y vuelve en el de las siete. Este domingo cogió el de las cuatro y le dije que no hacía falta, que ya me apañaba yo con Chuchi, y me dijo que Chuchi no sabe hacer una boca.

Melchor tenía la boca abierta. Cuando alguien muere en su casa y tarda en avisarse pasa eso, y Puri estuvo cuarenta minutos con el hilo y el algodón y las manos dentro, y yo le sujeté la cabeza.

Es como se habla en esta casa: con las manos ocupadas y la cara del otro entre medias.

—Puri.

—Dime.

—¿Qué pasó en el noventa y ocho?

No levantó la vista.

—¿Te lo ha dicho tu madre?

—Me dijo que estuvimos a punto de cerrar y que te lo preguntara a ti. Eso fue el once de febrero.

—Y estamos a quince de marzo.

—Sí.

—Ya.

Terminó con la boca y se fue al lavabo a por agua, y volvió, y siguió.

—En enero del noventa y ocho se mató la furgoneta de la cooperativa en la curva de la balsa. Volvían de Tudela. Cuatro. El más viejo tenía cuarenta y uno y los otros tres eran chavales, uno de veintidós y dos de diecinueve.

—Eso lo he oído.

—Lo has oído. Yo estuve. —Cambió el algodón—.

Los cuatro en cuatro días, en esta casa, con una sala.

Aquí no había tanatorio en el noventa y ocho, se velaba en las casas y en el salón de la parroquia.

Tu padre estuvo cuatro días sin acostarse y el quinto vino, se sentó ahí abajo, en el escalón, y no se levantó.

—¿Cómo que no se levantó?

—Que no se levantó, Nerea. Que estuvo hasta las dos de la tarde sentado en el escalón del pasillo con las manos así. —Se las enseñó, abiertas sobre las rodillas—. Y luego se fue a casa y estuvo ocho semanas sin bajar.

Ocho semanas. De abril a mayo, con la letra de mi madre en el libro.

—¿Y quién trabajó?

—Yo, un conductor que había entonces que se llamaba Aurelio Marín, y tu madre, que se ponía en el mostrador de dos a cinco, que era cuando salía de la mancomunidad, y hacía los papeles y cogía el teléfono.

—¿Y el dinero?

—El dinero lo puso ella. Su sueldo entero, el del noventa y ocho y el del noventa y nueve. En esta casa no cobró nadie de la familia durante catorce meses.

Me quedé quieta con la cabeza de Melchor Bergara entre las manos.

—Y Loli —dijo Puri— siguió mandando.

—¿Con él en casa?

—Con él en casa. Yo no sé lo que le diría a la gente, pero la gente venía igual. Y fue a dos casas ella, a la de los chavales, a estar sentada. Loli tenía veintiocho años en el noventa y ocho.

—Treinta y dos.

—Bueno, los que tuviera.

Puri se limpió los dedos en el papel y cogió el pincel.

—Y en mayo tu padre dijo que cerraba.

—¿Lo dijo?

—Lo dijo aquí, en esta habitación, con esta luz. Dijo: «Puri, yo esto no lo hago más». Y yo le dije que vale, que lo que él dijera, y tu madre le dijo que no.

—¿Que no?

—Que no. Y no se cerró.

Estuvimos un rato sin hablar. Puri hace la base con el pincel plano y va del centro hacia fuera, siempre igual, desde 1995.

—Ahora el otro —dijo.

—¿Qué otro?

—El de 2009. Porque tú has preguntado por el noventa y ocho, pero el gordo fue el otro.

El tanatorio se hizo en 2008. La licencia la pedimos en enero de 2009 y la dieron en abril. El crédito eran trescientos ochenta mil euros a quince años y la obra costó sesenta mil más de lo presupuestado porque el constructor se fue a la mitad y hubo que terminar con otro.

—En noviembre de 2009 no había para la cuota —dijo Puri—. Ni para la cuota ni para las nóminas de diciembre, que éramos cinco.

—¿Y?

—Y tu padre fue a la peña.

—¿A la peña?

—A la peña. Un jueves de noviembre, después de cenar. Se levantó y lo dijo delante de todos, que necesitaba sesenta mil euros y que no se los daba el banco.

Puri dejó el pincel.

—Pusieron veintiséis socios. Entre mil y cinco mil cada uno. Sesenta y dos mil euros en total, sin interés, en un folio a mano con los nombres y las cantidades, que lo escribió Anjel el del Katxi porque tenía mejor letra. Se devolvió entre 2010 y 2014, hasta el último duro.

—¿Y ese papel dónde está?

—En el archivo. Carpeta de 2009, detrás de las escrituras del crédito. Yo lo vi en enero cuando bajé a por lo del seguro del local.

Yo estuve en ese archivo el ocho de febrero, cuatro horas, con la estufa de butano, mirando la carpeta del noventa y ocho.

—De los veintiséis —dijo Puri—, once están muertos. Los enterramos nosotros. A dos les hicimos el servicio gratis y a los otros nueve no, porque tu padre decía que si no cobras a quien te ha prestado, eso no es un préstamo, es otra cosa.

—¿Y Loli en 2009?

—Loli en 2009 nos mandó lo que no nos tocaba. —Cogió otra vez el pincel—. Todo lo de Aizcorbe y todo lo de Zaldúa durante dos años, que eran de Miranda por carretera.

Aizcorbe y Zaldúa.

En febrero de este año Loli me sentó en su oficina y me dio dos folios y me dijo que a partir de ahora esos dos pueblos eran míos, que los llevaba mandando a Miranda desde 2021 porque a Chema le pillaba mejor.

Y yo le dije que vale, y le di las gracias, cuatro días después de estar con Chema Beroiz en una barra de Valencia oyéndole decir que este año contaba con ellos.

Y resulta que ya me los había mandado antes. En 2009. Dos años.

—O sea que hemos vivido de eso.

—Habéis vivido de eso y de lo otro y de lo de más allá —dijo Puri—. Como todo el mundo.

Melchor Bergara ya estaba. Puri le puso las manos y le arregló el cuello de la camisa, que era una camisa buena y planchada que le había traído la mujer el sábado por la noche a las once y media.

—Yo llevo cinco años yendo a Tafalla los domingos —dijo—. Ramón entró en 2021. Los dos primeros años me conocía, y desde el veintitrés no. Le llevo colonia, porque la colonia todavía la nota. Le pongo un poco en la muñeca y cierra los ojos.

—Ya.

—Y hace tres años le pedí a mi sobrina Idoia que fuera ella un domingo al mes. Uno. Para no ir yo.

—¿Y va?

—Va desde el primer día que se lo pedí. —Cerró el neceser—. Tardé tres años en pedírselo, Nerea. Tres años. Y no me lo negó nadie, ¿eh? Es que yo no lo pedí.

Se secó las manos y las dejó apoyadas en el borde de la camilla.

—Tu padre pidió ayuda dos veces, maja. Tú llevas diecinueve meses sin pedirla ni una.

Puri cogió el autobús de las cuatro.

Yo subí al despacho y estuve un rato mirando la pared, y lo que estaba pensando no era en mi padre.

Era en que llevo desde agosto del año pasado diciendo «yo sola» en una casa que nunca ha estado sola ni un solo año, y que lo único que he hecho yo sola de verdad en estos diecinueve meses ha sido no pedir.

1. Llamar a Bea.

2. Archivo: carpeta 2009, detrás de las escrituras. El folio de la peña.

3. Bergara: funeral lunes 11:00. Coche a las 10:15.

4. Llamar al marmolista.

5. Centralita: pedir cita para esta semana. Ya.