Capítulo 37
A las tres y cuarenta de la madrugada del sábado me desperté sin que hubiera sonado nada.
Es la tercera noche. El móvil de la línea estaba en la mesilla, enchufado, boca arriba, con el volumen al máximo, y no había sonado, y me desperté igual.
Estuve veinte minutos y me vestí y bajé.
Son cuatro calles. A esa hora en Olarza hay tres farolas encendidas de la calle Mayor y la del cruce de las Eras sigue apagada desde el veintiuno de octubre.
Entré por la puerta de servicio. No encendí la general, que es un cuadro que enciende las dos salas, el pasillo y la exposición y que se oye desde la calle. Encendí las de balizamiento del pasillo, que son las que dejamos para los velatorios de noche.
Bajé.
El pasillo de abajo mide once metros y es por donde entra todo lo que entra en esta casa. A las tres y cincuenta de un sábado no hay nada ni nadie y se oye la caldera.
En el gancho de la pared hay tres perchas.
La primera es de Puri. La segunda es la de Unai, que el veintisiete deja de ser la de Unai. La tercera la usa quien la necesita.
La cogí.
Es de algodón grueso, de las de antes, con el cuello de camisa y cinco botones y el bolsillo de parche en el lado izquierdo. Pesa. Puri las lava los viernes, las dos primeras. La tercera no la lava nadie desde hace diecinueve meses y huele a armario.
Metí la mano en el bolsillo, que es lo que hago todos los días desde agosto del año pasado sin pensarlo, porque me la pongo casi todas las semanas y porque en el bolsillo se meten cosas.
Saqué lo que había.
Un bolígrafo de Talleres Zunzarren, de los de la Navidad. Dos guantes de nitrilo sin abrir, del talle mediano, que es el mío y no el suyo. Un caramelo Juanola con el papel pegado. Un trozo de papel doblado en cuatro con un número de teléfono escrito y sin nombre. Una goma del pelo.
La goma del pelo es mía. El nitrilo mediano es mío. El bolígrafo puede ser de cualquiera de los dos porque Patxi nos los daba a los dos.
Lo del papel no sé de quién es.
Llevo diecinueve meses metiendo la mano en ese bolsillo y sacando cosas y volviéndolas a meter, y ya no se puede saber cuáles puso él.
Lo dejé todo dentro y colgué la bata en la tercera percha.
Subí a la Ebro.
Doce sillas, la cristalera con el estor bajado, la moqueta gris marengo que compré en septiembre y que pusieron el veintinueve de noviembre encima del pavimento antiguo sin nivelar, porque Chuchi me dijo que aquello era una chapuza y yo le dije que la pusiera igual.
En la junta de la puerta, en el paso, la moqueta se ha levantado. Hace un caballón de un dedo de alto y medio metro de largo, y si entras con prisa y con los ojos en otro sitio te lo llevas por delante.
Chuchi me dijo que en marzo. Es catorce de marzo.
Me agaché y la volví a meter debajo del perfil con los dedos y volvió a salirse.
La Moncayo estaba a doce grados y con la puerta abierta, que es como se dejan cuando no hay nadie.
La máquina de café tiene un piloto naranja desde el jueves que quiere decir que hay que vaciar el depósito de posos.
Subí al despacho.
La persiana estaba a media altura, que es como la dejo siempre.
Encendí el flexo. Encima de la mesa estaban las facturas de marzo, que terminé el domingo, y la previsión de Marisa en sus tres folios con la portada puesta, y el calendario de sobremesa de Zunzarren, que este año tiene una foto de una lápida de granito negro con letras de bronce.
Y la centralita.
Es de 2004. Es una caja gris de veinte por treinta con dos pilotos y un altavoz de rejilla, atornillada a la pared por encima del rodapié, y hace un chasquido antes de arrancar.
Saqué mi móvil, el mío, no el de la línea, y marqué el número de la casa.
Lo he marcado tres veces en mi vida. Una en septiembre del año pasado, otra en enero y esta.
Sonó dos tonos.
Chasquido.
Ha llamado usted a Funeraria Iribas e Hijos, de Olarza. Estamos—
Y se cortó.
No se cortó con un ruido. Se cortó como se corta la luz: la voz estaba diciendo una palabra y en mitad de la palabra dejó de haber línea, y quedó el altavoz de rejilla dando ese siseo que dan los altavoces cuando no les llega nada.
El piloto de la derecha se puso naranja.
Dos segundos después, en el bolsillo derecho de mi abrigo, empezó a sonar el móvil de la línea, porque el desvío está puesto y salta cuando el aparato no responde, y era mi propia llamada, que había hecho todo el recorrido y volvía.
Lo saqué y lo miré sonar con el otro móvil en la otra mano.
Colgué.
Me quedé de pie delante del rodapié un rato. Después le di con el canto de la mano en la esquina de arriba a la izquierda, encima del cuarto tornillo, que es donde lleva funcionando desde marzo del año pasado.
Le di tres veces.
El piloto siguió naranja.
Volví a marcar. Chasquido, dos tonos, y el desvío directo al móvil de mi bolsillo sin que sonara nada más.
Ya no hay mensaje. No es que se oiga mal. Es que la locución está en una placa de un aparato de veintiún años que se ha quedado sin arrancar la línea entera, y lo que hay ahora es un desvío que funciona.
Me senté en la silla del despacho con el abrigo puesto.
A las cinco menos veinte apagué el flexo, bajé, comprobé la puerta de servicio y el portón, y me volví andando a casa por la calle Mayor con los dos móviles, uno en cada bolsillo.
Cambiar la centralita.