Se ruega no enviar flores Capítulo 36
78%

Capítulo 36

— Tablón, Tanatorio Iribas

El jueves doce por la mañana Unai me entregó la baja voluntaria y estaba mal escrita.

La había hecho en el ordenador de abajo, con la plantilla que usamos para los certificados de servicio, y le había dejado el encabezado con el logo y el número de expediente y todo, así que arriba del todo ponía FUNERARIA IRIBAS E HIJOS, S.L.

— EXPEDIENTE N.º ______ y debajo, en Arial doce, «Por la presente comunico mi baja voluntaria».

Marisa se la cogió de la mano.

—Esto no.

—¿Qué le pasa?

—Que esto es una plantilla de servicios, Unai. Que estás dando de baja a un muerto.

—Es un papel.

—Es un papel que va a la Seguridad Social. —Se sentó y abrió un documento en blanco—. Y tienes que poner la fecha de efectos, y el preaviso, y que renuncias o no renuncias a la indemnización, que no hay, y firmarlo tú y firmarlo ella. Anda, dicta.

Se lo escribió ella. Tardó cuatro minutos.

—¿Firmo aquí?

—Ahí.

—¿Con los dos apellidos?

—Con los dos.

—Es que yo firmo con uno.

—Pues hoy con dos.

Firmó con dos y le salió una firma que no era la suya, y se quedó mirándola.

—Parece de otro.

—Es que hoy eres otro —dijo Marisa, y le puso el «Recibí» delante—. Y ahora el finiquito.

Sacó otro folio.

—Preaviso, quince días. Del doce al veintisiete. Parte proporcional de la extra de julio, prorrateada. Y vacaciones.

—Vacaciones no tengo.

—Vacaciones tienes treinta y cuatro días.

Unai levantó la cabeza.

—¿Treinta y cuatro?

—Treinta y cuatro. Veintidós de este año y doce del anterior, que se te pasaron porque no los pediste. —Marisa le giró el folio—. Y hay dos maneras: o te los pagan, o te los coges. Si te los coges, tu baja no es el veintisiete de marzo, es el treinta de abril.

—O sea que si me hubiera ido de vacaciones, hoy me quedaría más tiempo.

—Efectivamente.

Unai se quedó con el folio en la mano haciendo una cuenta que le llevó un rato largo.

Doce días del año pasado. Y del anterior no había nada porque el sistema solo arrastra un ejercicio.

Y del anterior tampoco. Mi hermano lleva seis años sin coger unas vacaciones enteras y hasta ese jueves, en la mesa de la administración, con un folio delante, ninguno de los tres lo habíamos dicho en voz alta.

—Págamelos —dijo.

—Vale.

—Y hago el preaviso.

—No hace falta.

—Sí hace falta, porque quedan dos guardias mías y las voy a hacer.

—Unai.

—Que las voy a hacer, Nerea.

Nos quedamos los tres callados en la administración, con la impresora todavía caliente.

—Y una cosa —dije—. Esto es el empleo.

—Ya lo sé.

—Digo que lo diga Marisa también, porque me lo van a preguntar el lunes. Unai deja de ser trabajador de la casa el veintisiete de marzo. Sigue teniendo su tercio de la sociedad. Son dos cosas distintas.

—Son dos cosas distintas —dijo Marisa, y lo apuntó.

—Yo no vendo mi parte —dijo Unai—. Yo lo que quiero es no dormir con el móvil. Si algún día se vende entera, se vende entera y ya está, pero yo no se la vendo a esos.

—Vale.

—Y si necesitas que conduzca un fin de semana, me llamas.

—No te voy a llamar.

—Que me llames, joder.

A las once y media bajamos a la sala de abajo y estuvo dos horas enseñándome a mí y a Chuchi tres cosas que hace él y que no sabe hacer nadie más en esta casa, y las tres son de las que no se pueden aprender en dos horas.

Marisa me dio la previsión a las cuatro de la tarde, en tres folios, con la portada puesta y la fecha, porque Marisa hace las cosas así aunque el contenido sea el que es.

Con cincuenta y ocho servicios de Providencia desde el uno de abril, con los particulares de este año y sin las horas extra de Unai, la facturación de 2026 se queda en ochocientos cuarenta mil euros.

Los costes fijos, quitando la nómina de Unai y sin sustituirlo, bajan a novecientos veinte mil.

—Eso son ochenta mil de agujero al año —dijo—. Pero el problema no es el año.

—Dime el problema.

—El problema es la caja. Providencia paga a sesenta días, y los servicios de marzo son los últimos de los catorce pueblos, y esos entran a mediados de mayo.

A partir de ahí entra un tercio. —Giró el tercer folio—.

La caja se queda en cero el veintitrés de mayo.

La nómina de junio son veintiséis mil doscientos con seguros sociales incluidos y no están.

Ni están, ni con lo de junio se recuperan, porque julio es peor.

—Vale.

—Y esto es sin comprarle nada a nadie, Nerea.

—Ya lo sé.

Íñigo llamó a las siete y cuarenta.

—¿Estás sentada?

—Estoy de pie en el almacén.

—Ya. —Se oía un eco de garaje y un motor lejos—. He firmado.

—¿Dónde estás?

—En el aparcamiento de la gestoría, en Bilbao. Acabo de salir.

Me senté en un caballete.

Me lo contó entero, que hay que reconocérselo.

Es una compraventa con condición suspensiva de su tercio de las participaciones y de su cuota indivisa del edificio, todo junto y en un solo documento: se lo vende a Grupo Tránsito con efectos del uno de julio, que es el día siguiente al último día que tengo yo para ejercer el derecho de adquisición preferente.

No se salta los estatutos del abuelo. Los espera.

Y el precio no son los setecientos ochenta y tres mil de la tasación. Son seiscientos veinte mil, porque un tercio sin control vale menos que un tercio de una empresa, y eso me lo explicó Bengoa, y tiene razón.

—Seiscientos veinte —dije.

—Seiscientos veinte. Y esa cifra es la tuya también, Nerea, porque en los estatutos el tanteo es al precio que ofrece el tercero. Tienes hasta el treinta de junio. Ojalá los tengas.

—No los tengo.

—Ya lo sé que no los tienes.

Y ahí se puso a llorar.

Lloró tres o cuatro minutos, en un aparcamiento de Bilbao, un jueves a las ocho menos veinte, con el manos libres puesto. Lloró como lloró en agosto del año pasado en el aparcamiento del cementerio, que es la segunda vez que le oigo llorar en mi vida y las dos han sido en un aparcamiento.

Yo no le dije que no llorara. Estuve callada.

—Ciento sesenta mil menos que la tasación —dijo cuando pudo—. Y los cojo igual porque el veintiuno me ejecutan el aval y son setenta y ocho mil y la casa está detrás, y Jon tiene once años.

—Ya lo sé, Íñigo.

—Y no se lo digas a Maider, lo de que he llorado.

—No se lo voy a decir.

Se sonó.

—Papá me dijo una vez que esto no era para nosotros —dijo—. En el coche, viniendo de Pamplona. Yo tendría veinte años. Se lo dije a mamá el año pasado y me dijo que ya.

No contesté a eso.

Colgamos a las ocho.

La cena la organizó Puri, que llamó a Anjel el miércoles sin decírmelo y reservó la mesa del fondo.

Éramos cinco: Unai, Iker, Puri, Chuchi y yo. Aitor no pudo porque tenía lo del hijo. Marisa dijo que ella a las cenas no va y mandó una tarta desde el obrador de la plaza, entera, para cinco personas.

Iker tiene treinta y cinco años, es maestro de primaria en un colegio público de la Chantrea y lleva seis años con mi hermano.

Yo lo he visto cuatro veces.

Cuatro, en seis años, y dos de ellas fueron en el velatorio y en el funeral de mi padre, donde yo estaba trabajando.

Llegó con una camisa, que fue lo que me dio la medida de todo: un hombre de treinta y cinco años que se pone camisa para cenar en un bar de pueblo con la familia de su novio.

Se sentó enfrente de mí y estuvo veinte minutos contestando por Unai.

—¿Y el piso?

—Bueno, estamos mirando —dijo Iker.

—Estamos mirando en la Rochapea —dijo Unai.

—En la Rochapea y en Iturrama, pero Iturrama está imposible.

—Iturrama está imposible.

Chuchi, que lleva veinte años comiendo en esa mesa, se metió por medio y empezó a contarle a Iker lo de la kentia de metro y medio, y Puri le corrigió dos veces la altura de la planta, y a partir de ahí ya fue una cena.

En algún momento, entre el segundo plato y la tarta, Chuchi le dijo a Iker que un día tenía que ver la sala de abajo, que es muy moderna.

—Chuchi —dijo Puri.

—Es que es muy moderna.

—Chuchi.

Iker levantó las dos manos.

—Yo prefiero que no, de verdad. —Y luego, para que no quedara mal—: Es que yo entro en el tanatorio y ya me da todo.

—Pues has entrado dos veces —dije.

—He entrado dos veces.

Y se hizo un silencio pequeño, de ese medio segundo que se hace cuando alguien dice una cosa verdadera sin querer, y Unai le puso la mano en el brazo por debajo de la mesa y yo lo vi porque estaba enfrente.

El móvil de la línea lo tenía yo, boca arriba, al lado del plato.

Sonó a las diez y veinte.

Se pararon los cinco. Se paró Anjel detrás de la barra. Lo cogí, era la administración del hospital de Estella preguntando por un traslado que ya estaba confirmado, y colgué en cuarenta segundos.

—Nada.

—Qué rápido se te ha puesto la cara —dijo Unai.

—Anda, cállate.

—Digo que se te ha puesto la cara.

Y a las once, cuando Puri y Chuchi ya se habían ido y Unai estaba en la barra pagando con Anjel una discusión que llevaba cuarenta minutos preparándose, Iker se quedó conmigo en la mesa con dos cafés y me dijo lo suyo.

—Nerea, te quiero contar una cosa y no se la he contado a nadie.

—Dime.

—Él te lo quiso decir en octubre.

—¿El qué?

—Lo de irse. Lo tenía decidido desde el verano, desde antes de las fiestas, y lo iba a hablar contigo en octubre, después de Todos los Santos.

—Le dio vueltas al café que no había tocado—.

Y entonces tu hermano soltó lo de la venta en la comida del domingo, y él vio cómo te quedaste, y me llamó esa noche desde el coche y me dijo que ahora no.

—Ahora no.

—Ahora no. Y luego fue diciembre, y luego enero, y en enero le dije yo que si no lo decía él lo iba a decir yo, y no fui capaz.

Iker levantó la vista.

—Cuatro meses más. Doscientas nueve noches se las contó él, ¿verdad? Pues cuatro meses de esas fueron porque no te quería dar el disgusto en la misma semana que tu hermano.

—Iker.

—Es que ya está —dijo—. Ya se lo puedo decir a alguien.

Unai volvió con el cambio.

—¿De qué habláis?

—De pisos —dijo Iker.

—Ya.

Se fueron a las once y media a casa de mi madre. Los vi cruzar la plaza, y en la esquina, cuando ya no había nadie mirando, mi hermano le pasó el brazo por el hombro.

Yo tenía la guardia esa noche, la del viernes, la del sábado y la del domingo, porque le había dicho a Unai por la tarde que se fuera a Pamplona el fin de semana y que empezaba yo hoy.

—Faltan quince días —me había dicho.

—Ya lo sé cuántos faltan.

Mi madre volvió del Imserso el sábado siete y lleva desde el sábado en Olarza y yo no he ido a verla. Son cuatro calles.

A las once y media cerré, apagué las luces de abajo, comprobé la puerta de servicio, comprobé el portón, subí el móvil de la línea a casa y lo puse en la mesilla, enchufado, con el volumen al máximo y boca arriba.

En doce años esto no lo había hecho ni una noche entera yo sola. Siempre ha habido otro móvil en otra casa a cuatro calles.

1. Guardia.