Capítulo 41
— Bar Katxi, hoja pegada con celo en la puerta
Le di la vuelta a la pizarra para escribir y por el otro lado ponía, con la letra de Anjel:
ALUBIAS · MERLUZA A LA ROMANA · FLAN
Y en la esquina de abajo, en un recuadro, con otra tiza:
NO SE FÍA. GRACIAS.
Le di la vuelta otra vez y escribí en la cara de las alubias, en el hueco de debajo del flan, cinco nombres en columna. IRIBAS. BEROIZ. LARREA. LA PURÍSIMA. YOLDI.
Anjel entró con dos termos y una bandeja de cortezas.
—¿Cuánto es?
—Nada.
—Anjel.
—Que no es nada, Nerea, que son dos termos. —Dejó la bandeja y se quedó—. Oye, ¿va a venir Chema Beroiz?
—Va a venir.
—¿Y la de Villafranca?
—También.
Anjel se quedó tres segundos más de los que hacen falta para dejar una bandeja.
—Nada, nada. Yo estoy en la barra.
Llegaron todos antes de las siete y todos esperaron en el coche.
Los vi desde la ventana del pasaplatos: el Passat de Beroiz aparcado en la plaza a las seis y cincuenta y dos, sin bajarse, con las luces apagadas.
La furgoneta de Larrea a las seis y cincuenta y cinco.
Maribel Yoldi a las seis y cincuenta y siete, andando desde la calle Mayor, con una carpeta de cartón bajo el brazo.
A las siete menos un minuto se bajaron los tres a la vez, como si lo hubieran hablado, que no lo habían hablado.
Sentarlos me llevó cuatro minutos.
La mesa larga tiene seis sillas y ellos son cuatro, o sea que sobraban dos, o sea que cada uno se sentó lo más lejos que le permitía la aritmética.
Beroiz en un extremo y Maribel Yoldi en el otro, que es la distancia máxima que había en aquella habitación.
Rubén Larrea en el medio del lado largo, mirando al pasaplatos.
Paco Ezquerra, de La Purísima, llegó a las siete y diez y se quedó de pie mirando las dos sillas libres, que estaban una al lado de Beroiz y otra al lado de Maribel.
—¿Aquí?
—Donde quieras, Paco.
Se fue a por una de las plegadas de la pared, la abrió, la puso en la punta de la mesa y se sentó ahí, en la esquina, en diagonal, como quien se sienta en la boda de un primo.
—Es que me han dicho que viniera y he venido. Yo no sé a qué.
—Te lo ha dicho don Félix.
—Me lo ha dicho don Félix.
Serví café. Nadie dijo gracias.
—Bueno —dijo Beroiz—. Tú has convocado.
Yo tenía dos folios delante. Uno era la previsión de Marisa. El otro lo había sacado del archivo el domingo por la tarde, de la carpeta de 2009, detrás de las escrituras del crédito.
Empecé por el segundo.
—Esto es un folio de noviembre de 2009 —dije—.
Lo escribió Anjel, el de aquí, porque tenía mejor letra.
Son veintiséis nombres y veintiséis cantidades.
Sesenta y dos mil euros que pusieron veintiséis socios de la peña de Olarza para que mi padre no cerrara esta casa.
Sin interés y sin papel del banco. Once de esos veintiséis están muertos y los enterramos nosotros.
Lo dejé en la mesa.
—Y ese mismo año, y el siguiente, Loli le quitó a Miranda de Arga todos los servicios de Aizcorbe y de Zaldúa y me los mandó a mí. Dos años enteros. Eso no lo supe hasta el domingo.
Beroiz se quedó con la taza a media altura.
—¿Cómo?
—2009 y 2010. Todo Aizcorbe y todo Zaldúa. Pregúntaselo a ella, que te lo va a decir.
—Yo en 2009 tenía a mi padre vivo y lo llevaba él.
—Ya lo sé.
—Y mi padre se pasó dos años diciendo que se le habían caído los servicios de la carretera y que no entendía por qué.
—Pues ya sabes por qué.
Beroiz dejó la taza.
—Y en febrero volviste a cogerlos.
—En febrero volví a cogerlos. En su oficina, en dos folios, cuatro días después de que tú me dijeras en una barra de Valencia que este año contabas con ellos. Y le di las gracias.
En esa habitación no dijo nadie nada durante un rato bastante largo.
—Hay más —dije—. En 2006 mi padre le quitó un servicio a Larrea.
Rubén Larrea levantó la cabeza. Tiene treinta y ocho años y lleva la casa desde 2019.
—Un hombre de Andosilla que murió en el hospital de Pamplona en octubre de 2006 —dije—. Mi padre estaba allí por otro. Subió a la habitación, habló con la familia y se lo trajo.
—Eso lo contaba mi padre.
—Pues es verdad. Está en el libro de 2006, servicio mil ciento ocho, Andosilla, y lo firmó él.
Rubén Larrea se pasó la lengua por el labio.
—¿Y sabes qué es lo que a mí me jode? No es eso.
Eso es de hace veinte años y mi padre le habría hecho lo mismo.
—Puso las dos manos planas en la mesa—. Lo que me jode es que en abril de 2019 se murió mi padre y de las otras cuatro casas de esta comarca no vino nadie. Nadie. Ni al velatorio ni al funeral.
Maribel Yoldi miró la carpeta.
—Yo no fui —dije.
—Ya lo sé que no fuiste.
—Yo tenía treinta años y estaba de guardia y no fui, y no fue mi padre tampoco, y no se me ocurrió que hubiera que ir. Ni se me ocurrió. Eso es peor que si lo hubiera decidido.
Rubén Larrea no dijo nada más de aquello en toda la noche.
Estuvimos cuarenta minutos así.
Salió lo de 1998, que fue Maribel Yoldi la que lo sacó y lo sacó de frente: que en agosto del noventa y ocho una señora de Villafranca murió en la residencia de Miranda, que Beroiz hizo la recogida y la tenía ya en su sala, y que el padre de Maribel se presentó esa noche en casa de la familia y se llevó el servicio.
—Con el cuerpo dentro de mi casa —dijo Beroiz—. Con el cuerpo dentro.
—Mi padre murió en 2011 —dijo Maribel—. Yo tenía cuarenta y siete años y no estaba en aquella casa. Y llevo veintisiete años pagando por una cosa que hizo un señor que se murió hace catorce.
—Es que tú no me has llamado nunca.
—Tú tampoco.
—Tú tampoco a mí.
—Ya está —dijo Rubén Larrea—. Que ya está.
Y lo de La Purísima: mil ochocientos euros, trescientas mil pesetas de dos ataúdes de 1994 que el padre de Paco Ezquerra nunca pagó al padre de Chema Beroiz.
—Yo eso no lo sabía —dijo Ezquerra.
—Yo tengo el albarán.
—Pues yo no lo sabía, Chema, de verdad de Dios.
—Y yo te creo. Pero el albarán lo tengo.
—¿Y de dónde eran las cajas?
—De Ferreiro.
—Pues mira, de Ferreiro no hemos vuelto a comprar desde que se murió mi padre.
—Es que se murió debiéndolas.
—Ya, pero digo que la calidad tampoco.
Y ahí se metieron los cuatro quince minutos en una discusión sobre proveedores de los años noventa, sobre si el roble de entonces era otro roble, y sobre los coches: que si el Mercedes de Yoldi es del noventa y cinco y sigue arrancando a la primera y el Volvo de Larrea no; que si el Volvo tiene mejor suspensión y en la carretera de Falces eso se nota y una familia lo nota; que si a Ezquerra le pusieron el aire acondicionado en el suyo y le duró dos veranos.
Fue el rato más agradable de la noche. Los cuatro llevaban treinta años sin hablarse y llevaban treinta años queriendo hablar exactamente de eso con alguien que lo entendiera.
A las ocho menos cuarto di dos golpes en el pasaplatos y Anjel trajo el tercer termo y, sin que nadie se lo pidiera, un plato de jamón.
—Anjel, esto no.
—Es del que sobró del domingo. Se pone malo.
Y se quedó otra vez, de pie, con la bandeja vacía en la mano, hasta que Maribel Yoldi le dijo:
—Anjel, que esto es privado.
—Sí, sí. Perdón.
—Y ya lo sabes todo, ¿eh?
—Yo no sé nada.
—Anjel.
—Yo estoy en la barra.
A las ocho pasó lo que tenía que pasar, que es que Paco Ezquerra dijo que él se iba y se levantó.
—Es que yo no veo qué pintamos aquí. Yo tengo dos coches y una sala y sesenta y un años.
Y Maribel Yoldi, que llevaba media hora sin hablar, dijo:
—Paco, ¿tú cuántas noches duermes con el móvil encima de la mesilla?
—Todas.
—¿Y cuántos años llevas así?
—Treinta y uno.
—Yo treinta y cuatro. Y ahora hazte una pregunta: si nos ponemos cinco en una lista de guardia, ¿cuántas noches duermes tú?
Ezquerra se quedó de pie.
—Una de cada cinco.
—Una de cada cinco —dijo Maribel—. Y las otras cuatro las coge un tío de Peralta que se llama como sea y que se planta en tu pueblo en veinticinco minutos, y a la mañana siguiente le pasas el servicio a él o te lo pasa a ti según de dónde salga el muerto.
—¿Y quién cobra?
—El que hace el servicio. Y el que lo coge por la noche cobra el traslado y punto.
—¿Y quién decide eso?
—Un papel.
Se sentó otra vez.
Y a las ocho y cuarto sonó un móvil.
Se metieron los cinco la mano en el bolsillo a la vez. Los cinco. Sin mirar, sin pensarlo, con el mismo gesto y en el mismo medio segundo, cinco personas de entre treinta y ocho y sesenta y un años.
Era el de Larrea y no era un servicio: era su mujer preguntando si iba a cenar.
—No sé —dijo—. Estamos aquí.
Colgó y nos miró a los cuatro con la mano todavía en el bolsillo.
—Bueno —dijo Maribel—. Pues ya está hablado.
Lo que salió de allí, a las diez menos cuarto de la noche, es feo y es corto y no lo entendería nadie de fuera.
Guardia rotatoria comarcal. Cinco casas, cinco noches. Empieza el uno de abril. El que coge la llamada hace el traslado y cobra el traslado; el servicio se lo queda quien corresponda.
Reparto por proximidad. El servicio es de la casa más cercana por carretera al domicilio del fallecimiento.
No de la que reciba la llamada, no de la que tenga trato con la aseguradora, no de la que llegue antes al portal.
Por carretera. Con una tabla de kilómetros que hay que hacer y que la va a hacer Marisa.
Eso significa que Aizcorbe y Zaldúa vuelven a Miranda de Arga el uno de abril. Son once o doce servicios al año. Son veinticuatro mil euros que yo acababa de recuperar hace cinco semanas y que llevo dieciséis años cobrando de una manera o de otra.
Lo puse yo en la pizarra y lo dije yo en voz alta, porque si lo decía otro no valía.
Compras conjuntas. Los cinco compramos a un solo fabricante desde el uno de mayo.
No a Ferreiro. Yo tengo con Ferreiro un contrato de treinta y seis meses firmado el veinticuatro de noviembre con una penalización de dos mil euros, y esos dos mil euros los pago yo y no la agrupación, porque el contrato lo firmé yo sola y sabiendo lo que firmaba.
Comisión de negociación. Tres personas —Beroiz, Yoldi y yo— para hablar con las compañías. No con Providencia, que ya está firmado hasta 2029, sino con las otras cuatro que operan aquí y que reparten entre las cinco casas sin criterio ninguno.
Y las salvedades, que son tres y que están todas en el acta, y que son la razón por la que aquello se puede creer.
Maribel Yoldi firmó, pero no hace servicios en el término de Miranda de Arga hasta que Beroiz y ella arreglen lo del noventa y ocho.
Paco Ezquerra firmó sin perjuicio de los mil ochocientos euros, que Beroiz le va a reclamar y que Ezquerra va a discutir.
Y Beroiz firmó con la condición de que la cláusula cuarta entrara en vigor el uno de abril y no en enero del año que viene, que es lo que yo había propuesto.
Le dije que el uno de abril y me dijo que lo pusiera por escrito, y lo puse.
Y luego estuvimos veinte minutos en lo del nombre.
—Agrupación —dije yo.
—Agrupación no —dijo Ezquerra—. Agrupación suena a asociación, y una asociación tiene CIF, tiene libro de socios y tiene que presentar cuentas, y yo bastante tengo con lo mío.
—Pues no ponemos agrupación.
—Grupo tampoco —dijo Beroiz—. Grupo son ellos.
—Es verdad. Grupo son ellos.
—¿Y sociedad?
—Sociedad menos.
—¿Y qué somos entonces?
—Somos cinco que hemos firmado un papel —dijo Maribel.
Así que en la primera línea del acta pone «Acuerdo de colaboración entre operadores funerarios independientes de la comarca de Olarza», que es lo más feo que he leído en mi vida y lo que tardamos veinte minutos en no decidir.
Salimos a las diez y cinco. Ninguno se dio la mano.
En la puerta, Rubén Larrea se paró.
—En abril hace seis años de lo de mi padre —dijo—. El día doce.
—Vale.
—No digo nada. Digo que es el doce.
1. Marisa: tabla de kilómetros por carretera entre los 19 municipios y las 5 casas. Para el 31.
2. Ferreiro: comunicar resolución. 2.000 € de penalización. Los pago yo.
3. Aizcorbe y Zaldúa: avisar a Chuchi de que desde el 1 de abril no subimos.
4. Llamar a Loli. Contárselo yo antes de que se entere.
5. Larrea, 12 de abril.
6. Llamar al marmolista.
AGRUPACIÓN