Se ruega no enviar flores Capítulo 34
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Capítulo 34

Se recuerda que los certificados y documentos de conformidad se entregan en administración, de lunes a viernes, de nueve a una.

— Tablón, Tanatorio Iribas

El sábado siete de marzo, a las diez menos cuarto de la mañana, Sagrario Zúñiga entró en la funeraria y me preguntó si tenía cinco minutos.

Sube un fin de semana sí y otro no desde noviembre, y era su fin de semana.

Nos sentamos en el despacho de arriba. No se quitó el abrigo.

—Ayer por la tarde vino Loli a Zaldúa a traerme el finiquito de la póliza de mi madre —dijo—. Y estuvimos hablando de lo del martes. Y le dije que había venido gente de fuera, dos, muy bien vestidos, que se pusieron en el porche.

—Sí.

—Y me dijo quiénes eran.

Puse las dos manos encima de la mesa.

—Me dijo que la señora es la directora de expansión de un grupo de funerarias, y que el jueves esa empresa le acababa de quedarse con catorce pueblos de esta comarca.

—Es verdad.

—¿Tú sabías quiénes eran?

—Sí.

—¿Y los invitaste tú?

—Sí.

Sagrario no se movió. Tiene las manos de una mujer que lleva tres meses haciendo cajas.

—¿Por qué el martes?

—Porque entre semana está la gente del pueblo. Los fines de semana bajan a Olarza.

—Eso me lo dijiste.

—Es verdad.

—¿Y por qué el martes?

Y ahí ya no había otra manera de decirlo.

—Porque ella volvía de Tudela ese día.

Sagrario asintió una vez, muy despacio, y se quedó mirando la carpeta que hay encima de la mesa.

—Yo me cogí el día —dijo—. Pedí asuntos propios para el martes. Me quedan dos.

—Sagra.

—Y lo he contado en el trabajo. —Se le movió la boca—. Lo conté el miércoles en el desayuno. Lo de las pólizas, lo del veintidós de marzo, lo de que fue todo el pueblo. Y una compañera se puso a llorar. Y yo estaba orgullosa. Estaba orgullosa de mi madre y estaba orgullosa de vosotros.

—Todo lo que pasó allí era verdad.

Lo dije y lo oí.

Lo oí en el aire de esa habitación como se oye la propia voz cuando sale grabada, y me di cuenta de que era exactamente la frase que llevaba escrita desde el veinte de febrero en la lista de un viernes: decírselo así, que es verdad y que es lo mejor que hacemos .

Lo tenía escrito cinco días antes del acto. Lo tenía escrito como se escribe una tarea.

—Ya sé que era verdad —dijo Sagrario—. Si no fuera verdad no me dolería.

Estuvo callada un poco.

—Nerea, ¿mi madre sirvió de ejemplo?

—Sí.

—Vale.

Se levantó. Le dije que podíamos hacerlo otra vez, un sábado, sin nadie, solo la familia y el pueblo, y que lo ponía yo, y me di cuenta de que le estaba ofreciendo repetir un acto de recuerdo por dos personas muertas como quien ofrece cambiar un artículo defectuoso.

—No —dijo—. Ya está hecho.

En la puerta se paró.

—A mí eso del martes me ha durado once días, ¿sabes? Once días en que yo pensaba que mi madre había tenido una vida y que se había sabido. Y ahora no sé qué pensar, porque sigue siendo verdad y a la vez es otra cosa. Y eso me lo has hecho tú.

Bajó las escaleras y la oí abrir el portón.

A las once subí al cementerio a devolver la escalera de dos cuerpos y la carretilla, que llevaban once días en el almacén y que en la lista del martes ponía «mañana antes de las nueve».

Fermín estaba en el patio de San José con el capazo del mortero.

Descargué las dos cosas y las llevé a la caseta, y él vino detrás sin que se lo pidiera y me sujetó la puerta, y las dejé donde van, y salimos.

—Yo cerré el portón el martes —dijo—. A las siete menos cuarto.

—Ya.

—Y estuve toda la tarde allí, desde las cuatro.

—Ya lo sé, Fermín.

Se apoyó en el mango, que es lo que hace cuando va a decir algo y no quiere que parezca que va a decir algo.

—El lunes tapasteis los dos socavones del camino.

—Sí.

—Con la arena mía.

—Con la arena tuya.

—Para que no se cayera nadie.

—Sí.

—Y para que se viera bien.

No dije nada.

Fermín miró el capazo y luego miró la fila cuarta, donde tenía el trabajo empezado.

—Yo llevo cuarenta y cinco años en este cementerio —dijo—. He visto entrar a mucha gente y he visto de todo, y no me escandalizo, que ya no tengo edad. Pero nunca había visto a nadie traer a alguien a ver un entierro para venderle algo.

—No era un entierro.

—Ya lo sé lo que era.

Cogió el capazo.

—A tu padre le habría dado un disgusto —dijo—, y a lo mejor lo habría hecho él. Las dos cosas.

Y se fue a la fila cuarta, y se puso la llana en el bolsillo del mono, y subió la escalera de lado poniendo primero el pie derecho, y siguió tapiando el nicho que estaba tapiando.

Eso fue todo. No levantó la voz, no dejó el trabajo y a las tres de la tarde me mandó un mensaje para preguntarme a qué hora era el sepelio de Zudaire.

Volví a bajar andando.

En el móvil tengo tres fotografías del diecisiete de enero. En la tercera hay tres líneas y una nota al pie en cuerpo seis que dice de dónde sale el número.

Yo también tengo una nota al pie. La mía está escrita a mano, en una lista, en la entrada cinco, con la letra de siempre.

1. Escalera y carretilla, devueltas.

2. No.