Capítulo 33
— La Voz de la Ribera
El jueves cinco por la noche se quedó a dormir. Fue la tercera vez en diez días y la segunda en que ninguno de los dos dijo nada de nada.
El viernes me levanté a las siete menos cuarto porque tenía a Loli a las nueve, y él estaba despierto desde antes, boca arriba, con el brazo debajo de la cabeza y sin haberse movido.
—Buenos días.
—Buenos días.
Puse el café. No había pan, porque el pan lo trae él y el jueves vino directo de la carretera y se le olvidó, y ninguno de los dos lo comentó, cosa que hace tres semanas habría dado para diez minutos.
Nos sentamos en la mesa de tres sillas con dos tazas y el azucarero.
La persiana de la cocina la arregló él el ocho de febrero, un domingo, en dos horas, con una cinta de cinco metros del almacén y un cúter, y el muelle lo dejó anudado de una manera provisional que dijo que aguanta hasta abril.
Sube entera. Es lo único de esta casa que funciona mejor que en enero.
La subí y entró la luz del patio, que a las siete y cuarto de la mañana de un cinco de marzo no es ninguna luz.
—¿Hoy qué tienes? —dije.
—Cuatro visitas. Estella y Tafalla.
—Ya.
—¿Y tú?
—Papeleo. Y una reunión a las nueve.
—Ah.
Y no preguntó con quién.
Esa es la parte.
Desde octubre, ese hombre me ha hecho preguntas todos los días.
Cuánto mueves del Bardenas, cuántos de póliza y cuántos de particular, cuánto tardas en cobrar, quién decide, por qué agosto, por qué el once.
Preguntaba en el almacén, preguntaba en el coche, preguntaba de pie con el abrigo puesto.
Era su trabajo, y también era él, porque ese hombre pregunta como otros fuman.
Desde el veinticinco de febrero no me ha hecho una sola pregunta sobre la casa.
Ni una. Once días.
Y yo no le puedo decir «por qué has dejado de preguntarme cosas», porque decir eso es decir «yo sé para qué me las preguntabas», y eso no lo puedo decir.
Así que me tomé el café.
Hubo un momento, a eso de las siete y media, en que levanté la vista y él me estaba mirando. No con cara de nada. Mirándome como se mira desde la puerta de una sala antes de entrar, para ver qué hay dentro.
Aparté los ojos yo primero.
—Se te enfría —dijo.
—Ya.
Fregamos las dos tazas. Él las secó, que es una cosa que hace y que yo no hago nunca, porque yo las pongo boca abajo en el escurreplatos y ya se secan solas.
Dos tazas y dos platos boca abajo en un escurreplatos.
Lo pensé mientras las estaba poniendo y lo aparté enseguida, porque llevo desde el veinte de febrero sabiendo lo que sé de una casa de Zaldúa y no me apetecía saberlo también de la mía.
Se fue a las ocho menos veinte.
En la puerta se paró con la mano en el marco y se dio la vuelta, y estuvo dos segundos.
—Nerea.
—Dime.
Y no dijo nada. Lo intentó, se le vio, y después se pasó la mano por la boca y dijo:
—Que si me necesitas para algo esta semana, estoy por la zona hasta el martes.
—Vale.
—Vale.
Bajó las escaleras.
En la oficina de Providencia de Olarza hay dos maneras de que te den un café y mi padre me explicó la diferencia en 2014, en el coche, volviendo de una liquidación.
Si Loli te pone un vaso de plástico de la máquina del pasillo, es que son cinco minutos y es de pie y no pasa nada.
Si Loli abre el armario de arriba, saca el juego de tazas que le regalaron en una convención de Zaragoza en 2016 y va a la cocinilla a enjuagarlas antes de servir, siéntate.
Cuando entré, a las nueve menos cinco, Loli estaba en la cocinilla con el grifo abierto y una taza en la mano.
Y delante de mí estaba Joaquín Redín renovando el seguro del coche.
Tardó veinticinco minutos y de renovación fueron dos.
Los otros veintitrés fueron la franquicia, que son trescientos euros y que él considera un abuso porque en dieciséis años no ha dado un parte.
—Es que yo no he dado un parte en dieciséis años.
—Por eso paga usted lo que paga, Joaquín.
—Pues bájemelo.
—Es que si se lo bajo, la franquicia le sube.
—¿Y por qué sube?
Loli sacó un folio, lo puso encima de la mesa y trazó una raya vertical en medio con el bolígrafo.
—Mire. Aquí, lo que paga usted al año. Y aquí, lo que pone usted de su bolsillo si le dan un golpe. —Escribió dos cifras—. Si baja esta, sube esta. Siempre. Son las dos únicas columnas que hay.
Redín miró el folio con la cabeza inclinada, como quien mira un plano.
—¿Y no hay una tercera?
—No hay una tercera, Joaquín.
—Pues debería.
—Pues debería.
Después intentó imprimirle el recibo.
La impresora dio un folio en blanco, otro folio en blanco y un tercero con una raya negra a lo ancho.
Loli se levantó, le dio dos golpes en el lateral, abrió la tapa de arriba, sacó el cajón del tóner, lo sacudió dos veces con las dos manos como se sacude un mantel pequeño, lo volvió a meter, cerró y le dio a imprimir otra vez.
Salió bien.
—Es de 2019 —me dijo después—. Y llevo tres años pidiendo una.
Me contestan siempre lo mismo: que la solicite por el portal.
Y en el portal está la de sobremesa, está la multifunción y está una de etiquetas, pero la mía no está, porque la mía es de red y las de red las lleva otro departamento que no sale en el portal.
—¿Y no puedes llamar a ese departamento?
—El número me lo tiene que dar el portal.
Redín, ya con el recibo en la mano, se paró en el marco de la puerta y se giró hacia mí.
—Oye, Nerea, ya que estás. ¿Un nicho cuánto va ahora?
—La concesión de cincuenta años son mil ochocientos cincuenta en el patio de San Miguel y mil cincuenta en la parte de la sombra. La tasa de inhumación son seiscientos cuarenta y esa la cobra el Ayuntamiento, no yo.
—¿Y lo de la sombra es peor?
—Es más fresco.
—Joaquín —dijo Loli.
—Es que ya que está.
—Pues ya está.
Se puso el gorro. Y en la puerta, porque no podía ser de otra manera, dijo:
—Ah, y la farola de las Eras sigue apagada.
—Joaquín, eso es del ayuntamiento.
—Ya lo sé que es del ayuntamiento. Lo digo por decirlo en algún sitio más.
Cerró.
En la pared sigue el póster de la familia sonriendo delante de una casa que no está en Navarra, y la segunda mesa sigue vacía desde 2018.
Loli me sentó y me puso la taza delante con su plato.
—El café de la máquina está malísimo, hija.
—Ya.
—Y hoy vas a estar un rato.
Lo dijo así, sin adornar, que fue lo mejor que hizo en toda la mañana.
Sacó del archivador una carpeta con dos folios y me giró el primero.
CONCERTACIÓN COMARCAL — NAVARRA MEDIA. Objetivos 2026. Subdirección Territorial Ebro.
Es una hoja de las que hace alguien que no ha entrado nunca en un tanatorio. Cuatro filas.
Nº de prestadores concertados. Actual: 5. Objetivo: 2. Coste medio por servicio. Actual: 2.184 €. Objetivo: 1.940 €. Tiempo medio de respuesta comprometido. Objetivo: ≤ 60 min. Interlocución única multicomarcal. Objetivo: sí.
Cuatro filas y en tres de ellas gano yo y no sirve de nada, porque la única que pesa es la segunda.
—Yo hago cuarenta y un minutos —dije.
—Ya lo sé.
—Ahí pone sesenta.
—Ahí pone sesenta porque ellos ponen sesenta y lo cumplen con un teléfono. Y a Zaragoza le da igual que tú hagas cuarenta y uno, porque cuarenta y uno también es menos de sesenta. —Se ajustó las gafas—. Nerea, esa hoja no premia lo mejor. Esa hoja quita lo que sobra.
—Dímelo.
Me giró el segundo folio.
Diecinueve municipios en una columna y un nombre al lado de cada uno.
Catorce pueblos con el nombre del grupo. Cinco con el mío: Olarza, Zaldúa, Aizcorbe, Berbinzana y Falces.
—Ciento treinta y seis servicios se van —dijo—. Te quedan cincuenta y ocho.
Ciento noventa y cuatro menos ciento treinta y seis.
—El setenta por ciento.
—El setenta por ciento.
Beroiz, Yoldi, Larrea y La Purísima se quedan a cero. Los cinco prestadores pasan a ser dos: el grupo y yo.
—Y esos cinco pueblos, ¿por qué?
—Porque son los que a ellos no les salen a ese precio, y porque he peleado. —Cerró la carpeta—. Y ese «de momento» que no está escrito en ningún sitio dura hasta la revisión de 2027, o dura hasta que a alguien en Zaragoza le apetezca mirarlo otra vez.
Entonces hice lo que había ido a hacer.
—Te pongo mil novecientos cuarenta.
Loli levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Que te pongo mil novecientos cuarenta euros por servicio. Igualo la hoja.
—Nerea.
—Está en la hoja. Es el objetivo. Te lo firmo hoy.
Loli se quitó las gafas y las dejó encima de la carpeta.
—Dos cosas —dijo—. La primera es que la hoja tiene cuatro filas y tú solo puedes igualar una.
La interlocución única multicomarcal es que Zaragoza quiere hablar con una persona para cuatro comarcas y colgar.
Tú eres una comarca. Aunque me pongas mil novecientos, sigues siendo un teléfono más en una lista que ellos quieren acortar.
—¿Y la segunda?
—La segunda es que te conozco desde que tenías doce años. —Se apoyó en la mesa—. ¿A ti cuánto te cuesta hacer un servicio?
No contesté.
—Contéstame.
—Mil novecientos y pico.
—Mil novecientos y pico. —Asintió despacio—. O sea que me estás ofreciendo trabajar a cero. Y eso ni te lo voy a aceptar, ni te lo voy a subir a Zaragoza, ni te voy a dejar que lo firmes, porque en agosto vienes aquí a decirme que no te sale y me haces quedar a mí de idiota.
—Déjame que lo intente.
—No.
Y luego lo dijo.
—No es contra ti, Nerea. Es que yo también tengo jefe.
Le pregunté si se podía retrasar. Me dijo que la propuesta subió el dos de marzo y que la firma es el diecisiete y que los efectos son del uno de abril.
Le pregunté quién firma en Zaragoza. Se quedó un momento mirándome y después me lo dijo, porque es Loli: subdirección territorial, un tal Vergara, y una técnica que se llama Ana Belén Moliner y que es la que hace las hojas.
—Y no llames, Nerea.
—¿Por qué no?
—Porque no te va a servir de nada y porque quien queda mal soy yo, que soy la que te ha dado el nombre.
Salí a las diez y veinte con las dos fotocopias en el bolso.
Llamé desde el coche, en el aparcamiento de la plaza, con el motor parado.
La centralita de Providencia en Zaragoza tiene un menú de cinco opciones y ninguna es la que necesitas. En la cinco te atiende una persona. La persona me pasó con una extensión que sonó nueve veces y saltó un buzón.
Dejé un mensaje de treinta y cinco segundos. Dije mi nombre, el de la empresa, la comarca, que quería hablar sobre la concertación de Navarra media antes del diecisiete y que llamaba yo, la titular, no un comercial.
Miré el móvil el viernes por la tarde, el sábado y el domingo.
Cincuenta y ocho servicios. A dos mil ciento ochenta son ciento veintiséis mil cuatrocientos cuarenta euros. El año pasado fueron cuatrocientos veintidós mil novecientos veinte.
Eso se puede hacer de cabeza en un aparcamiento.
1. Marisa: rehacer previsión con 58 servicios de Providencia. Efectos 1 de abril.
2. Avisar a Chuchi y Aitor de que en abril cambian las rutas. No decir por qué todavía.
3. Zudaire: velatorio Ebro, sábado. Confirmar coche a las 11:00.
4. Llamar al marmolista.
5. Alsúa: pedir dos coronas Zudaire. Que las pida Marisa.
6. Pedir presupuesto de la centralita. Los 800.