Se ruega no enviar flores Capítulo 32
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Capítulo 32

Marga me llamó el miércoles a las ocho y media de la mañana, desde el AVE, y en cuarenta minutos me pidió tres cosas.

—Sotelo, quiero eso en un informe.

—¿Eso qué.

—Lo de ayer. Y quiero tres cosas concretas, así que coja papel. Una: qué hizo exactamente. La cadena entera, desde que se enteró de lo de las pólizas hasta que ayer había ciento cuarenta personas en un cementerio. Con los pasos en orden.

—Marga.

—Dos: cuánto le costó. Flores, permisos, horas de personal, desplazamientos, la arena esa del camino. Todo, con euros.

—¿Y tres?

—Y tres: si eso se puede protocolizar.

Estuve callado el tiempo suficiente para que ella se diera cuenta.

—Sotelo, no me ponga esa voz. Piense un momento y verá que le estoy pidiendo lo que usted mismo me pidió en diciembre.

Y tenía razón.

En diciembre yo le escribí un párrafo diciendo que el activo de esa plaza no era transferible y ella lo tachó y me dijo que le trajera un número.

Ayer por la tarde vio el número. Vio ciento cuarenta y seis personas en un pueblo de ciento ochenta un martes a las cinco de la tarde, en febrero, con frío, sin misa, por dos viejos que llevaban tres meses muertos.

Y lo que hace un director de expansión con eso no es emocionarse. Es preguntar cuánto cuesta y si se puede repetir. Eso es literalmente el trabajo.

—Si se puede protocolizar —dijo— lo quiero en las doscientas ochenta y una. Yo no tengo ningún interés en que esto sea una anécdota bonita de un pueblo de Navarra. Si esa mujer ha encontrado una manera de hacer eso, quiero saber cómo se hace y quiero enseñárselo a doscientas ochenta y una casas.

—¿Y si no se puede?

—Si no se puede, es una capacidad personal, muere con ella y es un riesgo de dependencia del veinte por ciento de la valoración. Y eso también hay que escribirlo.

—O sea que da igual lo que ponga.

—No da igual lo que ponga. Da igual lo que salga. Que no es lo mismo y usted lo sabe.

Le dije que lo miraba y colgué, y estuve toda la mañana en la habitación cuatro del Zubiri con el portátil abierto y sin escribir nada.

Y a mediodía lo entendí.

Empecé por el final, que es lo que hago siempre. Reconstruí la cadena hacia atrás, en orden, como me la había pedido ella.

El jueves diecinueve, Nerea me preguntó, de pasada, mientras yo dejaba unos albaranes, si Marga seguía por la zona esa semana.

El viernes veinte me dijo que si pasaba por aquí el martes, había una cosa a las cinco en Zaldúa que contestaba a lo que Marga le había preguntado en el aparcamiento, lo de los cuarenta y un minutos, porque una cosa es un dato y otra cosa es verlo.

Nos mandó la ubicación por mensaje. Nos dijo la hora exacta: las cinco.

El acto empezó a las cinco y cinco y el sol se fue de la pared del fondo a las cinco y veinte.

El lunes había estado allí cuarenta minutos con una carretilla de arena.

Nos colocó a la izquierda del porche. No nos dijo «pónganse ahí»; nos llevó andando hasta ahí hablando de la carretera de Zaldúa, y desde ahí, y solo desde ahí, se ve el camino central entero de punta a punta.

Y cuando los ciento cuarenta y seis empezaron a pasar por delante, yo miré a Nerea, porque yo la miro, y ella no estaba mirando a la hija.

Estaba mirando a Marga.

Ciento diecinueve días.

Eso es lo que llevo yo en Olarza. Desde el veintinueve de octubre.

Ciento diecinueve días entrando en una casa con una tarjeta que dice lo que dice, midiendo la rotación, contándole a la agente del seguro los costes de un traslado nocturno para que me diera un pliego, aceptando un café de una vecina en un velatorio de un hombre al que no conocía y apuntándolo todo por la noche en una habitación de hostal.

Ella lleva cuatro meses haciendo lo mismo que yo con las mismas manos.

Y esto no es lo que duele. Esto es casi tranquilizador, porque si los dos hacemos lo mismo entonces no hay nada que perdonar y nada que reprochar y se puede seguir.

Lo que duele es lo otro.

En diciembre yo escribí que lo que hay en esa casa no se puede comprar porque no es una técnica. Marga lo tachó y puso «no es activo» y yo guardé la versión con la raya encima como quien guarda una prueba.

Y ayer, en un cementerio, una mujer que sabe exactamente lo que hace tapó dos socavones del camino, midió a qué hora se va el sol de la pared, colocó a dos personas en el único punto desde el que se ve el paso entero, eligió un martes porque los fines de semana el pueblo baja a Olarza, y consiguió que ciento cuarenta y seis personas hicieran cuarenta y un metros en fila de dos.

Todo eso es verdad y todo eso emociona y todo eso, además, se puede escribir en once puntos numerados.

O sea que sí es una técnica.

O sea que Marga tenía razón en diciembre y yo estaba equivocado, y lo que pasa es que la técnica no está en el edificio ni en la marca ni en la cartera, está en una persona, y una persona se puede contratar, se puede formar a otra, se puede meter en un manual de doscientas ochenta y una casas y se puede convertir en una diapositiva.

Yo puedo escribir ese informe. Sé escribirlo. Me llevaría cuatro horas y me saldría bien.

Y el que lo lea en Madrid en abril va a hacer una de estas dos cosas: comprarla para tener la técnica, o esperar once meses y quedarse con la comarca cuando la técnica se quede sin casa donde ejercerse.

No hay una tercera.

Marga volvió a llamar a las seis y cuarto.

—¿Me lo va a mandar?

—No.

—¿No lo tiene o no me lo va a mandar?

—No se lo voy a mandar.

Se oyó que se paraba de andar.

—Sotelo, se lo pregunto una vez más y con calma, porque llevamos once años. ¿Me está diciendo por escrito que se niega a redactar el informe siete?

—Le estoy diciendo por escrito que no procede.

—Eso no significa nada.

—Significa que no voy a escribir cómo se hace.

Marga estuvo unos segundos.

—Vale —dijo—. Entonces le voy a hacer una pregunta de cumplimiento y usted contesta lo que quiera, incluido nada. ¿Tiene usted alguna relación personal con la titular que deba constar en el expediente?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde enero.

Otro silencio, más corto.

—Gracias. —Y luego, sin cambiar de tono—: El informe lo voy a hacer yo, con lo que vi ayer y con lo que tengo.

Va a salir con mi firma. En el expediente va a constar que el informe siete lo redactó la dirección de expansión y no el evaluador, y eso lo va a leer alguien en abril y me lo va a preguntar, y yo voy a contestar la verdad.

—Ya lo sé.

—Y va a constar también lo que me acaba de decir usted.

—Ya lo sé.

—Muy bien. —Se puso a andar otra vez—. Sotelo, esto no lo hago para castigarle.

Esto lo hago porque tengo un comité en abril y un plan del norte que llevar.

Usted es el que ha decidido a qué lado de la mesa se sienta y me parece muy bien, pero se ha sentado en el otro lado y en el otro lado no le puedo defender.

—No le he pedido que me defienda.

—Se lo he dicho por si acaso.

Colgó a las seis y treinta y uno.

Del informe número ocho no sé nada más que esto: que existe, que lo firmó ella, que lo mandó al comité y que yo no lo he leído nunca.

Nota para el expediente OLARZA-114:

INFORME DE CAMPO N.º 7

Evaluador: D. Sotelo. Fecha: 25/02.

No procede.