Capítulo 31
— Tablón del Concejo de Zaldúa
El lunes por la tarde subí a Zaldúa sola y estuve cuarenta minutos en el cementerio.
Fui a ver el paso. Son cuarenta y un metros de la tumba de los Aristu a la de los Zúñiga y hay que hacerlo por el camino central, porque por los laterales no caben dos personas de frente.
A las cinco menos cuarto el sol da todavía en la pared del fondo y a las cinco y veinte se va.
En el porche de la entrada caben treinta personas de pie y el resto tiene que quedarse en el camino.
Le pedí a Fermín que me dejara la escalera de dos cuerpos y una carretilla de arena, y el lunes por la tarde Chuchi y yo rellenamos los dos socavones del camino central, que llevan así desde el otoño y que con ciento cuarenta personas encima habrían sido dos tobillos.
Eso es lo que se hace. Se va el día antes y se mira dónde da el sol y se tapan los agujeros del camino.
El martes veinticuatro a las cinco de la tarde había en el cementerio de Zaldúa ciento cuarenta y seis personas, en un pueblo de ciento ochenta.
Vino Sabin con su mujer, y Josu, y el presidente del concejo, que se llama Patxi Munárriz y que me firmó el permiso el viernes en el bar sobre un posavasos y luego en papel el lunes.
Vinieron las de la catequesis, que son cinco y todas pasan de los ochenta.
Vinieron doce personas del almacén de piensos de la carretera.
Vino Loli, con el abrigo rojo, desde Tafalla, que se enteró por Marisa.
Vino don Evaristo, que dijo que hacía un responso de cuatro minutos y no de once y lo cumplió.
Bea llegó a las cuatro y veinte con la furgoneta y bajó los dos centros ella misma.
Se los había pedido Marisa el jueves, por teléfono, y Bea le había preguntado a Marisa para qué eran y Marisa se lo había contado, y Bea hizo dos centros exactamente iguales, con la misma flor y el mismo tamaño y la misma cinta sin nada escrito, que era lo único que yo le había pedido: que fueran idénticos.
Los puso ella en las dos tumbas. Midió las dos lápidas antes con la mano para que quedaran centrados.
—Ciento sesenta euros —dijo cuando terminó—. Te lo paso por Marisa.
—Vale.
—A treinta días, ¿no?
—A treinta días.
Se quedó atrás, en el camino, con el abrigo de trabajar, y no se fue hasta el final.
A las cinco y cinco empezó Sagrario.
No leyó nada escrito. Se puso delante de la tumba de su madre con las dos fotocopias en la mano, las dos hojas de las pólizas, y las levantó.
—Esto son dos papeles de un seguro —dijo—. Los firmaron los dos el veintidós de marzo de dos mil once, el mismo día, en Olarza, en la oficina de Loli, que está aquí.
Loli levantó la mano un poco, desde el camino.
—Aquí pone «persona de contacto». Y en el de mi madre pone «Aristu, F.», y entre paréntesis pone «vecino». Y en el de Fidel pone «Ochoa, M.», y entre paréntesis pone «vecina».
Se paró.
—Yo tengo cincuenta y un años y no lo he sabido hasta el viernes. Lo he sabido por un papel de un seguro. Y estuve en los dos velatorios en noviembre y no lo sabía.
Nadie dijo nada. En el camino, alguien de las de la catequesis dijo «ay» y otra la mandó callar.
—Mi madre se quedó viuda en octubre de dos mil diez. Y en marzo de dos mil once se subieron a un coche y fueron a Olarza a poner esto. Cinco meses. Y no pusieron nada más porque no había dónde ponerlo.
Josu leyó las cinco líneas de Iñaki desde Düsseldorf. Decían que él no sabía nada, que su padre nunca le contó nada, que se alegraba de que no hubiera estado solo y que sentía no bajar. Tardó veinte segundos.
Después don Evaristo hizo el responso de cuatro minutos en la tumba de Fidel.
Y luego la gente hizo los cuarenta y un metros.
Los ciento cuarenta y seis. Sin que nadie lo organizara, sin que nadie lo dijera, empezaron a andar por el camino central desde la tumba de los Aristu hasta la de los Zúñiga, en fila de dos, porque no caben más, y tardaron once minutos en pasar todos, y algunos tocaron la piedra al llegar y otros no, y las de la catequesis fueron cogidas del brazo.
Fue lo más bonito que he visto en doce años de este oficio.
Y en ese momento yo no estaba mirando a Sagra.
Estaba a la izquierda del porche, de pie, con las manos delante, en el sitio desde el que se ve el camino central entero de punta a punta, y a mi derecha, a metro y medio, en el mismo sitio, estaba Marga Duñabeitia con las manos en los bolsillos del abrigo, y detrás de ella, Damián.
Marga volvía de Tudela el martes por la tarde y me lo había dicho Damián el jueves, cuando le pregunté.
Y el viernes le dije que si su jefa pasaba el martes por aquí, que había una cosa a las cinco en Zaldúa que contestaba a lo que me había preguntado en el aparcamiento, lo de los cuarenta y un minutos, porque una cosa es un dato y otra cosa es verlo.
Le mandé la ubicación por mensaje. Le dije la hora exacta.
Y el lunes por la tarde, cuando subí a mirar dónde daba el sol y a tapar los socavones del camino, ya sabía desde qué punto del porche se ve el camino central entero.
Cuando pasó la última persona, Marga se sacó las manos de los bolsillos y se puso los guantes.
Se los puso despacio, dedo por dedo, primero el izquierdo y después el derecho, ajustando entre los nudillos, que es como se ponen los guantes cuando se está pensando en otra cosa.
—Esto no se puede replicar —dijo—. Es lo que más me preocupa de usted.
—No sé si eso es un cumplido.
—No lo es. —Se estiró el puño del abrigo—. Y no crea que se lo digo con reproche. Yo llevo dieciséis años intentando comprar esto. Se compra el edificio, se compra la flota, se compra la cartera y luego llega el martes por la tarde y no hay nadie que se acuerde de tapar los agujeros del camino.
Miró el camino central, que ya estaba vacío.
—Muchas gracias por avisarme, Iribas. Ha sido usted muy amable.
Y se fue hacia el coche con Damián.
Y él, antes de seguirla, se paró un segundo y me miró.
Yo llevo doce años entrando en salones de gente a la que se le acaba de morir alguien y sé leer una cara desde la puerta. La de Damián Sotelo la sé leer desde octubre.
Esa no la conocía.
No era enfado. Era la cara con la que se mira a una persona a la que se acaba de conocer y que todavía no se sabe si va a caer bien.
Duró lo que dura eso. Después dijo «hasta luego» y bajó al coche detrás de ella.
Sagrario me dio las gracias en el porche, con las dos manos, y me dijo que había venido gente que ella no había visto en el entierro de su madre. Le dije que eso pasa siempre, que los entierros son de la familia y los recuerdos son del pueblo. Se lo dije bien.
A las siete menos cuarto Fermín cerró el portón del cementerio, que se lo había pedido al concejo hasta las siete.
1. Devolver la escalera y la carretilla a Fermín. Mañana antes de las nueve.
2. Alsúa: 160 €, treinta días. Pasárselo a Marisa el jueves.
3. Concejo de Zaldúa: escrito de agradecimiento a Munárriz. Que quede.
4. Sagra Zúñiga: mandarle copia del documento de conformidad sellado.
5. Llamar al marmolista.
6. Providencia: si el lunes no ha entrado, llamar a Zaragoza directamente.