Capítulo 30
AVISO A LAS FAMILIAS. Se recuerda que para la tramitación de cualquier reclamación ante la compañía es imprescindible aportar el documento de conformidad firmado por el solicitante del servicio. Rogamos conserven su copia.
— Tablón, Tanatorio Iribas
Providencia debía la liquidación de diciembre desde el catorce y el viernes veinte seguía sin entrar, y cuando eso pasa hay que hacer la reclamación bien, porque si la haces mal te la devuelven y pierdes otro mes.
Hacerla bien consiste en coger los cincuenta y un expedientes del cuarto trimestre, ponerlos en una columna, poner al lado el número de póliza, al lado el importe reconocido, al lado el importe liquidado y buscar los huecos. Es trabajo de tarde de viernes con la calculadora y el café frío.
En el expediente 2.463 y en el 2.469 hay un post-it de Marisa de noviembre grapado a la primera hoja: Loli dice que lo dejemos, que eso lo dieron ellos así.
Aristu Beorlegui, Fidel. Ochoa Larrañaga, Milagros.
Domicilio a efectos de facturación: Zaldúa, calle Mayor, 2, los dos.
La calle Mayor, 2 de Zaldúa es la casa de enfrente de la iglesia. Es la casa de Mila. Fidel vivía en el camino del río, la última por el lado del agua, con la puerta ancha y la escalera que gira en el descansillo.
Eso ya lo sabía en noviembre y en noviembre lo dejé, porque en noviembre tenía dos velatorios a la vez.
El viernes tenía la tarde y la carpeta abierta, así que seguí tirando.
Póliza de Fidel: la principal es de 1991. Beneficiaria y persona de contacto, Goñi Arellano, Teresa. Su mujer. Tere murió en el noventa y cuatro y esa casilla se quedó como estaba treinta y un años, porque las casillas de las pólizas se quedan como están.
Debajo, una segunda póliza. Ampliación de cobertura, alta el 22 de marzo de 2011. Persona de contacto: Ochoa, M. (vecina).
Póliza de Mila: la suya es del 2003 y la persona de contacto era su marido, Zúñiga. Zúñiga murió en octubre de 2010.
Y debajo, una ampliación de cobertura, alta el 22 de marzo de 2011. Persona de contacto: Aristu, F. (vecino).
El mismo día. La misma oficina. La misma agente.
Cinco meses después de que ella se quedara viuda, un lunes de marzo, dos personas de sesenta y cinco y sesenta y dos años se subieron a un coche, hicieron los treinta y cuatro kilómetros hasta Olarza, entraron en un local de treinta metros con un póster de una familia y firmaron el único papel del mundo en el que se podían poner el uno al lado del otro.
Y no se pusieron «pareja». Se pusieron «vecino» y «vecina», porque eso era lo que cabía.
Estuve un rato con las dos hojas encima de la mesa. Después seguí con la reclamación, que era lo que estaba haciendo, y la terminé a las ocho menos veinte, y salieron cuatro mil doscientos euros que Providencia no ha pagado y que van a tardar tres semanas.
A Sagrario Zúñiga la llamé el sábado y quedé con ella el domingo por la mañana, porque viene un fin de semana sí y otro no desde noviembre, desde Zaragoza, a vaciar la casa de su madre.
El motivo era verdad: necesitaba el documento de conformidad firmado, el original, para la reclamación. Sin eso no cobro el servicio de su madre.
La casa de la calle Mayor, 2 tenía siete cajas de cartón en el pasillo y todavía las cortinas puestas. Sagrario tiene cincuenta y un años, trabaja en la administración de un hospital de Zaragoza y lleva quince fines de semana subiendo.
—Es que no avanzo —dijo—. Cada vez que abro un cajón me tengo que sentar.
Firmó el papel en la mesa de la cocina, apoyando fuerte porque el hule está gastado.
—¿Quieres café? Es de sobre, que la cafetera ya la bajé al contenedor.
Dije que sí.
Y a los diez minutos, cuando ya no había nada más que hacer allí, saqué la carpeta.
—Sagra, te he traído una cosa. No es de la reclamación.
—¿Qué es?
—Es de las pólizas de tu madre. Lo vi ayer haciendo el cierre.
Se quedó con la taza en la mano.
—Si es algo malo, no me lo cuentes. Te lo digo en serio. Yo llevo tres meses subiendo aquí y no puedo más.
—No es malo.
—Es que la gente dice cosas de los muertos.
—Sagra, no es malo. Y si me dices que no, guardo esto y no ha pasado nada.
Estuvo callada un rato largo, mirando las siete cajas del pasillo por la puerta abierta.
—Enséñamelo.
Le puse las dos hojas delante, la de su madre y la de Fidel, con la fecha de alta subrayada con lápiz, no con rotulador.
Le costó unos segundos.
—Veintidós de marzo de dos mil once.
—Las dos. El mismo día, aquí en Olarza, en la oficina de Loli.
—Y él se puso a mi madre.
—Y ella se puso a él.
Sagrario dejó la taza en la mesa. Después hizo una cosa que no me esperaba, que fue reírse una vez, muy corto, con la mano en la boca.
—Yo lo sabía —dijo.
—¿Lo sabías?
—Yo sabía que había un señor. Desde que tenía dieciséis años.
—Se apretó los ojos con dos dedos—. Yo venía en verano y mi madre los martes se ponía los pendientes.
Los martes. Y yo con dieciséis años ya me di cuenta y no dije nada, y con veinte tampoco, y con treinta tampoco, y luego ya no se podía preguntar, ¿sabes?
Se pasó el momento. Y ahora tengo cincuenta y uno y está muerta y ya no se lo puedo preguntar nunca.
—Era Fidel.
—Era Fidel. —Cogió la hoja—. Yo he estado en su entierro. En noviembre. Estuve en su velatorio y en el de mi madre y no lo sabía. Los dos en tu tanatorio a la vez y no lo sabía nadie.
—Lo sabían ellos.
—Ya.
Estuvo un rato con la hoja en la mano. Yo le conté lo de las dos tazas del escurreplatos de la casa de él, la noche del ocho de noviembre, boca abajo, con dos platos pequeños, y que no le di ninguna importancia porque en las casas de la gente mayor que vive sola hay siempre demasiada vajilla fuera.
Se puso a llorar entonces, no antes.
Y cuando paró —y paró rápido, porque es una mujer que ha llorado mucho estos tres meses y ya sabe cuánto le dura— dijo:
—¿Y qué hago yo con esto?
Y ahí es donde yo hablé.
—Se puede hacer una cosa. Nosotros a veces hacemos actos de recuerdo cuando la familia lo pide. No es un funeral, no hay misa si no se quiere y no cuesta nada, lo pone la casa. Se hace en el cementerio, a la hora que se quiera, y viene quien quiere venir.
—¿En Zaldúa?
—En Zaldúa. Están a cuarenta metros el uno del otro, cada uno en la tumba de su cónyuge, y la gente que va a llevar flores a los dos pasa por en medio dos veces al año sin saberlo.
—Ya.
—Se podría hacer el martes. El veinticuatro. Que es entre semana pero es cuando está la gente del pueblo, porque los fines de semana bajan a Olarza.
—El martes.
—A las cinco, que a las seis y media ya no hay luz y a las cinco todavía se ve.
Sagrario me miró.
—¿Y esto lo hacéis mucho?
—Lo hacemos cuando hace falta.
Se lo pensó, y mientras se lo pensaba yo le hice una pregunta.
—¿Cuánta gente crees que vendría?
Ella dijo que el pueblo entero, que son ciento ochenta, y que su madre daba catequesis y que Fidel había sido del concejo dos legislaturas.
—Pues eso —dije.
A Iñaki Aristu lo llamé el lunes a Düsseldorf. Tardó en entenderlo y después estuvo callado.
—¿Y usted cómo sabe eso?
—Por las pólizas.
—Ya. —Y luego—: Yo no puedo bajar el martes.
—No hace falta.
—Es que ya bajé en noviembre y me costó cuatro días.
—Iñaki, no hace falta. Si quiere manda usted algo escrito y lo lee su primo.
—¿Y por qué nadie me dijo nada en cuarenta años?
—Eso no se lo puedo contestar yo.
Mandó cinco líneas por correo electrónico el martes por la mañana, a las siete y doce.
1. Reclamación Providencia 4T: 4.200 €. Enviada. Registrar salida.
2. Zaldúa: pedir permiso al concejo. Abrir el cementerio hasta las siete el martes.
3. Avisar a don Evaristo. Responso corto o nada, lo que quiera Sagra.
4. Flores: dos centros iguales. Que las pida Marisa.
5. Decírselo así: que es verdad y que es lo mejor que hacemos.
6. Llamar al marmolista.