Capítulo 29
Marga Duñabeitia llegó a Olarza el lunes dieciséis a las diez y cuarenta, en un coche de alquiler que había cogido en Pamplona, con un abrigo que costaba más que el coche y sin ninguna prisa.
Yo la esperaba en la puerta desde las diez y veinte.
—Buenos días, Sotelo. Bonito pueblo. ¿Eso de ahí es el ayuntamiento?
—Sí.
—Está cerca.
Está a trescientos metros. Lo dijo mirándolo, como se mira un edificio, y siguió andando hacia la fachada de granito.
Nerea salió a recibirnos con la ropa de trabajo, que es lo que se pone para trabajar, y no con nada especial, y eso fue lo primero que Marga registró.
Detrás de ella, en el pasillo, estaba Chuchi con un polo azul marino planchado que no le he visto ni una sola vez en cuatro meses, con las manos por detrás de la espalda y con la cara de un hombre al que le han dicho que hoy viene gente y que se porte bien.
Se dieron la mano.
—Marga Duñabeitia. Encantada.
—Nerea Iribas.
—Yo trabajo en el grupo al que pertenece Ferreiro. Vengo por la parte industrial, que es la que le vende a usted las cajas.
—¿Qué grupo es?
—Grupo Tránsito. Somos los de las funerarias también, sí. —Se quitó el guante derecho—. Yo no llevo esa parte, pero no le voy a decir que no existe, porque lo pone en el pie de página de su contrato y usted parece de las que se leen los pies de página.
Nerea se rio.
Se rio en el segundo exacto en que se ríe una mujer a la que acaban de decirle algo halagador y ligeramente inquietante, ni antes ni después, y dijo:
—Me los leo todos.
—Se le nota.
Y ya está. Ese fue el momento en que empezaron a caerse bien, y duró cuatro horas, y no fue falso.
Eso es lo que no había previsto. Yo había previsto una mañana incómoda, con Marga midiendo y Nerea enseñando, y lo que hubo fue otra cosa: dos mujeres que hacen el mismo trabajo en escalas distintas y que llevaban mucho tiempo sin encontrarse con nadie que entendiera la primera frase.
Marga preguntaba cosas que solo pregunta quien ha estado dentro.
—¿Cuánto tarda usted en tener un coche en la puerta de una casa en Carcastillo?
—Cuarenta y un minutos de media. En Carcastillo, cincuenta y dos, que es lo peor que tengo.
—Nosotros, en la comarca de al lado, tardamos cincuenta y cuatro de media.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabe?
—Lo sé porque las familias me lo cuentan cuando vienen de allí.
Marga se paró en el pasillo.
—Eso es exactamente lo que le digo yo a mi comité y nadie me lo cree.
Y yo iba detrás de las dos, con la carpeta de Ferreiro debajo del brazo, en mi papel de delegado de una fábrica de ataúdes que ha traído a una señora de grandes cuentas, sin poder decir absolutamente nada, viendo a dos personas jugar una partida de ajedrez con mi cabeza puesta de tablero.
Nos ofreció café a las once.
La máquina de la entrada es de las de vaso, cápsula y azucarillo, y lo que hizo fue soltar el vaso torcido y echar el café encima de la bandeja de goteo mientras el vaso rodaba hasta el borde.
Nerea le dio con el canto de la mano en el lateral izquierdo, a la altura del cristal, sin mirar, mientras seguía hablando.
El segundo vaso salió recto.
—¿Eso hay que hacerlo siempre? —dijo Marga.
—Solo con el primero de la mañana.
—¿Y si viene una familia y es el primero de la mañana?
—Entonces le doy yo al lateral y le digo que se hace así.
Marga se llevó su vaso.
—Me gusta este sitio —dijo, y no lo dijo con ironía, que es lo que lo hacía peor.
Vieron las dos salas.
En la Ebro, Marga se agachó en la junta de la puerta y pasó el dedo por el caballón de la moqueta, y desde detrás, con la voz de quien está aportando un dato técnico útil, Chuchi dijo:
—Esa está puesta encima, ¿eh?
Nerea no se movió.
—¿Encima? —dijo Marga.
—Encima del pavimento de la obra del once, que es una gravilla. Yo dije que había que levantarlo y darle nivelante, que son dos días. —Chuchi se encogió de hombros con la satisfacción del hombre que avisó—. Y ya está saliendo por la junta, que estamos en febrero.
—Ya lo he visto —dijo Marga.
—Es que yo lo dije.
—Ya lo veo que lo dijo.
Yo tengo en el informe número seis, escrito hace diecisiete días, treinta y ocho mil euros de levantado, nivelación y pavimento nuevo. Un conductor de Olarza acababa de confirmarle a mi directora de expansión que el suelo es una chapuza, gratis, por orgullo profesional, en cuatro frases.
Nerea le enseñó la Moncayo con lo del clima, sin disimularlo.
—Esto no calienta desde agosto. Tengo tres presupuestos, el más barato son siete mil doscientos con la unidad exterior nueva.
—¿Y por qué no lo hace?
—Porque son siete mil doscientos.
—Ya.
Bajamos a la sala de abajo.
Puri estaba montando el carro. Tenía las toallas nuevas puestas y la caja de guantes en la balda y no encima de la camilla, cosa que hasta ese día había estado siempre encima de la camilla.
—Buenos días —dijo Marga—. Qué bien tienen ustedes esto.
—Está igual que siempre —dijo Puri.
Y siguió montando el carro.
Marga la miró dos segundos más de la cuenta, que en Marga es un informe entero, y no volvió a hablarle.
Después salimos al aparcamiento.
Aitor estaba lavando el coche fúnebre con la manguera y con la radio del móvil apoyada en el capó, a un volumen que en un aparcamiento de tanatorio es un volumen que hay que explicar. La quitó cuando ya estábamos a cuatro metros.
—Perdón.
—No pasa nada —dijo Nerea.
—Es que es el segundo lavado.
—Que no pasa nada, Aitor.
El aparcamiento de Iribas son once plazas de línea y un camino de servicio de tierra que da a la tapia. Marga se quedó en el escalón mirándolo con las manos en los bolsillos del abrigo.
—Once.
—Once y el camino, que caben cuatro más si no vienen tractores.
—¿Y no ha pedido usted ampliación nunca?
—No hay dónde. A la izquierda está la floristería y a la derecha está el patio de una casa.
Marga asintió despacio.
—La licencia de actividad del tanatorio, ¿de cuándo es?
—De 2009.
—¿Le dieron problemas?
—Ninguno. La pedimos en enero y la dieron en abril.
—¿En cuatro meses?
—En cuatro meses. En 2009 no había obra en ningún sitio y los técnicos estaban desocupados.
Marga se estuvo dos segundos con la vista en las once plazas.
—Qué suerte —dijo.
Y siguió andando hacia la puerta.
En mi informe seis, la licencia de 2009 está vinculada a titularidad y un cambio de control abre una tramitación de ocho a catorce meses con informe preceptivo de urbanismo y riesgo cierto de que exijan plazas de aparcamiento.
Nerea acababa de decir, sin saber lo que decía, que aquel expediente lo despacharon en cuatro meses en el año en que no había nada que despachar.
Yo no dije nada, porque no había nada que decir, y porque el ayuntamiento está a trescientos metros y ella lo había medido con los ojos al bajarse del coche.
A las doce y veinte sonó la línea.
Estábamos los tres en el despacho de arriba. El aparato hizo el chasquido y arrancó el mensaje, y a la mitad, en la palabra «horas», le entró el chirrido, ese ruido de pieza pequeña rozando.
Nerea le dio con el canto de la mano en la esquina de arriba a la izquierda.
No se calló.
Le dio otra vez, más fuerte, y siguió chirriando debajo de la voz durante los ocho segundos que quedaban, y ella descolgó por encima del ruido y dijo «Iribas, dígame» con el aparato sonando todavía, y era la administración de un hospital preguntando por un traslado del jueves.
Colgó a los dos minutos.
—Perdón.
—No pida perdón —dijo Marga—. Pida un presupuesto.
—Ya sé.
—Se lo digo en serio y se lo digo gratis, porque es lo único que le voy a decir hoy que le sirva.
—Marga se sentó en la silla de las visitas sin que nadie se lo ofreciera, que es una cosa que hace desde que la conozco—.
Ese aparato es de 2004. Lo que necesita usted no es un aparato: es una locución grabada en un servidor y un desvío escalonado a dos móviles.
Suena una vez aquí, y si no se coge en veinte segundos entra en el móvil del que esté de guardia, y si no lo coge, en el segundo.
Con registro de llamadas perdidas y aviso por mensaje.
—Eso lo tenemos a medias.
—Lo tienen ustedes a medias con un aparato que se apaga. Y en su negocio, el único riesgo de verdad es no coger un teléfono a las cuatro de la mañana. Todo lo demás lo puede usted arreglar al día siguiente.
Nerea tenía la mano encima del aparato todavía.
—¿Cuánto cuesta eso?
—Instalación y portabilidad, ochocientos euros. Cuota, veintidós al mes.
—Ochocientos euros.
—Ochocientos euros es un servicio suyo. —Marga lo dijo sin ninguna crueldad, que es lo peor que tiene—. Píenselo así: usted pierde una sola llamada en marzo y le sale más caro.
—Está en la lista —dijo Nerea.
Y aquí es donde yo hice la cuenta.
Yo llevo desde el veintinueve de octubre entrando en esa casa. He llamado a esa línea, calculo, doce o quince veces, y he oído ese mensaje entero doce o quince veces esperando a que descuelgue alguien. Es una voz de hombre, grave, con acento de aquí, y por debajo, si te fijas, pasa un coche.
En esa casa hay una mujer, una tanatoestética de sesenta y dos años, un conductor, una administrativa y un hermano.
Y no hay ningún hombre.
Se me ocurrió allí, con Marga hablando de desvíos escalonados y con Nerea con la mano encima de la centralita, y no dije nada, y no he dicho nada desde entonces, y llevo desde el lunes sin poder llamar a esa línea sin colgar antes de que arranque.
Comimos en un asador de la carretera, Marga y yo solos, a las tres.
El camarero me puso la carta y me dijo «usted es el de las cajas», que es lo que soy en este pueblo desde el veintinueve de octubre y lo que voy a ser siempre. Marga levantó una ceja y no preguntó.
Se lo pedí con el café.
—Marga, quiero que me releves del expediente.
Dejó la taza.
—¿Motivo?
—Llevo cuatro meses en la misma plaza. Creo que he perdido perspectiva y creo que eso se nota en el seis.
—Eso es lo más parecido a un reconocimiento que me va a hacer usted, así que lo apunto. —Se limpió la comisura—. Y la respuesta es no.
—Marga.
—Escúcheme, que se lo voy a decir bien. Uno: si le releva a usted a mitad de expediente, entra otro, se lee cinco informes, viene aquí y tarda tres meses en llegar donde está usted. Yo tengo comité en abril con el plan del norte entero. No tengo tres meses.
—Vale.
—Dos: en esta empresa, cuando a un evaluador se le retira un expediente a mitad, eso significa una cosa y la significa para siempre. Usted lleva once años y diecinueve operaciones. No le voy a poner eso en el currículum a cambio de que se le pase el mal cuerpo.
—Y tres.
—Y tres, que es la de verdad. —Puso las dos manos en la mesa—. Si le relevo, tengo que escribir un motivo. Deme uno que yo pueda escribir.
No se me ocurrió ninguno. Estuve el rato que hace falta para que quede claro que no se me ocurre ninguno.
—Ya —dijo ella.
Pidió la cuenta.
—Y le voy a decir otra cosa, Sotelo, y esta no es de trabajo.
Lo que he visto hoy me ha gustado. Esa mujer es muy buena.
Es de las mejores que he visto en dieciséis años y está sola en una casa con cuarenta mil euros de vencido, un aparato de 2004, una moqueta puesta encima de una gravilla y un conductor que se lo cuenta a la primera persona que se lo pregunta.
—Ya.
—Eso no cambia absolutamente nada de lo que tengo que hacer. Pero que conste que lo he dicho.
Se fue a Tafalla. Esta semana tiene Tafalla, Estella y Tudela, que es la otra columna.
—Vuelvo a pasar por aquí antes de irme —dijo—. Ya le avisaré.
Nota para el expediente OLARZA-114: El evaluador solicita relevo del expediente.