Se ruega no enviar flores Capítulo 28
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Capítulo 28

— La Rioja

El miércoles once fui a casa de mi madre a las siete de la tarde con un folio en el bolso.

En el folio había tres cosas escritas a máquina y una debajo de otra, y llevaban impresas desde octubre.

Abrió Sabino.

Es un hombre de sesenta y ocho años, de estatura media, con un jersey de pico y las mangas remangadas, y tenía una llave inglesa en la mano y las manos mojadas.

—Ah, tú eres Nerea. Sabino. —Se secó en el pantalón antes de darme la mano—. Pasa, pasa. Es que estoy con la cisterna, que pierde.

Pasé.

Sabino se volvió al baño. Mi madre estaba en la cocina con la radio puesta y con la mesa llena de cosas, y en el pasillo, con la puerta abierta, en su habitación, encima de la cama, había una maleta abierta a medio hacer.

Faltaban diez días para el viaje.

—Llevas la maleta hecha desde ahora.

—Empezada.

—Faltan diez días.

—Pues por eso, hija, porque faltan diez días y si me pongo el día antes me dejo la mitad. —Estaba metiendo blísters de pastillas en una bolsa de plástico—. ¿Quieres café? Hay hecho.

—No.

Del baño llegó el ruido de la cisterna llenándose y parando.

—¿Y ese señor arreglando la cisterna?

Mi madre dejó los blísters.

—Ese señor se llama Sabino.

—Ya sé cómo se llama.

—Pues llámale por su nombre.

Saqué el folio y lo puse encima de la mesa, encima de las bolsas de las pastillas.

—Vengo a esto.

Se limpió las manos en el trapo, se puso las gafas que lleva colgadas y lo leyó de arriba abajo. Tardó bastante para tres líneas.

—Es la lápida —dije—. Patxi tiene la piedra desde el año pasado. Solo falta el texto. Yo diría la tercera, que es la que…

—La tercera no.

—¿Cómo que no?

—Que no le pongas lo de la funeraria.

Me quedé con el bolígrafo en la mano.

—Es la casa de tu suegro y de tu marido. Mi abuelo la abrió en el cincuenta y tres.

—Ya sé cuándo la abrió.

—Es lo que era.

—No. —Dobló el folio por la mitad, sin dármelo—. Eso es lo que hacía.

Y ahí empecé yo.

Empecé con la maleta y seguí con el Imserso y seguí con los abrigos de Cáritas de noviembre, que llevaba tres meses sin decírselo a nadie, y con que hace catorce meses, y con que en el pueblo la gente habla, y con que si le parecía bonito que en el aniversario de agosto ella estuviera donde estuviera.

Lo dije rápido y ordenado y con las cosas puestas en fila, que es como digo yo las cosas cuando quiero que la otra persona no pueda contestar a todas.

Mi madre me dejó terminar. Me dejó terminar del todo, hasta que se me acabó, que es peor que interrumpirte.

—¿Has acabado?

—Sí.

—Nerea, no me hables como le hablas a las familias.

—No te estoy hablando…

—Sí. Me estás hablando así. Con lo de la fila y lo de la vocecita. —Se quitó las gafas—. A mí me lo haces desde agosto y a tu hermano se lo hiciste el domingo de Difuntos y a mí no me lo vuelvas a hacer, porque yo te he cambiado los pañales y te veo venir.

Del baño se oyó la cisterna otra vez. Sabino soltó un «ya está» para nadie.

—Estuve treinta y nueve años con tu padre —dijo mi madre—. Treinta y nueve. Y no me vas a explicar tú a mí lo que era.

—Yo no te estoy explicando nada.

—Me estás diciendo que le ponga en la piedra el nombre de la funeraria.

—¡Porque era su vida!

—Era su trabajo —dijo mi madre—. Y a partir de cierto año le pesaba como un piano.

Me apoyé en el respaldo de la silla.

—¿Qué pasó en el noventa y ocho?

Levantó la cabeza.

—¿Qué?

—En el noventa y ocho, de abril a mayo, los libros los llevabas tú. Ocho semanas. Con tu letra.

Mi madre me miró y en la cara le pasó una cosa que no le había visto nunca, que fue calcular. Calculó dos o tres segundos, igual que calculo yo, y entendí de golpe de quién lo he aprendido.

—En el noventa y ocho esto estuvo a punto de cerrar —dijo.

—¿Cómo que a punto de cerrar?

—A punto de cerrar, Nerea. Y no te voy a contar yo eso ahora, en la cocina, con la maleta ahí y con el hombre en el baño. Eso se lo preguntas a Puri, que estuvo.

—Mamá.

—Que se lo preguntes a Puri.

Cogió la bolsa de los blísters y la cerró con un nudo, y se quedó un momento con la bolsa en la mano, mirándola.

Y entonces dijo lo que dijo.

—Tu padre también se moría de ganas de dejar de ser el de la funeraria —dijo—. Lo que pasa es que a él no le dejasteis.

—¿Quiénes?

—Vosotros. El pueblo. Yo también, ¿eh? Yo la primera.

Que un hombre no puede ir a una boda sin que se le acerquen tres a preguntarle por un nicho.

Que en cuarenta años no cogió el teléfono una noche sin ponerse los pantalones primero, por si acaso.

—Dejó la bolsa—. Y él quería, y lo dijo dos o tres veces en su vida, y las tres veces le dijimos que sí, hombre, que ya, que el año que viene.

Yo estaba mirando la maleta por la puerta abierta del pasillo.

Y durante unos segundos —y esto lo pongo aquí porque pasó y no porque me guste— vi a un hombre de sesenta y cinco años que un domingo cualquiera se levanta del sofá y se pone los pantalones para coger un teléfono, y ese hombre no era mi padre. Era una persona.

Después dejó de verse.

—Hay que decidir el texto —dije—. Patxi lleva la piedra apartada desde el año pasado y me lo preguntó en noviembre, y en agosto se cumplen dos años.

Mi madre me devolvió el folio doblado.

—Pon «Tu familia» —dijo—. Y ya está.

Sabino salió del baño secándose las manos.

—Ya no pierde. Era la goma del flotador, que era de las viejas. Le he puesto una que tenía yo en el coche.

—Muchas gracias —dije.

—Nada, mujer.

Me fui a las ocho menos veinte. En el portal me crucé con la vecina del primero, que me preguntó por la funeraria y por si es verdad lo que se dice, que qué se dice, y le dije que no se dice nada.

1. Marisa: reclamar la liquidación de diciembre. Van seis días.

2. Preguntarle a Puri por el noventa y ocho.

3. Llamar al marmolista.