Se ruega no enviar flores Capítulo 27
59%

Capítulo 27

Hubo un domingo, el ocho de febrero, en que no se murió nadie en toda la comarca.

Pasa. Estadísticamente tiene que pasar tres o cuatro veces al año y siempre te pilla igual, porque el cuerpo no se lo cree.

A las doce lo puse encima de la mesa de la cocina y lo dejé ahí.

Damián llegó a la una con el pan y con un rollo de cinta de persiana de cinco metros que había cogido del almacén de la casa, porque la ferretería no abre los domingos y porque en el almacén de una funeraria hay de todo: cinta de persiana, bombillas, cuerda, cinta americana, un juego de llaves Allen y una escalera.

La persiana de la cocina lleva desde julio sin subir del todo. Se queda a un palmo, y para que suba hay que empujarla desde abajo con la mano izquierda mientras se tira de la cinta con la derecha, y yo llevo siete meses haciendo eso todas las mañanas sin pensar en ello.

Le costó dos horas.

No porque sea difícil, sino porque la caja de la persiana de esa casa está encima del marco y tiene el registro pintado, con cuatro capas de pintura de cuatro inquilinos, y hubo que abrirla con un cúter y una espátula, y después el recogedor tenía el muelle vencido y el muelle no se puede comprar un domingo, así que lo dejó anudado de una manera provisional que él dijo que aguanta hasta abril.

Comimos a las tres.

Y a las cuatro y media bajamos al archivo, que fue idea mía, porque llevaba desde noviembre queriendo mirar una cosa y no había tenido nunca cuatro horas seguidas.

El archivo de la casa está en el sótano, detrás de la caldera, y son once metros de estantería metálica con carpetas por años desde 1953. Hace frío y huele a papel y a humedad de sótano. Bajamos con la estufa de butano.

Los primeros libros son de mi abuelo Anastasio y están escritos a mano, en un libro de contabilidad de tapas negras, con una letra inclinada y minúscula que aprovecha el papel como si el papel costara dinero, que costaba.

Servicio completo, 1961: mil doscientas pesetas.

Damián estuvo veinte minutos con el libro del 61 encima de las rodillas sin decir nada, sentado en un taburete, con el abrigo puesto.

—Aquí hay una columna que no entiendo —dijo—. La cuarta.

—Es lo que pagaban a plazos. Mi abuelo fiaba a media comarca.

—¿Cuánto?

—El sesenta por ciento de lo de 1961 está en esa columna.

Se rio.

—Sois iguales.

—Somos idénticos —dije—. Por eso el negocio ha llegado hasta aquí y no más lejos.

En la carpeta de 1974 hay tres meses seguidos escritos a lápiz. Enero, febrero y marzo, con la letra de mi abuelo, a lápiz, y en abril vuelve la tinta y ya no hay más lápiz en cuarenta años de libros.

—¿Y esto? —dijo Damián.

—Ni idea.

Lo dejé donde estaba.

Lo que yo quería mirar era 1998.

Los libros del 90 en adelante ya no son libros, son carpetas de anillas con hojas impresas, y la de 1998 la había visto de refilón en noviembre cuando bajé a buscar unas escrituras.

De enero a marzo, la letra de las anotaciones a mano —los partes, las incidencias, los apuntes al margen— es la de mi padre.

De abril a mayo, no.

De abril a mayo, y son ocho semanas, la letra es la de mi madre. Redonda, grande, con las eses muy abiertas. La misma letra del papel de las bolsas de Cáritas del dos de noviembre.

Y en junio vuelve la de mi padre.

—¿Y qué pasó en el noventa y ocho? —dijo Damián.

—No lo sé.

—¿No se lo has preguntado?

—Tenía nueve años en el noventa y ocho.

—No es una respuesta.

—No —dije—. No lo es.

Cerré la carpeta y la puse en su sitio, y me quedé un rato con la mano en el lomo, y él me dejó.

Y a las siete, con la estufa apagada y las cajas otra vez arriba, en la cocina, con la persiana subida del todo por primera vez desde julio, le hice la pregunta que no le hice el cuatro de diciembre.

—Damián.

—Dime.

—Quién hizo los números.

Estaba enrollando lo que sobraba de la cinta de persiana. Siguió enrollándola hasta el final y la ató.

—Yo.

—Cuéntamelo.

Y me lo contó, y no lo adornó, que es lo único que le voy a reconocer de aquella tarde.

En diciembre de 2010 estaba en Vigo trabajando en una consultora, tenía veintiséis años y llevaba tres sin ir a casa más que en Navidad. Bajó esas Navidades y se puso una tarde a mirar los libros de su padre porque era lo que sabía hacer y porque estaba aburrido.

Hizo una hoja. Servicios por año desde 2004, precio medio, coste de personal, cuota del crédito del tanatorio de 1989. Le salió que en veinticuatro meses no podían pagar la cuota. No era una opinión, dijo. Era una resta.

En febrero fue un fin de semana, sentó a su padre en la mesa de la cocina y se lo enseñó. Su padre le dijo que no. Le dijo que eso se arregla bajando el precio y trabajando más, que es lo que había hecho siempre y lo que le había funcionado siempre.

En marzo volvió con la hoja actualizada y con la cifra de lo que iban a deber en veinticuatro meses puesta arriba del todo, en grande, y estuvo tres horas en esa cocina.

Su padre firmó el catorce de marzo de 2011.

—Y hasta ahí es lo que te conté en diciembre —dijo—. Ahora la parte que no te conté.

—Vale.

—Yo tenía veintiséis años y en Vigo no le decía a nadie a qué se dedicaba mi padre.

—Puso la cinta encima de la mesa—. Compartía piso con dos tíos.

Uno era hijo de un notario y el otro de un tío que tenía una gestoría.

Y cuando preguntaban, yo decía que mi padre tenía un negocio familiar.

Un negocio familiar. Dos años diciendo eso.

—Ya.

—Y en septiembre de 2011 vinieron dos hombres con una furgoneta y quitaron el rótulo de la fachada, y yo no fui, y cuando mi madre me llamó por la noche para contármelo y estaba llorando, yo colgué el teléfono y me quedé sentado en el sofá de Vigo, y lo que sentí fue alivio.

No dije nada.

—Y los números eran verdad —dijo—. Esa es la cosa.

Los números eran verdad y en veinticuatro meses no pagaban la cuota y hoy mi padre tiene una pensión y juega al tute.

Todo eso es verdad al mismo tiempo que lo otro.

Y llevo quince años sin poder separar las dos cosas, y he decidido que no se pueden separar y que no pasa nada.

Se levantó a por agua.

Yo me quedé en la silla mirándole la espalda en el fregadero, y pensé, con toda la claridad del mundo: ahora.

Ahora se lo digo. Le digo que lo sé desde el veinte de noviembre, que leí el pie del anexo, que busqué su nombre, que firmé de todas formas, que le he estado enseñando una casa maquillada, que me inventé lo de la residencia y lo del crematorio, que subí a la primera planta de la feria y le hice tres fotos a una pantalla, que sé lo del diecisiete de marzo.

Todo. En orden. Como se cuenta un servicio.

Abrí la boca.

Y sonó la línea.

Son las siete y veinte de un domingo y en el bolsillo del pantalón hay un móvil que lleva ocho horas callado, y suena, y el cuerpo se levanta antes que la cabeza.

—Iribas, dígame.

Era un hombre. Setenta y tantos, de un pueblo. Hablaba muy bajo y muy despacio.

—Sí, buenas tardes, perdone. Mire, es que no ha pasado nada todavía. Es mi mujer. Está aquí, en casa, y ha venido la de paliativos esta mañana y dice que igual esta noche o mañana.

—Sí, señor.

—Y yo lo que quería saber es qué tengo que hacer. Cuando pase. A quién llamo primero, si a ustedes o al médico.

Me senté otra vez en la silla de la cocina y cogí un bolígrafo y el papel de la barra del pan, y estuve veintitrés minutos.

Le expliqué que primero se llama al médico o al 112 para el certificado, porque sin certificado no nos podemos llevar a nadie.

Que después nos llame a nosotros, a la hora que sea, que da igual la hora.

Que no hace falta que tenga preparada la ropa, pero que si quiere prepararla puede, y que la ropa interior la ponemos nosotros.

Que no toque nada. Que si hay oxígeno o bomba de morfina, que eso lo retira la empresa el lunes y que no pasa nada por que esté puesto.

Que si tiene hijos fuera, que les avise cuando él pueda, no cuando crea que debe.

Que la funeraria no le va a cobrar por ir a las cuatro de la mañana en vez de a las diez.

—¿Y usted es la hija de Nacho?

—Sí, señor.

—Ya. —Un silencio—. Es que su padre me enterró a mi madre.

—Sí, señor.

—Bueno, pues nada. Perdone el domingo.

—No hay domingo. Llame cuando sea.

Colgué a las siete y cuarenta y tres.

Damián estaba apoyado en el marco de la puerta con el vaso de agua en la mano y no había dicho nada en veintitrés minutos.

—¿Es hoy?

—Puede ser esta noche.

—¿Quieres que me vaya?

—No.

Se quedó hasta las once. Vimos media película. Fregamos. Bajé el cubo del reciclaje. En algún momento me quedé dormida en el sofá y me despertó él para irme a la cama.

No se lo dije.

No se lo dije y ya no estaba abierto, porque esas cosas se abren una vez en una tarde y a las once de la noche de un domingo ya no queda la tarde por ningún sitio.

1. Comprar muelle de recogedor. 22 mm. Ferretería, lunes.

2. Devolver el rollo de cinta al almacén.

3. Poner en la agenda: Aguirre, Berbinzana. Puede entrar esta noche.

4. Contárselo. Mañana.