Capítulo 26
— Tablón de anuncios, Ayuntamiento de Olarza
El salón de plenos de Olarza tiene diecisiete sillas para diecisiete concejales, una mesa de nogal que compró el ayuntamiento anterior y once sillas de plástico para el público, y el miércoles cuatro de febrero, a las siete y media de la tarde, estaban las once ocupadas y había cinco personas de pie.
No venían por el punto siete. Venían por el cuatro, que era la ordenanza de terrazas.
Anjel estaba en la primera fila con la carpeta de la asociación de hosteleros, y antes de que empezara le devolví el termo de Angelines, que me lo había dejado allí porque ella baja al Katxi todos los días y a mí me daba vergüenza subirlo al segundo después de casi dos meses.
—Y esto —dije, y le puse encima la libreta.
La cogió, la abrió por donde se abre sola y la cerró.
—Gracias, Nerea.
El punto uno fue el acta anterior, tres minutos.
El dos, una modificación de crédito de once mil euros para el arreglo del tejado del frontón, veinte minutos, porque Tere Osácar, que es la portavoz de la oposición, quiso saber por qué once mil y no nueve mil, y el secretario tuvo que explicar dos veces lo que es una baja por anulación.
El tres fue una moción sobre el transporte comarcal que se aprobó por unanimidad en cuatro minutos porque no depende del ayuntamiento.
El cuatro fueron las terrazas y duró cuarenta y un minutos.
El cinco y el seis, nada.
El punto siete lo defendió Aitor Baigorri, que es el concejal de urbanismo, tiene treinta y cuatro años y es la única persona de ese salón que se ha preparado algo con antelación.
Traía una presentación de treinta y una diapositivas.
Estuvo nueve minutos intentando conectar el portátil a la pantalla que compraron en 2023 y que solo funciona con un cable que está en el archivo, y el archivo lo tiene el conserje, y el conserje se había ido a las siete. Al final lo contó de memoria y lo contó bien, que es lo que suele pasar.
Cuatro tanatorios municipales en municipios comparables.
Coste de construcción, entre seiscientos y novecientos mil.
Dos fórmulas: gestión directa, que nadie hace, o concesión a un operador privado por concurso.
Ingreso estimado por canon. Encaje en el plan urbanístico.
Terrenos disponibles, dos parcelas, una en el polígono y otra detrás del ambulatorio.
Merche Iriarte me había avisado el lunes de que me daba cinco minutos antes de la votación.
—Tiene la palabra doña Nerea Iribas, en su condición de titular del único tanatorio existente en el municipio. Cinco minutos, Nerea.
Me levanté y no fui a la mesa, me quedé de pie donde estaba.
—El tanatorio de Olarza no es un edificio —dije—. Un edificio es lo más fácil de tener. Ustedes construyen uno de setecientos mil euros y lo tienen. El tanatorio es un teléfono a las cuatro de la mañana.
Y saqué el folio que llevaba.
—Estas son las horas de las últimas doce llamadas a la línea de urgencias de mi casa. Sin nombres. Tres cuarenta. Cuatro diez. Dos catorce. Seis veinte. Tres treinta y siete. Una cincuenta. Tres cero dos. Cinco cuarenta. Dos cuarenta y uno. Cuatro y media. Tres cincuenta y dos. Cinco quince.
Nadie dijo nada. Anjel se había vuelto en la silla.
—Nueve de esas doce entraron entre la una y las cinco. En una comarca de diecinueve pueblos, con la mitad a más de veinte kilómetros. Y el tiempo medio desde que suena esa línea hasta que un coche nuestro está en la puerta de una casa es de cuarenta y un minutos.
Tere Osácar levantó el bolígrafo para apuntar. Lo apuntó.
—Si ustedes construyen un tanatorio municipal, en algún momento lo van a sacar a concurso, porque la gestión directa no la hace nadie y ustedes tampoco la van a hacer.
Y un concurso lo gana el que pone el precio más bajo.
Eso está bien: es la ley y a mí me parece bien.
Pero el que pone el precio más bajo no tiene a nadie durmiendo en Olarza.
Tiene un número gratuito, y ese número lo coge un chico en Valladolid, y el chico en Valladolid llama a un equipo que sale de Tudela, y en Tudela a las cuatro de la mañana hay uno de guardia para tres comarcas.
Me quedaban dos minutos y los usé en lo otro.
—Y ahora la parte que no me conviene. Este pueblo necesita un tanatorio municipal.
Yo tengo once plazas de aparcamiento y un camino de servicio, y el once de noviembre tuve dos velatorios a la vez y catorce coches mal aparcados y una ambulancia parada en la calle Mayor.
Eso no lo puedo arreglar yo. No tengo suelo y no tengo dinero. Ustedes sí tienen las dos cosas.
Miré a Baigorri, que estaba tomando notas.
—O sea que yo vengo aquí a decirles que hagan una cosa que probablemente me arruine, y a pedirles que cuando la hagan se acuerden de que lo que hay que garantizar en el pliego no es el precio: es que alguien coja el teléfono a las cuatro de la mañana desde dentro de este pueblo.
Eso se puede poner en un pliego. Ya está. Gracias.
Me senté.
Y ahí pasó lo que pasa en los sitios pequeños, que es que la sala se puso de mi parte y eso no sirvió absolutamente para nada.
Tere Osácar dijo que le parecía una intervención de una honestidad que ya quisieran algunos, mirando al equipo de gobierno.
Un concejal del grupo de Merche dijo que había que estudiarlo con mucho cuidado.
Baigorri dijo que en el pliego, si algún día hay pliego, se puede incluir un criterio de tiempo de respuesta con base municipal, y que se lo apuntaba.
Se votó la incoación del expediente de estudio de viabilidad.
Nueve a favor, seis abstenciones, dos en contra.
Queda abierto un expediente técnico. Un expediente técnico son dos años, un arquitecto municipal y cuatro reuniones. No es nada. Es lo único que salió.
El punto ocho, decretos, cinco minutos.
El punto nueve fue ruegos y preguntas, y en el turno del público se levantó Joaquín Redín, que vive en la calle de las Eras y que es la tercera vez que viene.
Habló nueve minutos de una farola.
La farola es la tercera de la calle de las Eras, contando desde el cruce, y está apagada desde el veintiuno de octubre.
Traía fotos impresas. Traía dos: una de la calle a las siete de la tarde en octubre y otra de la calle a las siete de la tarde en enero, para que se viera la diferencia.
Contó que su mujer se cayó en diciembre, aunque no en esa calle.
Contó que él ya lo dijo en noviembre y que le contestaron que estaba en el pliego del mantenimiento.
Preguntó qué pliego. Preguntó de quién es el pliego. Preguntó cuántas farolas hay en Olarza.
Merche le contestó que ese contrato lo lleva la empresa de mantenimiento y que se lo trasladaban otra vez.
—Es que eso me lo dijo usted en noviembre.
—Y se lo trasladamos en noviembre, Joaquín.
—Pues sigue apagada.
Y ahí tenía toda la razón del mundo.
Se levantó la sesión a las nueve y veinte.
En el pasillo, mientras la gente salía y Baigorri recogía el portátil que no había llegado a usar, Merche Iriarte se puso el abrigo a mi lado y se estuvo peleando con la manga.
—Muy bien lo tuyo, Nerea. De verdad.
—Gracias.
—Lo de las horas ha sido buenísimo. Eso lo pongo yo en un pleno de la mancomunidad y me llevo a los diecinueve alcaldes de calle. —Consiguió la manga—. Oye, y una cosa, así, entre nosotras.
—Dime.
—Si algún día vendes el edificio, avísame antes que a nadie.
Lo dijo mirando el bolso, buscando las llaves.
—No voy a vender el edificio.
—Ya, mujer. Digo si algún día. —Sacó las llaves—. Es que el suelo del polígono está lejísimos y lo de detrás del ambulatorio son cuatrocientos metros y no cabe. Y tú estás en el centro, con la parcela hecha y la actividad puesta. Nada, cosas que se me ocurren. Hala, buenas noches.
Se fue con Baigorri hablando de la farola.
1. Baigorri: mandarle por escrito lo del tiempo de respuesta con base municipal. Que quede en el expediente.
2. Pedir copia del acta cuando esté. Dos semanas.
3. Providencia: liquidación de diciembre. Reclamar el viernes si no entra.
4. Llamar al marmolista.
5. Chuchi: mirar la junta de la puerta de la Ebro antes de marzo.
6. Olvidar lo que ha dicho Merche.