Capítulo 24
— Tablón, Club de Jubilados de Miranda de Arga
La comarca tiene diecinueve pueblos y trescientos ochenta kilómetros de carreteras de las que se hacen en tercera.
Los hice en cinco días, del lunes veintiséis al viernes treinta, con el coche de la casa, y gasté ciento cuarenta y dos euros de gasoil y treinta y una horas que no estuve en el despacho.
Cuatro de esas visitas merece la pena contarlas. Las otras quince fueron café, folleto, «pues claro, Nerea, faltaría más» y adiós.
Aizcorbe. Lunes, once de la mañana.
Ciento cuarenta habitantes y un alcalde, Julián Zurbano, que es alcalde y es el que tiene la llave del frontón y el que abre el bar los fines de semana.
Me recibió en el ayuntamiento, que es una habitación con dos mesas encima del consultorio. Le expliqué lo de la comarca, lo de las cadenas, lo de que si se pierde la funeraria de aquí el coche sale de Tudela.
Estuvo de acuerdo en todo. Dijo tres veces «eso es».
Y cuando me levanté, en la puerta, dijo:
—Oye, y para las fiestas de septiembre, la pancarta.
—¿La pancarta?
—La de la calle. La que patrocina alguien todos los años. El año pasado la puso la Caja. Son cuatrocientos euros.
Se los di. Se los di allí mismo, de palabra, y él sacó una libreta y lo apuntó, y me acompañó hasta el coche contándome que su tía tiene noventa y uno.
Cuatrocientos euros por una pancarta en un pueblo de ciento cuarenta habitantes que ya me llamaba a mí de todas formas.
Don Félix. Martes, seis de la tarde.
Lleva tres parroquias y setenta y ocho años y me recibió en la sacristía de Falces sin quitarse el abrigo, porque en la sacristía hace más frío que fuera.
Le expliqué lo mismo. Escuchó bien, que eso hay que reconocérselo.
—¿Y usted qué quiere que haga yo?
—Nada raro. Que si una familia le pregunta, sepa que estamos.
—Todas las familias saben que están ustedes. Llevan setenta años.
—Ahora hay otras.
Se puso las manos en las rodillas.
—Nerea, cuando una familia me pregunta a mí a quién llaman, yo le digo que llame al seguro.
¿Sabe por qué? Porque si le digo un nombre y luego hay algún problema con el precio o con la factura o con lo que sea, el que se lo ha recomendado soy yo.
Y yo tengo que enterrar a esa gente y a sus hijos y a sus nietos.
—Se levantó—. Yo a su padre lo quería mucho. Y a su padre le dije lo mismo en 1998.
Salí a las seis y media. Cincuenta y dos kilómetros.
Miranda de Arga. Jueves, seis de la tarde.
La charla la organicé yo. Reservé el club de jubilados, pagué el café y las pastas —cincuenta y ocho euros—, imprimí cuarenta folletos y estuve cuarenta minutos hablando de testamento, de últimas voluntades, del registro y de cómo se pide un certificado de defunción.
Es un servicio público de verdad. Esa gente salió sabiendo cosas que no sabía. También es que llevé cuarenta folletos con mi nombre.
Miranda de Arga es donde está Beroiz. Eso lo sabía cuando lo organicé.
Vinieron treinta y siete personas. Al final hubo preguntas y las preguntas fueron buenas, y en la última fila se levantó un hombre de unos setenta con una gorra en la mano.
—Yo lo que le quería decir es una cosa —dijo—. A nosotros no nos tiene que convencer, ¿eh? Nosotros a ti te llamamos igual, Nerea. Lo que pasa es que luego viene la del seguro.
Y la gente asintió. Asintieron treinta y siete personas a la vez, con esa cosa de cuando alguien dice en voz alta algo que todos sabían.
Recogí los folletos que sobraron, que fueron once.
La residencia. Viernes, diez de la mañana.
Amaya me recibió por segunda vez en seis semanas. Me dio café otra vez. Es una mujer educadísima y ese es exactamente el problema.
Le pedí lo que ya sabía que no me podía dar. Se lo pedí igual, porque no tenía nada mejor que hacer con esa mañana, y porque a esas alturas de la semana ya no sabía distinguir entre insistir y suplicar.
—Nerea, yo tengo inspección de Salud y tengo tres compañías de decesos entre los residentes —dijo—. Si yo digo un nombre, me lo comen.
—No te pido que digas un nombre.
—Ya. —Se lo pensó de verdad—. Mira, esto sí. Cuando una familia me pregunte, yo les doy la lista de las cuatro funerarias de la comarca. Impresa. A todas por igual, por orden alfabético.
Por orden alfabético.
Iribas va la segunda de cuatro. Y hasta hoy, en esa residencia, sin lista y sin nada, salían veintiséis servicios al año y la mayoría venían aquí.
Le di las gracias. Se las di de verdad, porque me estaba haciendo un favor y porque ella creía que me lo estaba haciendo.
El viernes a las siete y media aparqué en la calle Mayor. Ciento cuarenta y dos euros de gasoil, cuatrocientos de pancarta, cincuenta y ocho de café y pastas, treinta y una horas, dos noches preparando carpetas.
Diecinueve pueblos. Todos me quieren. Ninguno decide.
Aizcorbe · Zaldúa · Falces · Miranda de Arga · Berbinzana · Cárcar · Sartaguda · Lodosa · Andosilla · Larraga · Mendigorría · Artajona · Peralta · Funes · Villafranca · Marcilla · Caparroso · Murillo · Carcastillo
— tachados los diecinueve —
1. Llamar al marmolista.