Capítulo 23
— La Voz de la Ribera
El martes por la mañana Marisa me puso los números delante y no se fue.
Eso es lo primero que hay que decir del martes. Marisa deja los folios y se va, siempre, desde hace nueve años. Esta vez se quedó de pie al otro lado de la mesa con las manos en el respaldo de la silla.
—Providencia liquidó noviembre el catorce —dijo—. Dieciocho mil seiscientos. Diciembre lo pagan a mediados de febrero.
—¿Y la caja?
—Once mil cuatrocientos a día uno. Hoy, catorce mil doscientos, porque han entrado dos particulares.
—Vale.
—Nerea, hazme la pregunta buena.
Se la hice.
—A treinta de junio, con este volumen y pagando lo vencido en tres plazos, la caja está en menos setenta y cuatro mil —dijo—. Y eso es sin comprarle nada a nadie.
Setecientos ochenta y tres mil euros son los de Íñigo. Yo no llego a junio con la caja en cero.
—Ahora la otra —dije—. Si Providencia baja al treinta por ciento.
Le dio la vuelta al segundo folio, que ya lo tenía hecho.
—Ciento noventa y cuatro servicios a dos mil ciento ochenta son cuatrocientos veintitrés mil euros de los uno coma dos.
Si baja al treinta, pierdes doscientos doce mil.
Con eso no pagas la plantilla, ni con la mitad de la plantilla, porque la mitad de la plantilla no puede hacer guardia.
—Y luego lo dijo entero—. Si baja a cero, esto cierra antes de fin de año.
Once meses. Le sale a ella lo mismo que le salió a él, en un folio de cuadros, en veinte minutos, en la mesa de la administración de una funeraria de pueblo. No hay ningún secreto. Ese es el problema de mi negocio: que no hay ningún secreto y aun así hay que estar dentro para saberlo.
Marisa seguía de pie.
—¿Algo más?
—Sí. —Se pasó la lengua por los labios—. Llevo dos años haciendo cuatro mañanas y cobrando tres.
—¿Cómo?
—Que en el contrato pone doce horas semanales y hago dieciséis. Desde que murió tu padre. Antes eran doce de verdad, pero desde entonces está lo de las autorizaciones sanitarias, lo del registro de jornada y lo de la mutua, y eso son cuatro horas.
—¿Y por qué me lo dices ahora?
—Porque hasta ahora pensaba que era una temporada.
Me quedé mirando el folio de los menos setenta y cuatro mil.
—Trescientos cuarenta euros al mes con la Seguridad Social —dijo—. Lo he mirado. Y te lo digo con esto delante, así que si me dices que no, te digo yo que lo entiendo.
—Que no, ¿qué?
—Que si me dices que no.
—Te lo hago con la nómina de febrero —dije—. Y las de estos dos años no te las puedo pagar.
—Esas no te las he pedido.
Recogió los folios y se fue, y en la puerta se paró.
—Y a mí me lo cuentas cuando lo puedas contar. Lo que sea.
A las cinco le llamé con la excusa del nueve por ciento en roble, que sigue sin estar por escrito y que le llevo pidiendo desde diciembre.
Es verdad que lo necesito. También es verdad que eso se pide por correo electrónico y se tarda cuarenta segundos.
—¿A qué hora sales?
—Sobre las siete.
—Pues vente a cenar y lo miramos.
Colgué y estuve tres minutos con la mano en el teléfono haciendo como que repasaba una cosa que ya había repasado.
Después bajé al Super y compré para seis, porque yo no sé comprar para dos. Compré pollo, dos pimientos, cebolla, tomate, una barra, un queso, dos botellas de vino que no hacían falta porque él iba a traer una, y un paquete de servilletas de papel, que fue lo único inteligente de toda la compra.
Yo vivo en un segundo de la calle Herrería que tiene cuarenta y cuatro metros, una cocina que da al patio, un sofá, una mesa de cuatro con tres sillas —la cuarta se rompió en 2021 y la bajé al contenedor— y una estantería con carpetas de trabajo y once libros.
Tengo dos platos hondos y uno tiene un desconchón en el borde, porque desde 2019 no ha comido nadie aquí que no sea yo.
Y no tengo mantel.
Así que a las siete menos veinte crucé a la casa, bajé al almacén y cogí uno de los blancos de repuesto de la Moncayo, que están doblados en la balda de las fundas, y lo puse.
El pollo era al chilindrón y lo saqué de un vídeo del móvil.
Y aquí es donde tengo que reconocer una cosa que no le he contado a nadie, que es que yo calculo bien. Yo calculo tiempos de traslado, tiempos de sala, tiempos de una familia entrando y saliendo de una habitación, y en doce años no he llegado tarde a un funeral.
El vídeo decía cuarenta minutos a fuego suave.
Yo le puse veinte, porque hice la cuenta desde que él dijera «sobre las siete» y no desde que estuviera sentado, y a las siete y media el pimiento estaba crudo y ya no había manera de arreglarlo sin que se notara que se estaba arreglando.
Llegó a las siete y treinta y cinco con una botella y con una barra de pan, porque él tampoco sabe venir a cenar sin traer pan.
—Pasa.
Pasó.
Y entonces pasó lo otro, que es que en una cocina de cuatro metros y medio no hay ningún sitio donde poner a un hombre de metro noventa que no sabe si quitarse el abrigo.
Estuvo seis minutos en el marco de la puerta con la botella en la mano.
—¿Te ayudo?
—No.
—Vale.
—Puedes sentarte.
—Ya.
No se sentó. Se quedó en el marco y desde ahí, a los dos minutos, dijo:
—Esa persiana no sube.
—Sube.
—Sube hasta un palmo.
—Sube hasta un palmo y luego se empuja.
—¿Con qué?
—Con la mano izquierda mientras tiras de la cinta con la derecha.
Y lo hice, para que lo viera, y subió, y él se quedó mirándola como se mira una cosa que se puede arreglar.
—Es el muelle del recogedor. Son cuatro euros.
—Ya lo sé lo que es.
—Te lo cambio en veinte minutos.
—Ya la arreglaré yo.
—Nerea, son cuatro euros y veinte minutos.
—Que ya la arreglaré.
Se calló, y descorchó la botella con un sacacorchos que tengo desde una jornada de Providencia de 2017 y que lleva el logotipo en el mango, y sirvió dos vasos porque copas tampoco tengo.
Cenamos a las ocho.
El pollo estaba crudo. No un poco: el pimiento hacía ese ruido.
Él se comió el plato entero.
—Está bien —dije.
—Está buenísimo.
—Está bien, Sotelo.
—Está buenísimo, Iribas.
Y siguió comiendo, y cortó pan, y se sirvió más salsa, que es lo peor que me han hecho en mucho tiempo, y en algún momento entre el cuarto y el quinto trozo levantó la vista, miró la mesa y dijo:
—Este mantel es de la Ebro.
—Es de la Moncayo.
—Es de la Ebro. Los de la Ebro llevan el dobladillo a máquina y los de la Moncayo van a mano porque los cosió Puri.
Se agachó, levantó la esquina y me la enseñó.
Dobladillo a máquina.
—Es de la Ebro —dije.
—Ya.
A las nueve menos cuarto retiramos aquello y nos comimos el queso y media barra en el sofá, con la botella en el suelo, y eso sí fue una cena.
Me contó lo del fabricante de Albacete que manda siempre un juego de más y que este año ha mandado dos, y una historia de un tanatorio de Zamora donde el hilo musical se quedó encallado en una canción durante hora y media y nadie encontró el mando.
Le conté lo de la kentia de metro y medio que se llevaron por la puerta principal delante de once personas.
Y a las diez menos veinte se levantó, se remangó y se puso a fregar, y no me lo preguntó y no me dejó, y yo me quedé sentada en la mesa con el vaso mirándole la espalda en mi fregadero.
Aquí es donde tengo que ser exacta, porque si no lo soy no sirve de nada escribirlo.
Yo sé perfectamente lo que estoy haciendo. Lo tengo escrito en una lista, en la entrada seis, con estas palabras: no cambiar nada delante de él . Y no cambio nada delante de él.
Y a la vez llevo desde el domingo esperando que llegue el martes.
Que no son dos Nereas. Que es la misma, en la misma cocina, con el mismo vaso, calculando y esperando el martes con las dos manos.
A las once bajé la persiana hasta un palmo, que es hasta donde baja, y no la bajé más.
Después es cuando se hacen las preguntas, porque después es cuando un hombre contesta cualquier cosa: tumbado, a oscuras y sin pensar que está contestando a nada.
Le pregunté quién decide los precios de la fábrica y me dijo que un comité en Madrid que se reúne el último martes de cada mes. El último martes de enero es el veintisiete.
Le pregunté si las aseguradoras negocian por comarcas o por provincias, y me dijo que depende de la compañía y que las pequeñas van por comarcas y las grandes por comunidades, y que a él eso le parece un desastre.
Le pregunté por Peñalver, que era la que me importaba, y me dijo que Peñalver lleva la zona nordeste y que es de los que dan golpecitos en el mostrador.
Las tres veces contestó despacio, con la mano en mi espalda.
A las once y media dijo que se iba al Zubiri y le dije que no hacía falta y se quedó.
Con Loli quedé el miércoles a las nueve en su oficina.
Le llevé una carpeta preparada: el volumen de los tres años, los tiempos de respuesta, el porcentaje de servicios atendidos en menos de cuarenta minutos desde la llamada. Trabajo de dos noches.
Lo miró todo. Lo miró de verdad.
—Esto está muy bien hecho.
—Loli, quiero un compromiso por escrito para 2026.
—Yo no firmo compromisos, maja. Yo derivo.
—Pues quiero saber cuándo se renueva el concierto de la comarca.
Y ahí, por primera vez en mi vida, vi mentir a Loli Berrueta.
No mintió mucho. Mintió como se miente en un pueblo, que es no diciendo el día.
—En primavera.
Yo tenía en el móvil, a treinta centímetros de su mano, una fotografía de una diapositiva que decía diecisiete de marzo.
—¿Marzo o mayo?
—Ay, hija, eso lo mandan de Zaragoza. —Cogió el bolígrafo y lo dejó—. Tú preocúpate de lo tuyo, que lo mío lo llevo yo llevando treinta y un años.
—Es que lo tuyo es el sesenta por ciento de lo mío.
—Ya lo sé lo que es.
Se levantó al archivador y volvió con dos folios.
—Esto sí te lo puedo dar. Aizcorbe y Zaldúa. Los llevo mandando a Miranda desde 2021 porque a Chema le pillaba mejor de carretera. A partir de febrero te los mando a ti. Son once o doce al año.
Once o doce servicios al año son veinticuatro mil euros.
Y son once o doce servicios que Chema Beroiz tiene metidos en su presupuesto de 2026, y que Chema Beroiz me contó el jueves en Valencia, a la una de la mañana, con un gin-tonic en la mano, que este año contaba con ellos.
—Vale —dije.
—¿Vale?
—Vale, Loli. Gracias.
Y me llevé los dos folios.
PROVIDENCIA
1. Aizcorbe y Zaldúa desde febrero. Avisar a Chuchi de la carretera.
2. Zaragoza: averiguar quién firma. No preguntándoselo a ella.
3. Diecinueve pueblos. Lunes 26, empezar por arriba.
CASA
4. Marisa: cuatro mañanas desde la nómina de febrero. Hacer el anexo esta semana.
5. Llamar al marmolista.
6. Ferreiro: el nueve por ciento por escrito. Cuarta vez.
7. Comité del 27.