Capítulo 22
A Elorza lo pillé el sábado a las diez menos cuarto, en el stand de la mancomunidad, con el café en la mano y antes de que se le llenara la mañana.
—Doscientos treinta y dos —dijo.
—Elorza.
—¿Por qué menos ahora?
Y ahí dijo lo que dijo, sin ninguna intención, mirando el vaso y buscando dónde tirarlo.
—Porque nos han pedido previsiones de capacidad por comarcas para los tres próximos años. A nosotros y a los de Logroño y a los de Zaragoza. Todos el mismo mes.
—¿Quién?
—El grupo grande. —Encontró la papelera—. Están mirando dónde hay horno y dónde no. Que es lo que miraría cualquiera.
Le di las gracias y estuve veinte minutos andando por el pasillo central sin mirar ningún stand.
A las once y veinte subí a la primera planta.
Subí porque el certificado de asistencia se recoge en el mostrador 1-B, y yo necesitaba dos: el mío y el de Marisa, que va a nombre de la empresa y que se descuenta de formación. Son once euros cada uno de descuento. Por once euros me subo yo a la primera planta y me subo a la segunda.
El mostrador 1-B está al final del pasillo de las salas de reuniones. Son cinco, con la mampara de cristal esmerilado hasta media altura y un rollo-up en la puerta de cada una.
La tres tenía un rollo-up de Grupo Tránsito Servicios Funerarios.
Y tenía la puerta abierta con un tope de goma, porque dos camareros estaban sacando el servicio de café en un carro: los termos, las tazas, las bandejas de pastas. Es lo que pasa a las once y veinte de la mañana en cualquier sala de reuniones del mundo.
Dentro no había nadie. En la mesa, hacia la mitad, quedaba un portátil abierto y conectado al proyector, con el cable HDMI puesto y la pantalla del fondo encendida.
Uno de los camareros me miró.
—¿Recogemos ya?
Yo llevaba la carpeta de la feria debajo del brazo y el cordón del cuello colgando.
—Sí —dije—. Ya podéis. Y llevaos también las botellas, que si no se quedan aquí hasta el lunes.
Se fueron los dos con el carro por el pasillo, hacia el montacargas.
Tuve sesenta segundos, puede que ochenta.
En la pared había una diapositiva.
MAPA DE CONCERTACIÓN — NORTE Fase 2026-2028
Debajo, un mapa con puntos, y a la derecha dos columnas con los encabezados en mayúsculas.
En la de la izquierda ponía ADQUISICIONES , y debajo: Estella. Tafalla. Calahorra. Alfaro. Y tres más.
En la de la derecha ponía PLAZAS A LIBERAR .
Y debajo: Lodosa. Cárcar. Sartaguda. Miranda de Arga.
Olarza.
Le hice una foto.
Después fui a la mesa y le di dos veces a la flecha izquierda del portátil, y salió la anterior.
CALENDARIO DE CONCERTACIÓN — PROVIDENCIA SEGUROS
Una tabla de dos columnas. Comarcas a la izquierda y fechas a la derecha. Ribera baja, 09/09. Tierra Estella, 21/06. Y en la cuarta fila:
Navarra media — 17/03
Foto.
Otra flecha.
COSTE COMPARADO DE ENTRADA EN PLAZA
Tres líneas.
Entrada por adquisición: 94.000 € de implantación + precio de compra. Entrada por concertación: 0 € de implantación. Coste de espera Olarza: 11 meses.
Y abajo del todo, en cuerpo seis, una nota al pie:
Estimación de resistencia sin concertación. Fuente: informe de campo n.º 5 (OLARZA-114, 16/01).
Foto.
Volví a darle dos veces a la flecha derecha para dejarlo donde estaba, cogí la carpeta y salí al pasillo, y a los cuatro pasos me crucé con un hombre que llevaba una botella de agua y que entró en la sala tres y no me miró.
Bajé por la escalera, no por la mecánica.
Recogí los dos certificados en el 1-B. Once euros cada uno. La chica me pidió el DNI y el CIF de la empresa y estuve un minuto y medio deletreándole el apellido de Marisa.
Once meses.
El dieciséis de enero por la mañana, mientras yo dormía a metro y medio, ese hombre calculó cuánto tiempo tarda mi casa en morirse si le quitan Providencia, y le salieron once meses, y lo escribió, y lo mandó, y el sábado a las nueve alguien lo había convertido en una línea de una diapositiva con una nota al pie.
No van a comprar.
Eso es lo que hay que entender y es lo que tardé toda la escalera en entender.
Yo llevo desde noviembre montando una función para que un hombre escriba a Madrid que esta casa vale dos coma uno.
Y la función ha funcionado: he tenido moqueta nueva, textil nuevo, una tasa de repetición del sesenta y uno por ciento y una ocupación de salas del setenta y uno inventada por mí.
Y no sirve para nada, porque no quieren comprarla. Nunca han querido comprarla. Lo que quieren es el concierto de Providencia, que no cuesta un euro de implantación, y después esperar once meses.
Peor: cuanto mejor le he hecho parecer la casa, más caro sale comprarla y más barato sale esperar. Llevo tres meses ayudándolos a decidir.
Salí del pabellón a las doce y diez.
En el pasillo de la entrada, en la zona de asociaciones, había una mesa con dos sillas y un cartel de la Agrupación de Empresas Funerarias Independientes. Había un hombre de unos sesenta años con una carpeta de folletos y nadie delante.
Me paré.
Me contó la cuota, que son mil doscientos al año, y lo de la negociación conjunta con aseguradoras, y que ahora mismo son ciento cuarenta y una empresas y que en Navarra hay tres. Me dio un folleto de cuatro páginas y una tarjeta.
Le dije que me lo pensaba.
En la papelera de la puerta norte, la que está antes de los tornos, tiré el folleto. La tarjeta se me quedó en el bolsillo del abrigo, no por nada, porque las tarjetas se quedan.
Fuera hacía diecinueve grados y había gente en manga corta, y yo salí al sol de Valencia a las doce y cuarto de la mañana de un sábado de enero con el móvil en la mano y con tres fotografías dentro.
Estuve dos minutos con el dedo encima de la pantalla. Bea. Beroiz. Marisa. Unai.
No llamé a nadie.
Lo que hice fue entrar en la cafetería del recinto, pedir un café, sacar el cuaderno y ponerme a trabajar, porque para el diecisiete de marzo quedaban cincuenta y nueve días y porque a las dos había quedado con él en la entrada norte y hasta las dos podía hacer algo.
17 DE MARZO.
1. Loli: pedir reunión. Esta semana. No por teléfono.
2. Marisa: cuánto perdemos si Providencia baja al 30 %. Y al 0.
3. Los diecinueve pueblos, uno por uno. Empezar por los que no tienen párroco.
4. Llamar al marmolista.
5. Elorza: 232 y revisión. Cerrar por escrito lo que se pueda.
6. No cambiar nada delante de él.