Capítulo 21
Enfrente, a seis metros, los de las urnas biodegradables.
Este año traían la de germinar, con un tubo de sustrato y una semilla de encina, y una maceta de exposición con una encina de cuarenta centímetros y un cartel que decía CUATRO AÑOS DESPUÉS.
Estuve un rato pensando si la encina era de verdad de una urna.
Terminé decidiendo que no, y me pasé el resto de la mañana mirándola.
Nadie miraba. Es lo que tiene el gremio: llevamos toda la vida.
A las once vino Nerea al stand.
Se lo enseñé todo como se lo enseño a un cliente, que es lo que era, y me discutió el precio del textil delante de dos hombres de Albacete que se estuvieron riendo con la cara vuelta.
Cuando se fue la vi pararse en el pasillo, en el stand de las placas conmemorativas, delante de una placa de granito con un código QR grabado en la esquina.
Se quedó ahí parada un rato largo. Le hizo una foto con el móvil. Después se fue sin decirle nada al del stand, que se había levantado para atenderla y se volvió a sentar.
No sé qué era eso.
A mediodía pasó por el stand un tal Quique Baamonde, que lleva el comercial de una empresa de mobiliario de tanatorio de Ponteareas y que estuvo en mi clase hasta cuarto de EGB.
Estuvimos diez minutos hablando de un chaval que se llamaba Nogueira y al que ninguno de los dos hemos visto desde 1996.
Después se fue a su stand y no volvimos a coincidir en toda la feria.
A la una y cuarto vino Peñalver.
Peñalver es director territorial de la zona nordeste, lleva en el grupo desde antes que yo y tiene la costumbre de dar dos golpecitos en el mostrador cuando llega a un sitio.
—Sotelo. ¿Cómo llevas lo de…?
Y ahí ya estaba Nerea otra vez, tres metros a mi izquierda, mirando una muestra de herrajes.
—Iribas —dije, en voz normal—, ven que te presente. Javier Peñalver, de una distribuidora de Zaragoza. Nerea Iribas, de Olarza.
Peñalver tardó medio segundo. Medio segundo exacto, que es lo que tarda un hombre que ha estado en doscientas ferias.
—Encantado —dijo, y le dio la mano—. ¿Olarza es la de la Ribera o la de arriba?
—La de la Ribera.
—Buena zona. Envejecida.
—Como todas —dijo ella.
Estuvieron cuatro minutos hablando de la carretera de Tudela. Cuando ella se fue, Peñalver se me acercó al oído y dijo:
—Avisa antes, hombre.
—Estabas dando los golpecitos.
—Los golpecitos los doy siempre.
A las siete y media tenía reunión interna en la sala 3 de la primera planta. Le dije a Nerea que tenía cena de proveedores, que es una frase que en una feria no se puede desmentir, y subí por la escalera mecánica de la entrada norte, que es la que se ve desde el pasillo central.
Eso lo pensé después.
La reunión duró cincuenta minutos y no dijeron nada que yo no supiera.
Bajé a las ocho y veinte, me cambié el cordón del cuello en el aseo de la primera planta y me metí el otro en el bolsillo interior de la americana, que es lo que llevo haciendo desde octubre y lo que no se puede seguir haciendo indefinidamente.
La cena del sector fue en un hotel de la avenida y éramos ciento sesenta.
Menú cerrado, vino correcto, discurso del presidente de la asociación —doce minutos, cuatro chistes, ninguno bueno— y entrega de la placa a un señor de Lugo que lleva cincuenta años y que dio las gracias en dos frases y se sentó, que fue lo mejor de la noche.
Luego el karaoke, que es una tradición desde 2016 y que nadie ha decidido nunca.
Un hombre de Cuenca canta «Mi gran noche» todos los años. La cantó. Dos hermanas de una funeraria de Lleida hicieron un dúo que llevaban claramente ensayado. Un chaval de veintitrés años de una empresa de vehículos cantó algo moderno y lo escuchó su jefe con cara de estar pagándolo.
Nerea había dicho que se quedaba una hora. A la una y media seguía allí.
No cantó. Estuvo en una mesa alta al lado de la barra con dos gin-tonics y con Chema Beroiz, de Miranda de Arga, que apareció a las doce y que a la media hora ya estaba contándole a todo el mundo que en septiembre había hecho siete servicios.
Los vi hablar veinte minutos y los vi no acabar de hablar, si se puede decir así: se decían cosas y se paraban.
Cuando Beroiz se fue, ella se quedó sola con el vaso y yo fui.
—¿Qué tal la hora? —dije.
—Voy por la cuarta.
—Es la mejor hora de la feria. Los de Cuenca son a las dos.
—Ya han cantado.
—Han cantado los de Cuenca de la primera tanda.
Se rio. Fue la primera vez que la vi reírse de algo mío sin que le costara.
Volvimos al hotel andando, que son once minutos, y no hablamos de trabajo ni una sola vez, y eso fue lo primero raro de la noche.
En el pasillo de la cuarta planta, delante de mi puerta, ella no siguió hacia la suya.
—¿Esto va a ser un problema? —dijo.
Y esa era la pregunta.
—Para mí no.
—Vale.
Abrí.
Se quitó los zapatos en la entrada, los dos a la vez, apoyándose con una mano en la pared, y los dejó junto al radiador. Yo me quité el cordón del cuello y lo dejé en la mesa, encima de la carpeta, y colgué la americana en el respaldo de la silla.
Tuvo la habitación mucho rato en la cabeza, la calefacción de un hotel de feria, ese ruido, y ella dijo «apaga eso» por la luz del techo y encendí la de la mesilla, y después no volvió a decir nada durante un rato largo.
Tiene una manera de estar que no me esperaba y que debería haberme esperado, que es la de alguien que sabe exactamente lo que quiere y no considera que eso haya que disimularlo.
Me quitó el reloj. Se paró dos veces a mirarme, con las dos manos en mi cara, como se mira algo que se está comprobando.
La segunda vez le dije qué pasa y dijo nada.
Le pregunté si estaba bien y dijo que sí y me lo dijo con una claridad que no dejaba sitio a nada.
Tiene una cicatriz de siete centímetros en el costado izquierdo, de una apendicitis mal cerrada de los catorce años, y me la contó entera con el detalle del cirujano y del pueblo y de que la operaron en agosto y de que se perdió las fiestas.
Y en algún momento, en mitad de todo, pensé que a la mañana siguiente iba a tener que escribir un informe, y aparté el pensamiento a un lado con las dos manos, deliberadamente, como se aparta una silla, y decidí que a las seis.
Eso no lo hizo la ginebra. Eso lo decidí yo.
A las tres y media dijo:
—No te vayas mañana sin decirme nada.
—No me voy a ir.
—Digo del hotel. Que no bajes tú primero y luego yo, como en una película.
—No pensaba hacer eso.
—Ya. Pues por si acaso.
Se durmió a las cuatro menos cuarto con la cara hacia la ventana.
A las seis me levanté.
Fui al baño y dejé la puerta entornada para tener luz, porque la de la mesilla le daba a ella en la cara.
Aparté la americana del respaldo, la doblé en el sillón y me senté.
Puse el portátil en la mesa y giré la pantalla hacia la pared, porque la luz de una pantalla a metro y medio despierta a cualquiera.
Y cuando lo tuve girado, me di cuenta de lo que acababa de hacer, que era poner una pantalla de espaldas a una mujer dormida.
Seguí escribiendo.
El informe número cinco son seis apartados y me llevó treinta y ocho minutos.
En el cuatro hay una estimación que llevaba tres semanas haciendo con los números de la carpeta que ella me dio en noviembre y con la liquidación de Providencia que vi encima de su mesa el veinte, y que hasta esta noche no había puesto por escrito.
Lo mandé a las seis y treinta y ocho.
Cerré el portátil, lo dejé encima de la carpeta, al lado del cordón del cuello, y me volví a la cama, y todavía estaba caliente por su lado.
En el bolsillo interior de la americana, en el sillón, estaba el otro cordón.
Nota para el expediente OLARZA-114: informe n.º 5 remitido a las 06:38 desde la feria. Conste que se redacta fuera de horario y desde alojamiento no imputado a este expediente.