Se ruega no enviar flores Capítulo 20
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Capítulo 20

— Tablón, Tanatorio Iribas

El diez de enero, un sábado, a las once de la mañana, mi hermano Íñigo convocó junta de socios en el despacho de arriba con burofax, actas y un gestor de Bilbao que se llama Aitor Bengoa y que trajo su propio bolígrafo.

Duró dos horas y cuarenta minutos y salieron tres cosas.

La tercera es que esos mismos estatutos dan derecho de adquisición preferente a los demás socios cuando uno quiere salir.

Íñigo quiere salir. Su tercio, a precio de tasación, son setecientos ochenta y tres mil euros, y yo tengo hasta el treinta de junio para ponerlos encima de la mesa.

Si no los pongo, puede vendérselo a quien quiera.

Setecientos ochenta y tres mil euros. Yo tengo, a día de hoy, once mil cuatrocientos en la cuenta de la sociedad y cuarenta y un mil en vencido, que en enero son treinta y seis mil porque en enero no cobra nadie.

Nos despedimos bien. Eso es lo que más me sorprendió. Íñigo me dio dos besos, se llevó su carpeta azul y me dijo que si necesitaba algo del gestor se lo pidiera.

En la residencia me recibieron el diecinueve de diciembre.

La directora se llama Amaya, me dio café, me escuchó veinte minutos y me dijo que ellos no pueden tener preferencia con ninguna funeraria porque tienen inspección y porque hay tres compañías de decesos entre los residentes.

Me lo dijo con muchísima educación. Salí de allí con una mentira exactamente igual de grande que cuando entré.

A Bea la vi el veinticuatro por la tarde, en la calle, con Mateo. Nos dijimos buenas tardes.

El catorce de enero a las siete menos cuarto de la mañana, con seis grados bajo cero y el parabrisas blanco, salimos hacia Valencia.

Fuimos en su coche porque el mío tiene doscientos ochenta mil kilómetros y porque él lo propuso de una manera que no admitía discusión, que fue enseñándome el parte de la ITV del mío, que había visto en el despacho, y diciendo «no».

Las tres primeras horas fueron de trabajo y fueron buenas.

Yo iba a la feria a tres cosas. Una, ver el textil de dos fabricantes portugueses que dan noventa días. Dos, mirar una furgoneta de traslados de ocasión, que las venden allí los concesionarios del sector. Y tres —y esta era la de verdad—, sentarme con los de Pamplona.

Porque en Pamplona no tengo ninguna tarifa cerrada hasta 2029.

Tengo doscientos cuarenta euros por servicio revisables cada enero, y en 2019, un año, me lo dejaron en ciento noventa por volumen.

Y el uno de diciembre yo le dije a este hombre, en un asador de Tudela, que tenía ciento noventa hasta 2029.

O sea que iba a la feria a intentar conseguir un precio que ya había dicho que tenía.

Eso es lo que ha pasado con las dos cosas que le conté aquella noche. Una me ha costado un café con una directora de residencia y una vergüenza. La otra me va a costar una negociación.

Sobre las diez, pasado Teruel, se acabó el trabajo y empezó lo otro.

Empezamos con lo que roba la gente en los tanatorios.

Él decía que los bolígrafos. Yo le dije que los bolígrafos los roba todo el mundo en todas partes y que lo específico del sector son las plantas: que en dieciocho meses me han desaparecido cuatro potos y una kentia de metro y medio, y que la kentia se la llevó alguien por la puerta principal a las nueve y cuarto de la noche, delante de once personas.

Él contó lo de la música. Que en Ourense, en 2008, un señor dejó dicho que en su funeral se pusiera una canción concreta, y que la familia se pasó tres días discutiendo si la había dicho en serio, y que al final la pusieron, y que la había dicho en serio.

—¿Cuál era?

—Eso no se lo voy a decir.

—¿Por qué no?

—Porque es el mejor final que tengo y lo estoy guardando.

Hablamos de por qué las funerarias tienen todas la misma moqueta. De un fabricante de Albacete que manda siempre un juego de más. De si los tanatorios deberían tener ventanas que se abran, que él dice que sí y yo digo que no y ninguno de los dos consiguió convencer al otro.

Y en algún momento, entre Teruel y Sarrión, empezamos a hablarnos de tú.

No lo decidió nadie. No se comentó. Se pasó de usted a tú entre una frase y la siguiente, y a los veinte minutos yo me di cuenta de que llevábamos veinte minutos, y no dije nada, y él tampoco.

—¿Tú qué harías si mañana no tuvieras que abrir? —dijo, pasado Barracas.

—Abrir.

—Eso no vale.

—Es lo que hay.

—Vale, otra. ¿Qué harías el segundo día?

Y ahí no supe qué decir y estuve callada tanto rato que se le pasó la pregunta.

Paramos a las once y diez en un área de servicio de la autovía, de las de gasolinera y cafetería con las mesas de fórmica, para repostar y para el café.

Fuera hacía sol y hacía frío, ese frío seco de enero que en el interior de Castellón es mentira porque a cuarenta kilómetros hay palmeras. Salimos con los cafés a la explanada de la máquina de aire, entre el surtidor y unos setos, porque dentro había una excursión de un colegio.

Él llevaba la carpeta de la feria debajo del brazo y se la puso entre las rodillas para sujetar el vaso, y al hacerlo se le fue el vaso y le cayó café en la manga del abrigo.

—Ya está —dijo.

Le cogí la manga y se la sequé con las servilletas del café, que era lo que había, dos servilletas de papel de las que no absorben nada.

Y en algún punto de eso dejé de secarle la manga.

Tenía las dos manos en el puño de su abrigo, y él tenía el vaso en la mano derecha y la carpeta entre las rodillas y no había hecho nada, y yo levanté la cabeza y él ya estaba mirándome, y llevaba mirándome desde antes.

No sé cuánto duró. Sé lo que pasó dentro, que fue esto.

Primero, que era muy fácil. Estaba a menos de un palmo, no había nadie, no había pueblo, no había tablón, no había nadie que fuera a contarlo, y a él le había pasado exactamente lo mismo que a mí y los dos lo sabíamos. Bastaba con no moverse.

Segundo, que me di cuenta de que llevaba unos segundos sin calcular nada.

Y tercero, que si le besaba, le iba a contar lo del veinte de noviembre.

No después. Inmediatamente después, allí mismo, entre el surtidor y los setos, con el abrigo manchado.

Lo supe con la misma claridad con la que sé quién de una familia va a discutir la factura.

Iba a decírselo, porque cuando dos personas se besan lo primero que pasa es que dejan de sostener las cosas.

Y a mí me quedan cinco meses y medio para conseguir setecientos ochenta y tres mil euros.

Le solté la manga y di un paso atrás y me metí las manos en los bolsillos del abrigo.

Él bajó la vista al vaso.

—Hace frío aquí fuera —dije.

—Sí.

—Y hay que llegar. Lo de los portugueses es a las tres.

—Es a las tres y media.

—Pues a las tres y media.

Tiró el vaso en la papelera de la gasolinera. Cogió la carpeta de entre las rodillas, se la puso debajo del brazo y se sacudió la manga con dos golpes, y mientras se acercaba al coche dijo, sin volverse:

—Conduzca usted, que yo llevo cuatro horas.

Me dio las llaves.

—Sí —dije.

Conduje los ochenta kilómetros que quedaban.

Él puso la radio y buscó hasta que encontró una emisora que se oyera, y era un programa de la mañana en el que dos personas discutían sobre unas obras en la V-21 y sobre si el ayuntamiento tenía o no tenía la culpa. Estuvieron los ochenta kilómetros con lo de la V-21.

Él miraba por la ventanilla del lado derecho. A la altura de Segorbe empezó a salir el sol de verdad y tuve que bajar el parasol. En algún momento se quitó el abrigo, lo dobló y lo puso en el asiento de atrás, y volvió a sentarse.

No dijimos nada. La luz de la reserva se encendió a diecisiete kilómetros de la entrada y no dije nada tampoco, porque llegábamos.

Entramos en Valencia a las doce y veinte.

En el hotel, mientras él estaba en el mostrador con los dos documentos de identidad, yo me senté en un sillón del hall con un café de máquina y una servilleta y escribí en la servilleta lo de la tarde.

Después le hice una foto con el móvil y tiré la servilleta, que es lo que hago siempre, y que es lo que llevo haciendo desde que mi padre me enseñó a hacerlo en 2013 en una feria de Zaragoza.

Él seguía en el mostrador. Le estaban pidiendo la matrícula del coche y no se la sabía.