Capítulo 19
— La Voz de la Ribera
El jueves dieciocho por la tarde Bea me llamó al fijo del despacho, cosa que no ha hecho en veinte años, y me dijo que si podía bajar un momento.
Tenía la tienda a tope de Navidad. Es su otra semana buena: centros de mesa, poinsettias, tres bodas de diciembre que se hacen en Tudela y las coronas de los cinco funerales que hubo entre el quince y el dieciocho, dos de ellos nuestros.
Mateo no estaba. Los jueves está con su padre desde las cinco.
Me llevó al cuartito de atrás, donde tiene la nevera de flor cortada y la mesa de trabajo, cerró la puerta de la tienda con el pestillo de dentro y me puso el portátil encima del mostrador.
Tenía tres pestañas abiertas.
En la primera, la ficha de una funeraria de Cintruénigo con el rótulo del grupo abajo.
En la segunda, la página corporativa de Grupo Tránsito, en el apartado de sociedades participadas, con Ataúdes Ferreiro en la lista.
En la tercera, la nota de prensa de octubre de 2023 con la fotografía de nueve personas delante de una cinta.
—El tercero por la izquierda —dijo.
Yo no dije nada.
—Llevo desde noviembre con las esquelas —dijo—.
Yo lo que quería era saber qué funerarias eran, para ver si eran todas del mismo sitio.
Y de ahí a la página, y de la página a la lista de empresas, y en la lista de empresas está el nombre de la fábrica que tiene la furgoneta aparcada delante de tu puerta desde octubre.
—Bea.
—Y luego el nombre, que salía en un periódico de hace dos años. En Google. Buscando «Grupo Tránsito Navarra». La cuarta entrada.
—Ya sé por dónde sale.
Lo dije sin pensarlo, y en cuanto lo dije supe lo que acababa de hacer.
Bea cerró el portátil.
—¿Desde cuándo?
—Bea…
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el veinte de noviembre.
Se apoyó en la mesa de trabajo, con las dos manos hacia atrás, y estuvo un rato mirando la nevera de la flor.
—Un mes.
—Sí.
—Un mes. —Se le puso la voz plana—. Y en ese mes tú y yo hemos hablado, no sé, ¿ocho veces?
Diez. Yo te he contado lo del banco. Yo te he dicho que en marzo tengo que decidir.
Y tú tienes en tu almacén todos los días al tío que trabaja para los que me están matando el negocio y me dices «te lo diré antes que a nadie».
—Es que no es lo mismo.
—Explícamelo.
Y ahí es donde tenía que haberme callado.
—No es lo mismo porque si yo te lo digo a ti, tú se lo dices a tu madre, que se lo dice a la del estanco.
Y si en este pueblo se sabe en diciembre que la casa está en venta, en enero se me van dos empleados y Providencia se lo piensa dos veces antes de mandarme un servicio, porque Loli no le manda un muerto a una empresa de la que se dice que cierra.
Y entonces sí que se acaba. Para ti también, Bea, porque el sesenta por ciento de lo que tú vendes sale de mi puerta.
Lo dije bien. Lo dije ordenado y con el ejemplo en el sitio y con la consecuencia al final, y era todo verdad.
Bea asintió despacio.
—Muy bien —dijo—. Ahora la otra.
—¿Qué otra?
—Las coronas de la Ochoa. Que me las pagaste a treinta días.
—¿Y?
—Que fue el once de noviembre. Y que el veinticuatro empezaste a cambiar la moqueta y a pintar y a comprar textil nuevo.
Y que llevo desde diciembre pensando que también eso fue para el decorado.
Que a mí me pagaste a treinta días para que hubiera una floristería contenta al lado el día que ese hombre pasara por delante.
Y entonces hice lo peor que he hecho en todo el mes, que fue tener razón.
—El once de noviembre yo no sabía quién era —dije—. Lo supe el veinte. Nueve días después. Puedes mirar la fecha del pedido, que la copia rosa la tienes tú. Y el textil lo compré el veintiocho por la tarde. Está en la factura.
Se quedó parada.
Yo vi el momento exacto en que lo comprobó por dentro, en que hizo la cuenta y le salió que sí, que yo tenía razón, y en que se dio cuenta de que le acababa de demostrar con una fecha que su única acusación concreta era falsa.
No se le pasó el enfado. Se le puso peor.
—Qué bien lo llevas todo —dijo.
—Bea.
—No, en serio. Qué bien. La fecha del pedido, la copia rosa, la factura del veintiocho.
—Se separó de la mesa—. ¿Sabes lo que pasa contigo?
Que tú nunca discutes. Tú demuestras. Y una no puede discutir con alguien que demuestra, se puede solo quedarse callada y sentirse idiota, que es exactamente lo que llevo haciendo desde 2022.
—¿Qué tiene que ver 2022?
—La fianza.
—La fianza.
—Dos mil cuatrocientos euros. Te los he intentado devolver tres veces. En febrero, cuando cobré la boda de los Ilundáin. En septiembre. Y hace dos años en tu cumpleaños, que te llevé un sobre y me dijiste que no fuera tonta.
—Es que no vas a ser tonta.
—Es que no me dejas. —Y ahí se le rompió un poco la voz y se la volvió a colocar en dos segundos, que es algo que ella sabe hacer desde el divorcio—.
Tú no ayudas, Nerea. Tú acreditas. Tú pones el dinero, o el tiempo, o los cuarenta minutos de café en las casas, y después no cobras nunca, y como no cobras nunca, la gente se te queda debiendo para siempre.
Ese es tu sistema. Y funciona de miedo. Todo el pueblo te quiere y todo el pueblo te debe algo y nadie, nadie, te ha visto pedir nada en tu vida.
—Estoy pidiendo ahora.
—No. Ahora estás explicándome por qué tenías razón en no pedir.
Se hizo un ruido en la puerta, alguien probando el pestillo, y se fue.
—Tú no quieres salvar la funeraria —dijo—. Tú quieres que se te note que puedes sola. Y si un día no puedes, prefieres cerrarla antes que llamar a nadie. Y a mí eso me daba igual, porque eras mi amiga y allá tú. Pero es que ahora yo estoy dentro.
—Bea, en marzo…
—En marzo me han ofrecido mil trescientos diez euros en el vivero de la carretera de Tudela, doce meses al año y con las tardes libres —dijo—. Y llevo desde el catorce de noviembre sin contárselo a nadie porque quería decírtelo a ti la primera. Ya está. Ya te lo he dicho.
Abrió el pestillo.
Salí y había dos señoras esperando con una poinsettia cada una, y ella les dijo «perdonad, chicas, es que estaba en el almacén», y se puso el delantal.
1. Coronas Solchagas, sábado, misa de las siete: encargarlas por Marisa.
2. Providencia: liquidación de noviembre, reclamar. Van doce días.
3. Llamar al marmolista.
4. Turno de Navidad: Unai 24 y 31, yo 25 y 1. Preguntárselo, no ponérselo.
5. Feria de Valencia: reservar hotel. Uno, no dos noches.
6. Elegir el servicio. No el primero que salga.