Capítulo 17
— Tablón, Tanatorio Iribas
Vino el juez de paz, vino la Guardia Civil y se lo llevaron a Pamplona. La autopsia fue el jueves. Nos lo devolvieron el viernes a las dos de la tarde en la furgoneta del Instituto, con el sobre de la diligencia y con la caja cerrada, y cerrada se quedó.
Puri estuvo con él cuarenta minutos e hizo lo que se podía hacer, que no era mucho, y salió de la sala de abajo y se lavó las manos hasta los codos y no dijo nada.
El expediente lo firma el Ayuntamiento. Servicio mínimo de beneficencia municipal: mil ciento ochenta euros.
Ahí entra el féretro de gama mínima, el traslado desde Pamplona, la tramitación, el coche y la inhumación en la fila de la beneficencia, que es la segunda del patio de San José y la única que se paga con dinero público.
La sala no entra. La sala son cuatrocientos veinte euros y no está en la tarifa municipal, porque la tarifa municipal presupone que un servicio de beneficencia no necesita sala, porque presupone que no va a ir nadie.
Abrí la Moncayo a las cuatro de la tarde y puse en el tablón de la entrada la hora de cierre: las diez.
Tiene un hermano en Barcelona, Ismael, de setenta y nueve años, en una residencia de Sant Boi.
Hablé con él el jueves por la mañana y le costaba seguir la conversación.
Me preguntó tres veces si Aurelio estaba en casa.
Le dije que sí. Hay un sobrino que me devolvió la llamada a las once de la noche desde un número de Girona y que me dijo que hicieran lo que tuvieran que hacer, que él en cuarenta años lo había visto dos veces, y que si necesitaba algo firmado que se lo mandara.
No estaba siendo cruel. Estaba diciendo la verdad, que es distinto y a veces suena igual.
A las cuatro y veinte llegó Fermín.
Traía la ropa de trabajo y las botas limpias en la mano, que es lo que hace cuando entra en el tanatorio, y se sentó en la tercera fila, que era la única fila que había ocupado alguien.
—Mañana a las diez.
—A las diez.
—Fila dos, el cuarenta y uno. Lo abro a las ocho.
Estuvo veinte minutos. Antes de irse dijo:
—Venía todos los uno de noviembre. A la de su madre, que está arriba del todo, en el patio viejo. Traía un tiesto y lo cambiaba por el del año anterior. El del año anterior se lo llevaba.
Y se puso las botas en la puerta.
A las cinco y media vino la vecina del segundo con un termo.
Se llama Angelines y tiene setenta y cuatro años y fue la que llamó al portal.
Se sentó, se levantó, volvió a sentarse y me contó lo del buzón cuatro veces en dos horas.
La primera me lo contó a mí. La segunda se lo contó a Puri.
La tercera se lo contó a otra vecina que llegó a las seis.
La cuarta se la conté yo a ella, porque me la pidió: quería que se lo dijera yo, que soy la de la funeraria, para saber si lo había hecho bien.
Le dije que lo había hecho bien.
Dejó el termo en la mesa de la entrada y ahí se quedó toda la noche y a las once ya no quedaba café dentro.
A las siete llegaron dos hombres del almacén de piensos de la carretera de Zaldúa.
Aurelio había estado allí desde 2003, después de treinta años en una granja.
Entraron con la ropa del trabajo, se quedaron de pie al fondo, estuvieron veintidós minutos y se fueron.
El más joven, al salir, me preguntó si hacía falta pagar algo. Le dije que no.
Don Evaristo vino a las ocho. Hizo el responso, que le llevó once minutos, y después se quitó la estola, la dobló y se sentó diez minutos más con la estola en las rodillas. Cuando se levantó me dijo que mañana estaría a las diez.
Loli llegó a las nueve.
Venía de un velatorio en Miranda de Arga y no se quitó el abrigo. Se sentó a mi lado, en la segunda fila, y estuvo un rato mirando la pared de enfrente.
—Yo le hice una póliza en el noventa y ocho —dijo—. La tuvo doce años. En 2010 la dio de baja.
—¿Por qué?
—Porque le subió a treinta y un euros. —Se ajustó el bolso en las rodillas—. Le llamé para decirle que se lo podíamos dejar en veintiséis y no me lo cogió.
Estuvo hasta las once y media.
A las diez, Marisa asomó la cabeza y preguntó si cerrábamos.
—Todavía no.
—Es que en el tablón pone las diez.
—Ya lo sé. Vete a casa.
A las once menos cuarto llegó Anjel, del Katxi, con la ropa de trabajar y todavía con el delantal doblado en el bolsillo. Cerró a las once menos veinte y vino andando.
Traía una libreta de las de gomas, de las de anotar las cuentas de la barra, y la abrió por una página que tenía «AURELIO» escrito arriba con bolígrafo y debajo cuatro columnas de rayas hechas en distintos días.
La dejó abierta encima de la mesa de la entrada, al lado del termo.
—Dieciocho años viniendo a las ocho y diez —dijo—. Café con leche y media tostada. Los sábados, dos.
Se sentó en la última fila.
—El apellido me lo he enterado hoy, en ese cartel de ahí fuera.
A las once y media se fue Loli. A las doce se fueron las dos vecinas. Angelines se paró en la puerta y me preguntó si podía volver por la mañana al cementerio y le dije que sí, que a las diez.
Damián llegó a las once y veinte, más o menos cuando se iba Loli.
Había estado en la casa a mediodía, trayendo los dos Ciclo de la exposición, y había leído el tablón de la entrada, donde estaba el nombre y la hora de cierre, y donde ponía la sala.
Es lo primero que se mira al entrar y él lo mira siempre.
Cuando llegó, a las once y veinte, hacía una hora y veinte minutos que aquello tendría que haber estado cerrado, y él lo sabía, y por eso vino a esa hora y no antes.
No dijo nada al entrar. Saludó a Anjel con la cabeza, se sentó en la cuarta fila, en el lado de la ventana, y ahí se quedó.
A la una y media se fue Anjel y dejó la libreta.
A las dos de la mañana Damián se levantó, salió y estuvo fuera seis o siete minutos. Desde la ventana de la sala se ve el camino de servicio. Movió su coche de donde lo tenía y lo puso al fondo, contra la tapia, en la plaza mala, la que se queda cerrada si aparcas dos delante.
Mañana a las nueve y media tiene que salir el coche fúnebre por ahí.
Volvió a entrar, se sentó otra vez en la cuarta fila y no comentó nada.
Puri se fue a las tres menos cuarto. Le dije que se fuera a las once y no se fue. A las tres menos cuarto le dije que mañana a las nueve la necesitaba y entonces se fue.
De tres a tres y media estuvimos Fermín, que había vuelto a las dos, Damián y yo. Fermín se durmió en la tercera fila con la cabeza contra la pared y se despertó a las tres y treinta y ocho y se levantó como si lo hubieran llamado.
—A las ocho lo abro —dijo, y se fue.
Quedamos los dos.
La Moncayo tiene diez sillas y estaban las diez fuera de sitio. La lámpara de la cabecera es la única que da luz caliente; las dos laterales dan una luz que sirve para limpiar. A esa hora el radiador de la izquierda hacía el ruido del agua.
Él estaba en la cuarta fila, en el lado de la ventana, donde llevaba desde las once y veinte. No se cambió de sitio. Yo estaba en la segunda, donde llevaba desde las cuatro de la tarde.
No hablamos.
No hablamos durante veintidós minutos, y no fue un silencio de los que hay que sostener. Yo he estado en salas de velatorio calladas con mucha gente y sé la diferencia entre callarse y estar callado.
A las cuatro me levanté.
—Ya está.
Apagué las dos laterales y dejé la de la cabecera, que se queda encendida hasta la mañana.
Él cogió el termo de la mesa de la entrada y esperó a que yo cerrara la puerta de la sala y a que pusiera la llave en el cajón, y me dio el termo en el pasillo, y se fue a su coche, que estaba al fondo, contra la tapia.
Doce horas de sala. Cuatrocientos veinte euros que no están en el expediente municipal. Las horas de Puri, que sí van a ir en su nómina porque su nómina no es mía. Las mías, que no van a ningún sitio.
1. Fermín, 10:00. Fila 2, número 41.
2. Devolver el termo a Angelines, segundo izquierda.
3. Llamar al marmolista.
4. No facturar las horas.