Se ruega no enviar flores Capítulo 16
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Capítulo 16

— Tablón, Tanatorio Iribas

Mi hermano llegó el sábado con Maider, con los dos críos y con una carpeta de plástico azul de las de gomas, y el domingo a las cuatro de la tarde, con los cafés puestos, la abrió encima de la mesa de mi madre.

Jon tiene once años y estaba en el sofá con la consola. Nahia tiene siete y estuvo toda la conversación debajo de la mesa, que es donde estaría yo si pudiera.

Íñigo empezó por el móvil, no por la carpeta.

—Mirad esto.

Nos pasó el teléfono con una galería abierta. Un chalé en Getxo, planta baja y dos alturas. Cocina nueva con isla, un baño con nicho de obra, una escalera de roble con la barandilla de acero, un salón con un frente de chimenea que había hecho él con las manos.

Fue pasando fotos y explicando cada una.

—Esta la hice yo. La barandilla la soldó un chaval de Sestao pero el cálculo lo hice yo. Y esto de aquí, este encuentro, esto no lo hace nadie en Vizcaya.

Es verdad que no lo hace nadie. Mi hermano es muy bueno. Ese es el problema de mi hermano: que es muy bueno y que la última vez que ganó dinero fue en 2019.

—Ciento noventa mil el presupuesto —dijo—. Me han pagado sesenta y dos. El promotor entró en preconcurso en octubre.

—¿Y el resto?

—El resto está en la lista de acreedores. Somos cuarenta y uno. —Cerró la galería—. Y yo tengo un aval personal de setenta y ocho mil con el almacén de materiales, firmado por mí, con la casa detrás. Once meses. En enero me la ejecutan si no les pongo algo.

Maider miraba el mantel.

—Entonces esto no es por la funeraria —dije.

—Esto es por la funeraria y por lo mío. Las dos cosas pueden ser verdad, Nerea.

Y podían.

Sacó de la carpeta tres folios grapados: la propuesta, con membrete, con fecha de octubre y con la cifra en negrita en la primera página. Dos coma uno. Setecientos mil por cabeza.

—Voy a pedir una tasación independiente —dijo—. La pago yo, dos mil cuatrocientos. Y voy a convocar junta de socios para el diez de enero, con burofax, para que quede todo bien hecho y nadie diga luego que se hizo a la brava.

—Un burofax. A tu hermana.

—A los tres socios. Yo soy uno.

Y ahí, por primera vez, entendí que no estaba improvisando: que había hablado con un gestor, que se había informado del procedimiento y que llevaba semanas preparando esto con papeles, que es como se ganan las cosas y que es lo que yo llevaba doce años creyendo que solo sabía hacer yo.

Miré a Unai.

Estaba de pie, apoyado en el aparador, con el café en la mano, y no había dicho una palabra desde las cuatro.

—Unai.

—Yo ya lo dije.

—¿Cuándo?

—El ocho de noviembre, en la carretera. Y otra vez.

—¿Otra vez cuándo?

Y fue Íñigo el que contestó, sin ninguna maldad, que es lo que lo hizo insoportable:

—Hemos hablado un par de veces. Yo le llamé.

Nahia dijo algo debajo de la mesa y nadie le contestó.

Mi madre se levantó, cogió la bandeja de las tazas, la llevó a la cocina y volvió con el abrigo puesto y el móvil en la mano.

—Voy a salir un momento a coger esta llamada, que aquí no hay cobertura.

En casa de mi madre hay cobertura.

Estuvo fuera veinticinco minutos. Se la veía desde el balcón, andando por la acera de enfrente, arriba y abajo, hablando.

Cuando la puerta se cerró, yo hice lo que había ido a hacer.

—Hay cosas que no sabéis —dije—. Desde el veinticuatro tenemos contrato de volumen con el fabricante. Ocho y nueve por ciento en roble, doce en pino, tres años. Son ocho mil novecientos euros al año que dejo de pagar por comprar lo mismo. Eso es un punto de margen entero.

—Un punto —dijo Íñigo.

—En un negocio de once, un punto es casi un diez por ciento del resultado.

—Vale. ¿Y qué más?

—Y la residencia. Estamos negociando con la residencia para que nos avisen a nosotros primero. Son setenta plazas. El año pasado salieron veintiséis servicios de allí.

Lo dije igual que se lo había dicho a él el lunes en Tudela, con las mismas palabras, con el mismo orden y con la misma cara.

Y funcionó mejor. Funcionó muchísimo mejor, porque mi hermano no es un evaluador de una empresa de Madrid: es un tío desesperado que se agarra a cualquier cosa que le quite de encima la sensación de estar hundiendo la casa de su padre.

Se le movió algo en la cara. Le duró dos segundos.

—¿Por escrito? —dijo.

—Todavía no.

—Nerea, «todavía no» es que no.

—Es que estas cosas aquí no van por escrito. Aquí no ha ido nunca nada por escrito y por eso llevamos setenta años.

Eso sí es verdad. Y es lo peor de todo: que llevaba dos frases mintiendo y la tercera era la más cierta que he dicho en mi vida, y ya no había forma de que nadie de esa mesa distinguiera una de otra. Yo tampoco.

Se levantó a las seis y cuarto.

—El diez de enero —dijo—. Y si sale una tasación por debajo de dos coma uno, yo el primero digo que no se vende. Te lo juro por los críos.

—No jures por los críos.

—Te lo digo en serio.

—Ya lo sé que lo dices en serio. Es lo que me da miedo.

En la puerta, mientras Maider le metía el gorro a Nahia, Íñigo se dio la vuelta con las llaves en la mano.

—Ah, oye. Lo de la lápida de papá, ¿en qué quedó al final?

—Está en marcha.

—Vale. Es que mamá me preguntó en Todos los Santos y yo no supe qué decirle.

—Está en marcha, Íñigo.

—Que vale, mujer.

Bajaron. Me quedé en el rellano hasta que oí el portal.