Se ruega no enviar flores Capítulo 15
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Capítulo 15

En el almacén de Iribas hay ciento diez urnas y ninguna de las cuatro personas que trabajan allí sabe exactamente cuántas hay, que es la definición de stock muerto.

El jueves cuatro me quedé a contarlas. No me lo pidió nadie. Fui a llevar el anexo de gama firmado, la vi con la hoja de inventario y el bolígrafo, dije «¿le echo una mano?» y ella dijo que si me aburría.

El almacén está a nueve grados. Ella se puso los guantes de lana de trabajar sin dedos, que en una funeraria son la prenda más útil que existe, y yo no me quité el abrigo.

Contamos mal dos veces.

La primera porque hay una fila detrás de la de las coronas y no la vimos. La segunda porque el modelo Duero de urna y el modelo Duero de ataúd se llaman igual y se apuntan en la misma columna, cosa que lleva pasando desde 2016 según ella y desde 2014 según el inventario.

—Ciento diez —dijo a la tercera.

—Ciento nueve.

—Ciento diez. La de la caja rota también cuenta.

—La de la caja rota no se puede vender.

—La de la caja rota la vendo yo mañana si hace falta.

Y la vendería.

En la balda de arriba, al fondo, había cinco de un modelo que no está en el catálogo de Ferreiro desde hace por lo menos diez años. Mármol reconstituido, tapa con moldura, un poco pesadas. Cogí una y le di la vuelta para verle el culo, que es donde va la marca.

Talleres Miño – Ribadavia.

—Estas las hacía un señor en Ribadavia —dije—. Se llamaba Manolo Ferro y tenía un taller de siete personas. Ferreiro le compró la marca en 2014 y ahora se hacen en Portugal y pesan la mitad.

—¿Las conoce?

—Las he vendido.

Se apoyó en la mesa y no dijo nada más, que en ella es una técnica y yo lo sabía, y aun así seguí.

—Mi bisabuelo tenía una carpintería en un pueblo de Ourense. En el treinta y uno empezó a hacer cajas porque era el único que tenía madera seca. Mi abuelo puso el coche. Mi padre puso el tanatorio, en el ochenta y nueve, con un crédito a quince años.

—¿Y usted?

—Yo puse la hoja de Excel.

Contó una fila entera antes de volver a hablar.

—¿Y qué pasó?

Lo que pasó es fácil de contar, porque son números y los números se cuentan bien.

En el valle éramos cuatro casas. En 2007 el seguro empezó a mandar los servicios a la que estaba en la carretera nueva, que tenía crematorio propio.

Nosotros hacíamos ciento noventa servicios al año y en 2010 hicimos ciento veintidós.

Mi padre bajó los precios, que es lo que hace todo el mundo y es lo único que no se puede hacer.

En marzo de 2011 debíamos tres meses a cuatro proveedores y la póliza del seguro del tanatorio estaba impagada.

En febrero de 2011 apareció Grupo Alameda, que era un grupo gallego de catorce funerarias y que en 2016 se comió Tránsito.

—¿Cuánto ofrecieron?

—Cuatrocientos ochenta mil por el cien por cien. Con el edificio.

—¿Y su padre?

—Firmó en marzo.

La hoja de inventario estaba en la mesa entre los dos. Ella hizo una raya y puso una cifra al lado y no levantó la cabeza.

—¿Quién negoció?

—Un abogado de Ourense.

—¿Y usted dónde estaba?

—Yo estaba en Vigo.

Es verdad. En marzo de 2011 yo estaba en Vigo. Vine el jueves, estuve el fin de semana, volví el domingo por la noche. Eso es exactamente lo que estaba haciendo en marzo de 2011.

—¿Y cómo le fue después? —dijo.

—Bien. —Y esto también es verdad y es la parte que no se cree nadie—.

Se quedó de conductor. Nueve años, hasta los sesenta y siete.

Le pagaban la nómina el día uno, tenía convenio, tenía dos pagas y le pusieron un sustituto cuando se operó de la cadera, cosa que en veinticinco años de autónomo no había tenido nunca.

Ahora cobra mil ciento cuarenta euros de pensión, juega al tute los martes y los jueves y no ha vuelto a estar despierto a las cuatro de la mañana por dinero.

Ella dejó el bolígrafo.

—¿Y el nombre?

—El nombre se quitó de la fachada en septiembre de 2011. Vinieron dos hombres con una furgoneta y estuvieron toda una mañana.

—¿Estaba usted?

—No.

Ahí se me encendió el móvil encima de la caja de guantes, boca arriba, entre los dos.

CASA.

Le di al lateral con el canto del pulgar y se apagó, y seguí.

—Y ese es el motivo por el que yo no creo que aguantar sea una virtud —dije—.

Yo he visto aguantar. Aguantar son ocho años bajando el precio, dos infartos, un local de sesenta años vendido por cuatrocientos ochenta mil euros cuando en 2004 valía el doble, y un señor de sesenta y siete años que ahora está mejor que a los cincuenta.

Vender a tiempo no es rendirse. Es la única decisión que se puede tomar dos años antes en vez de dos años después.

Ella me miró un rato largo.

Y lo que hizo fue lo siguiente: cogió el bolígrafo, contó la balda de las de mármol, escribió «5 – Miño – no catálogo» en el margen, y dijo:

—¿Las quiere?

—¿Cómo?

—Las cinco. No las voy a vender nunca. Se las regalo.

—No puedo aceptar producto de un cliente.

—Pues cómpremelas. A veinte euros.

—Valían ciento sesenta.

—Ya no valen ciento sesenta, Sotelo. Llevan diez años en una balda a nueve grados. —Me tendió la hoja de inventario para que firmara la retirada, y al pasármela me rozó los dedos, que los tenía helados de contar—. Veinte euros y me quita usted una fila de encima.

Le compré una. Las otras cuatro las dejé donde estaban, porque cinco urnas de un hombre de Ribadavia en el maletero de un coche de alquiler es más de lo que puedo explicarle a nadie, incluido yo.

Salí a las ocho menos cuarto. En el coche, antes de arrancar, miré la llamada perdida y calculé la hora: en Vilameá son las mismas que aquí y mi padre se acuesta a las diez.

Eran las ocho menos diez.

No llamé.

Nota para el expediente OLARZA-114: sujeto principal: colaborativa. Revisar sesgo del evaluador.