Capítulo 14
— La Voz de la Ribera
Salí de casa a las siete menos veinte con la blusa buena y el abrigo de mi madre, que es mejor que el mío, y Puri estaba en la puerta de abajo cerrando.
—¿Vas a Tudela?
—A una cena de trabajo.
—Ya.
Y bajó la persiana.
Fui yo conduciendo, que es una cosa que decidí a las cinco de la tarde y que no me apetece explicar.
El sitio lo eligió él: un asador en el casco viejo, de esos con la barra llena y el comedor de arriba vacío. Reservó a las nueve. Llegué a las nueve menos cinco y él estaba ya, de pie, con la carpeta de la gama debajo del brazo y sin corbata, y con la camisa de alguien que se ha cambiado de camisa.
Los dos íbamos mejor vestidos de lo que exige elegir referencias de un catálogo, y los dos nos dimos cuenta, y ninguno de los dos dijo nada, que es lo que hacen los adultos y por eso los adultos se meten en unos líos espantosos.
Trabajamos hora y cuarto.
Yo me comprometo a ciento cuarenta unidades al año. Lo que hay que decidir es en qué referencias, porque el ocho y el doce por ciento se aplican por gama y no por unidad, y si me equivoco al repartir puedo estar comprando cara la caja que más vendo.
—El Bardenas, sesenta.
—Sesenta no. Cuarenta.
—Sesenta, Sotelo. El año pasado saqué cincuenta y siete.
—El año pasado sacó cincuenta y siete porque tuvo agosto. —Le dio la vuelta a la hoja—. Si me pone sesenta de pino, se le va el compromiso al doce por ciento en la gama que menos margen le deja a usted. Póngame cuarenta y cinco de pino y cincuenta y cinco de roble, y el roble se lo hago al nueve.
—El nueve no está en el anexo.
—El nueve se lo hago yo y lo defiendo yo.
—¿Y quién me dice que en marzo no me lo quitan?
—Nadie. —Se echó atrás—. Por eso se lo estoy poniendo por escrito hoy y no de palabra.
Ahí me tuve que reír, y no de una manera cómoda.
Después me quiso colocar el ecológico. Se llama Ciclo, es de fibra prensada, se degrada en cuatro años y en el catálogo sale en una foto con un prado.
—No.
—Ni lo ha mirado.
—Lo he mirado en junio y en septiembre y en octubre. Aquí no lo quiere nadie.
—En Cataluña es el diecinueve por ciento de la venta.
—Aquí no estamos en Cataluña, aquí la gente entierra a su madre delante de sus cuñados. —Le puse el dedo en la foto del prado—. ¿Usted sabe lo que es entrar en una sala con esto y que un señor de setenta años diga «pues parece de cartón»? Eso no lo arregla usted ni yo ni el prado.
—Dos —dijo.
—Dos qué.
—Dos al año. Me pone dos en la exposición, con la cartulina del precio, y no se los cobro. Si no se venden, en 2028 me los llevo.
—¿Y si se venden?
—Si se venden, en 2029 usted me pide veinte y yo me pongo una medalla en Ourense.
Le puse los dos.
Cenamos alcachofas y cordero y él pidió un vino que yo no habría pedido, y a partir de las diez y media dejamos de mirar la carpeta.
Hablamos de proveedores como se habla de gente.
Del comercial de las urnas de 2021 y de cómo me colocó ciento diez, que a él le pareció una obra de arte y a mí también, cuatro años después.
De un fabricante de Albacete que manda siempre un juego de más para que no le devuelvas nada.
De lo que se tarda en cobrar y de lo que se tarda en pagar y de la diferencia entre esas dos cosas, que es exactamente donde vive una empresa pequeña.
Y de lo que hacemos.
—Usted regala tiempo —dijo—. Cuarenta minutos de café en cada casa a la que va.
—Eso no es regalar. Eso es el servicio.
—Eso no está en su tarifa.
—Está en el precio. No está en la tarifa, que no es lo mismo.
—Es lo mismo para el que le paga a usted.
—El que me paga a mí es un hombre de sesenta años que acaba de subir por una escalera detrás de su madre. —Le di la vuelta a la copa por el pie—. Usted cobra el tiempo de otros. Yo lo pongo.
—Yo cobro el tiempo de otros y por eso puedo pagar el mío. Usted pone el suyo y por eso lleva cuarenta y un mil euros en vencido.
Fue la frase más desagradable de la noche y fue la que mejor me sentó, porque era exacta, y porque llevaba desde agosto del año pasado sin que nadie me dijera una frase exacta.
Y entonces trabajé.
—La residencia nos llama a nosotros primero —dije—. Desde 2019. Es un acuerdo con la dirección, no hay nada firmado, pero funciona. Son setenta plazas y el año pasado salieron veintiséis.
Él levantó un poco la cabeza.
—¿Eso no lo decide la póliza?
—La póliza lo decide después. El que decide antes es el que está en la planta a las siete de la tarde con la familia delante.
Lo apuntó. No en la libreta: en el móvil, con el pulgar, mientras yo hablaba, que es lo que hace la gente cuando algo le importa y no quiere que se note que le importa.
Y a los dos minutos, cuando ya estábamos con el café, le puse la segunda.
—Y el crematorio no es el problema que usted se cree. Tengo tarifa cerrada con Pamplona hasta 2029. Ciento noventa euros por servicio.
—¿Ciento noventa? La media del norte está en doscientos sesenta.
—Ciento noventa.
Y ahí se paró.
Yo sabía que se iba a parar, porque ciento noventa es un número que a un hombre como él le hace levantar la cabeza, y porque lo que yo tengo con Pamplona no es una tarifa cerrada: es un precio de proveedor de doscientos cuarenta que se revisa todos los eneros y que en 2019, un año, uno, me lo dejaron en ciento noventa por volumen.
Es la clase de mentira que se cae con una llamada de teléfono.
Así que me levanté y le arreglé el cuello de la camisa.
Lo tenía metido para dentro por el lado izquierdo, desde el aperitivo, desde antes de que yo llegara. Me levanté, alargué la mano por encima de la mesa y se lo saqué con dos dedos, y lo alisé, y me volví a sentar.
Duró dos segundos.
Lo hice porque necesitaba que dejara de pensar en el número, y funcionó, y a mí me tembló la mano.
No mucho. Lo justo para notarlo yo. Volví a sentarme y puse las dos manos en la taza, que es lo que se hace, y él se tocó el cuello y no dijo nada y no volvió a hablar del crematorio en toda la noche.
Cuando salimos, en el aparcamiento, con el frío que hace en Tudela en diciembre a la una menos cuarto, le pregunté una cosa que no tenía prevista.
—¿Usted por qué vende ataúdes?
Se quedó con las llaves en la mano.
—Es una pregunta rara.
—Es una pregunta normal. Se la hago a todos.
Mentira. No se la he hecho nunca a nadie.
—Porque sé —dijo, y ahí se paró, y luego eligió otra cosa—. Porque es lo que sé hacer.
—Eso no es una respuesta.
—No. —Abrió el coche—. Buenas noches, Iribas.
Conduje los treinta y ocho kilómetros de vuelta pensando en el «porque sé» y en la parte que se comió.
1. Anexo de gama: 45 pino / 55 roble / 40 resto. Confirmar por escrito el nueve por ciento.
2. Poner los dos Ciclo en exposición. Cartulina de precio aunque no se cobren.
3. Llamar al marmolista.
4. No volver a cenar en Tudela. Esto se hace en el despacho y en una hora.
5. Mirar qué me cobró Pamplona en enero. Por si acaso.