Se ruega no enviar flores Capítulo 12
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Capítulo 12

— La Voz de la Ribera

El lunes por la mañana empecé por la moqueta, porque es lo único que estaba pagado.

La compré en septiembre, veintiocho metros de bucle gris marengo, seiscientos diez euros que en su momento me parecieron una tontería y que llevan diez semanas de pie en el almacén dentro de su plástico, apoyados en la pared de las urnas. Ponerla es un sábado de dos hombres.

Un sábado de dos hombres, en horas extra, son trescientos cuarenta euros que no tengo. Así que no se lo pagué: se lo cambié.

—El sábado la Ebro —le dije a Chuchi—. Tú y Aitor. Y el martes libráis los dos y os hago yo la mañana.

Chuchi dejó la manguera y se secó las manos en el pantalón.

—¿La quitamos entera o ponemos encima?

—Entera.

—Es que si la quitamos entera aparece el suelo de abajo, que es el de la obra del once, y aquello es una gravilla. Hay que darle una capa de nivelante y eso son dos días, Nerea, no un sábado.

—Pues encima.

—Encima es una chapuza.

—Es una chapuza que se ve mejor que lo de ahora.

Chuchi se me quedó mirando dos segundos con la cara que pone cuando le mando hacer algo mal.

—Tú mandas —dijo—. Pero luego, cuando en marzo se levante por la junta de la puerta, no me digas nada.

—En marzo hablamos.

La pared de la Ebro, la de la izquierda según se entra, tiene una mancha que sube desde el rodapié cuarenta centímetros.

Es de la bajante, que gotea desde 2016 y que el fontanero vino a mirar el martes cuatro.

Le puso una abrazadera y un manguito y me dijo que aquello aguanta el invierno y que el canalón entero, con andamio, son mil cuatrocientos euros más IVA, y que si quería lo hacía en primavera.

Le dije que en primavera.

Y el lunes por la tarde compré cuatro litros de plástico blanco mate y le di dos manos a esa pared yo misma, después de cerrar, en dos horas, con la ropa de casa. Queda perfecta. Debajo de la pintura sigue estando la humedad, y en primavera saldrá otra vez, y lo sé mientras la pinto.

Eso es exactamente lo que estoy haciendo en toda la casa.

A Puri se lo pedí el martes.

—La sala de abajo. Quiero que esté como para que entre alguien.

—¿Como para que entre alguien quién?

—Gente. Proveedores, la mutua, el del seguro. Gente que mira.

Puri estaba montando el carro y siguió montándolo.

—La sala de abajo está para que entre quien quiera desde hace treinta años.

—Ya lo sé, Puri.

—Es que a mí me lo puedes decir.

—Te lo estoy diciendo.

—No. —Me miró por encima del carro—. Me estás diciendo lo de la sala.

Puri Arbizu lleva treinta años en esta casa y ha visto a tres Iribas mentirle en ese pasillo. Le sostuve la mirada y ella dejó de mirarme antes que yo, que es lo peor que me ha pasado en toda la semana, porque no lo hizo por respeto.

—Bueno —dijo—. Pues el jueves cambio las toallas y quito la caja de guantes de encima de la camilla.

—Gracias.

—De nada.

A Fermín se lo pedí el jueves, en el cementerio, y a él sí le pedí algo que no me correspondía.

—El portón de arriba. Los días que yo tenga inhumación por la tarde, ¿me lo puedes dejar abierto hasta las siete?

—El horario de invierno es hasta las seis.

—Ya sé cuál es el horario.

Fermín se apoyó en el mango.

—¿Y por qué hasta las siete?

—Porque a las seis y media todavía hay gente y da mala impresión echarlos.

Eso es verdad. Es tan verdad que se me ocurrió por eso, y por eso funcionó.

—Media hora —dijo—. Y si viene la de urbanismo, tú no me has pedido nada.

—Yo no te he pedido nada.

Y ahí, en la fila cuarta del patio de San José, con el cubo de mortero en el suelo, un hombre de sesenta y ocho años al que le quedan dieciocho meses para jubilarse se puso a incumplir el horario municipal porque yo se lo pedí con una razón cierta.

El viernes Marisa me trajo lo de Providencia: tres años, mes a mes, en un folio.

Ciento noventa y ocho, ciento noventa y seis, ciento noventa y cuatro. Volumen plano. Y debajo, porque Marisa hace siempre más de lo que le pido, el importe medio por servicio: dos mil doscientos cuarenta, dos mil doscientos diez, dos mil ciento ochenta.

Tres años bajando. No es un derrumbe. Es un goteo, como la bajante.

Eso no lo arregla una moqueta.

—Ah, y lo de Zaldúa dos —dijo Marisa, ya con el abrigo—. Que hablé con Loli.

—¿Y qué te dijo?

—Que lo dejara. Que eso lo dieron ellos así y que está bien.

—¿Bien cómo?

—Bien, que no es un error. —Se encogió de hombros—. Yo se lo he dicho. Ella sabrá.

—Vale. Déjalo.

Lo último lo hice el viernes por la tarde y me llevó cuatro minutos.

María Ángeles Vidaurre, ochenta y cuatro años, la velaba una hermana y seis sobrinos. Doce personas contadas. Le tocaba la Moncayo por tamaño y porque los de la Ebro se van el sábado a mediodía.

La puse en la Ebro. Moví a los otros a la Moncayo con los dos radiadores y una disculpa por el aire, y a la hermana de María Ángeles le dije que le habíamos dado la sala grande porque su hermana había sido de la coral, y ella me dio las gracias y se lo contó a todo el que entró.

Y el motivo verdadero es que el sábado ponen la moqueta en la Ebro y quería que en la Ebro no hubiera nadie el sábado por la mañana.

Es una tontería. Es una tontería de cuatro minutos y no le hace daño a nadie y a la hermana de María Ángeles le hizo ilusión.

Le llamé el viernes a las siete.

—Sotelo.

—Dígame.

—Necesito textil para las dos salas. Fundas, cortina y el faldón de los caballetes. Los de aquí están de 2014.

—¿Cuántos juegos?

—Cuatro. Dos por sala.

—Se lo puedo mandar a precio de fábrica, sin margen de delegación. Cuatro juegos completos le salen por dos mil ochocientos en vez de cuatro mil cien. Y se lo pongo a ciento veinte días.

Cuatro minutos. Se lo pedí a las siete y cuatro y a las siete y ocho lo tenía.

—¿Y a cambio? —dije, porque había que decirlo.

Tardó un poco.

—A cambio, cuando pueda, me deja usted ver un servicio entero. De la llamada al cementerio. —Y antes de que yo contestara—: No en medio. Detrás, sin molestar. Yo llevo once años vendiendo cajas y nunca he visto uno de principio a fin.

Y eso, según lo estaba diciendo, era mentira. Se crio en una casa como esta, en Ourense, y me lo contó él en diciembre; lo de que nunca ha visto uno entero es imposible.

Pero me lo estaba pidiendo de verdad. Eso también lo noté.

—Cuando venga uno que se pueda —dije.

—Cuando venga uno que se pueda.

Colgué y me quedé con el móvil en la mano en la Sala Ebro, que huele a pintura, con la mancha debajo.

HACER — QUE SE VEA

1. Moqueta Ebro, sábado, Chuchi y Aitor. Encima, no entera. → Sala nueva. Les debo el martes.

2. Pared izquierda Ebro: segunda mano dada. → Nada.

3. Textil, 4 juegos, Ferreiro, 2.800 a 120 días. Confirmar el lunes. → Salas de 2025.

4. Llamar al marmolista. → —

5. Puri: toallas y guantes, jueves. → Sala de abajo.

6. Fermín: portón hasta las siete. Le debo una. → Que no se eche a nadie.

7. Servicio entero para él. Elegir cuál. → Elegir cuál.