Capítulo 11
— La Voz de la Ribera
Vino a las nueve y estuvo hasta las once y veinte, que es lo que habíamos dicho: un día, por la mañana.
Trajo las cuatro cajas en un camión de la fábrica, con albarán de reposición y con el alta de la incidencia sellada, y las metió él con Chuchi mientras yo terminaba una llamada.
No tocó el fondo. Le había dicho que no me tocara el fondo y no lo tocó, y eso lo apunté, porque un hombre que respeta una condición pequeña es un hombre al que se le pueden poner condiciones grandes.
A las diez subimos al despacho y le puse delante lo de Marisa: doce meses de rotación en cuatro folios, por modelo, por sala y separado en dos columnas, póliza y particular.
Lo miró siete u ocho minutos sin hablar. Después hizo tres preguntas.
La primera fue por qué el Bardenas se me había disparado en agosto, y le dije que en agosto se muere gente mayor sin familia cerca y se elige más barato.
La segunda fue por qué tengo ciento diez urnas en stock si solo hago cuarenta incineraciones al año, y no tuve más remedio que decirle la verdad, que es que en 2021 el comercial de entonces me colocó un lote y que llevo cuatro años vendiéndolo.
La tercera fue esta:
—¿Cuánto le paga Providencia de media por servicio?
—¿Y eso para qué lo quiere?
—Para saber si le puedo bajar la caja. Si su servicio medio cobrado está por debajo de dos mil quinientos, usted no puede comprarme el Duero a mil seiscientos cuarenta y le tengo que dar otra cosa.
Era una respuesta buena. Era, además, verdad.
—Dos mil ciento ochenta —dije.
Lo apuntó en su cuaderno, en una libreta pequeña de tapa dura, y no hizo ningún gesto. Ese fue el único momento de toda la mañana en que no hizo ningún gesto.
Después me dio lo que había venido a darme: tarifa por volumen real.
Un ocho por ciento en toda la gama de roble y un doce en pino, con el compromiso de ciento cuarenta unidades al año, que son las que compro de todas formas.
Eso son ocho mil novecientos euros al año que dejo de pagar por comprar exactamente lo mismo que compraba.
Ocho mil novecientos euros son las nóminas de febrero de Puri y de Marisa.
Me dejó el anexo al contrato encima de la mesa, con dos copias, para que lo mirase con calma y se lo mandase firmado. Dijo que no corría prisa. Dijo que si tenía alguna duda del clausulado, que llamase.
—¿Y a usted qué le sale de esto? —le pregunté en la puerta.
—Ciento cuarenta cajas al año durante tres años y un cliente que no se va a Ansó en enero. —Se puso los guantes—. Y que cuando en Ourense pregunten por qué he bajado un ocho por ciento, yo pueda enseñar un papel que diga que compra ciento cuarenta.
Se fue a las once y veinte. Yo tenía traslado a Pamplona a las once, la reducción de los Yárnoz a las nueve —que ya estaba hecha— y a la una el de aquí, así que el anexo se quedó en la bandeja de firmar hasta la noche.
A las nueve y veinte de la noche seguía en el despacho con las nóminas de noviembre. Cuando terminé, cogí la bandeja.
Yo leo los contratos enteros. No es una virtud, es que mi padre firmó en 2011 una permanencia de sesenta meses con una empresa de mantenimiento de la que todavía nos estamos riendo, y desde entonces los leo enteros, incluida la parte de atrás y la parte de abajo.
El anexo son tres folios. El clausulado, bien. La permanencia, treinta y seis meses, que es lo que me ha dicho. La penalización, dos mil euros, que es cara y me la esperaba. Y al final del tercer folio, en la línea de los datos de la mercantil, en cuerpo pequeño:
Ataúdes Ferreiro, S.L.U., sociedad unipersonal participada al 100 % por Grupo Tránsito Servicios Funerarios, S.A. — Inscrita en el Registro Mercantil de Ourense.
Lo leí dos veces.
La primera vez lo leí como se lee un pie de página, que es sin leerlo. La segunda lo leí de verdad y después me quedé quieta con los tres folios en la mano y la calefacción del despacho haciendo el ruido que hace.
Grupo Tránsito Servicios Funerarios. Es el nombre que había en el enlace que mandó Íñigo al grupo el dos de noviembre a las diez y cuarenta y uno de la noche y que yo abrí en la cama y cerré a los veinte segundos, porque me pareció que abrirlo era darle la razón.
Lo busqué. Tardé once minutos.
No hay nada escondido. Es lo que más me costó entender: no hay nada escondido.
Hay una web corporativa con doscientas ochenta funerarias y catorce tanatorios y once crematorios, hay notas de prensa, hay un organigrama, y en una nota de octubre de 2023 sobre la compra de un grupo funerario en la provincia de León hay una lista de asistentes al acto y una fotografía de nueve personas en fila con una cinta.
…y por parte del área de Desarrollo Corporativo del grupo, D. Damián Sotelo Rego.
Está el tercero por la izquierda. Lleva la misma corbata que no lleva nunca aquí.
Me levanté, fui a la cocina de arriba y me serví un dedo del pacharán que hay desde las Navidades pasadas, y me lo llevé al despacho y lo dejé en la mesa, y a la una de la mañana seguía entero.
No me hizo falta repasar nada porque no había nada que repasar.
Todo estaba ya donde tenía que estar y en el orden en que tenía que estar.
El primer día no me preguntó por el catálogo: me preguntó cuántos de esos eran de póliza y cuántos de particular.
Y me preguntó cuánto tardo en cobrar. Y me fio once mil cuatrocientos euros a un cliente al que no conocía de nada.
Y esta mañana me ha bajado la caja un ocho por ciento a cambio de un número que a un fabricante de ataúdes no le sirve absolutamente para nada, porque un fabricante de ataúdes vende cajas, no servicios.
Ocho mil novecientos euros al año por saber lo que cobro de Providencia.
Me salió barato.
Cogí el móvil para llamar a Íñigo y estuve con el pulgar encima del nombre un rato largo.
Íñigo lo mandó al grupo. Íñigo lleva desde septiembre hablando con ellos y desde octubre con un número.
Si le llamo, mañana lo sabe Bilbao, y pasado mañana lo sabe la gente que le puso el número a Íñigo, y entonces se acabó.
Dejé el móvil.
Y aquí es donde tengo que ser honrada conmigo misma, aunque sea solo esta vez y aunque sea a la una de la mañana: podía haber hecho tres cosas.
Podía llamarle a él por la mañana y decirle que sabía quién era y que no volviera. Se acabarían los noventa días, se acabaría el ocho por ciento, y en enero tendría cuarenta y un mil euros vencidos y una carta de un abogado, y mandarían a otro, y al otro no lo conocería.
Podía contarlo. A Marisa, a Unai, a mi madre. Y entonces habría tres personas más comportándose raro delante de un hombre que se da cuenta de todo, y una de esas tres personas se lo diría a alguien en el Katxi antes de Navidad.
O podía no hacer nada.
No hacer nada quiere decir dejarle entrar.
Dejarle entrar quiere decir que durante los próximos meses va a estar en mi casa mirando lo que yo le enseñe, y va a mandar a Ourense o a Madrid o a donde sea lo que yo le enseñe, y va a firmarlo con su nombre, y ellos van a tomar decisiones de dos coma un millones de euros con eso.
Llevo doce años entrando en salones de gente a la que se le acaba de morir alguien.
Sé en el primer minuto quién de los que están sentados va a discutir la factura, quién necesita que le den un cargo, quién ha venido a ver si le toca algo y a quién hay que sacar de la habitación.
No es un don. Es un oficio, y se paga con horas.
Y ahora mismo, con los tres folios en la mano, lo que estaba pensando era que ese oficio también funciona con uno solo. Que si sabes qué es lo que un hombre necesita creerse, se lo puedes ir dando en el orden correcto.
Eso es lo que pensé. No pensé si estaba bien.
Firmé el anexo con el bolígrafo azul, las dos copias, y las metí en el sobre con la dirección de Ourense.
Le puse un pósit a Marisa: Que salga el lunes. Y llámale para confirmar que lo tenemos.
Y apagué el flexo.
1. Firmar el anexo. Que salga el lunes, no mañana.
2. Marisa: servicios de Providencia por meses, tres años, en un folio.
3. Llamar al marmolista.
4. Presupuesto de moqueta para la Ebro. Tres.