Capítulo 10
— Tablón, Cementerio Municipal de Olarza
Al cementerio de Olarza se sube por una cuesta que en enero hay que hacer en primera, y arriba, a mano derecha, está la caseta de Fermín, que tiene una estufa, un calendario de la Mutua y treinta y cinco años de herramienta colgada por orden de tamaño.
Fui el martes a las nueve por dos cosas: la tasa de la reducción de los Yárnoz, que vence el treinta y uno, y a marcar el nicho de un traslado del jueves.
Fermín estaba en la fila cuarta del patio de San José, tapiando el de Josefa Rada.
La fila cuarta está a dos metros y medio.
Se llega con la escalera de dos cuerpos, y él sube con el cubo del mortero colgado del brazo izquierdo y la llana en el bolsillo del mono, y no sube de frente: sube de lado, poniendo siempre el mismo pie primero, que es el derecho, porque la rodilla que tiene mal es la otra.
Cuando baja, baja de espaldas y en el último peldaño se salta el escalón y aterriza con el pie derecho.
Lo hace desde marzo. Antes bajaba los cuatro peldaños.
—Buenos días.
—Buenos.
—¿Vas por la cuarta?
—Voy por la cuarta desde las ocho. —Pasó la llana por la junta de arriba y quitó el sobrante con el canto—. La de la Rada la quería la hija enlucida, no en bruto.
—Eso es aparte.
—Eso es dieciocho euros y se los cobra el Ayuntamiento, no yo. Yo cobro lo mismo enlucido que en bruto. —Bajó de espaldas—. Cuarenta y cinco años enluciendo gratis, Nerea.
Le di el papel de la reducción de los Yárnoz y lo miró con el brazo estirado, porque no lleva las gafas cuando trabaja.
Una reducción son doscientos diez euros de licencia municipal, más lo que cobre la funeraria por hacerla, más la caja de restos, que son ciento cuarenta.
Los Yárnoz llevan tres generaciones en dos nichos y quieren juntarlos en uno para no pagar dos concesiones.
Es la conversación más habitual de noviembre en este pueblo, y todos los años hay una familia que se entera el veintiocho de diciembre.
—El jueves a las nueve —dijo—. Antes de las nueve no, que a las ocho y media viene la de los ciriales.
—El jueves a las nueve.
Apuntó la hora en un cuaderno de espiral con la letra grande y el bolígrafo atado con un cordel.
—¿Y tú a quién tienes el jueves?
—Dos coches. Traslado a Pamplona a las once y aquí a la una.
—Pues el de la una que no me suba por el camino de arriba, que está el de las obras con el andamio y no pasa.
—Se lo digo a Chuchi.
Bajamos juntos hasta la puerta, que él iba a por más mortero y yo iba a la caseta a firmar el papel.
El patio de San Miguel está a la izquierda, en la parte de la sombra, que es la parte que nadie quiere y que por eso es más barata: ochocientos euros menos la concesión de cincuenta años.
Los Iribas estamos ahí desde el sesenta y uno, porque mi abuelo Anastasio, que se dedicaba a esto, compró barato.
Cuarta fila empezando por abajo, tercero desde la esquina.
Está tapiado y enlucido y pintado, que lo hizo Fermín en agosto del año pasado, y en el centro tiene un rectángulo de plástico de veintiún centímetros por diez, pegado con silicona en las cuatro esquinas.
Dentro del plástico hay una cartulina blanca con un nombre y dos fechas.
Es la nuestra. Es la plantilla de identificación provisional que usamos en la casa para los nichos que están pendientes de lápida, la que Marisa imprime en la impresora del despacho, con la misma tipografía de los partes y con el margen de arriba un poco desplazado, que lleva desplazado desde que se cambió el tóner en 2019 y que nunca hemos arreglado porque total, es para dos meses.
IGNACIO IRIBAS ALDAZ
—Esa la cambié yo en julio —dijo Fermín.
Iba dos pasos por delante, con el cubo.
—¿Cómo?
—Que la cambié en julio. La de agosto se había puesto amarilla del sol, que le da toda la tarde. Se lo pedí a Marisa y me la imprimió.
—No me dijo nada.
—Le dije yo que no te dijera nada.
Y siguió andando hacia la caseta, y a los cuatro pasos se paró para cambiarse el cubo de mano, y luego siguió.
Yo me quedé.
Patxi tiene la piedra apartada desde el año pasado, granito gris de Porriño, que fue lo que dijo mi madre y en lo que estuvimos todos de acuerdo, que es de las pocas cosas en las que estuvimos todos de acuerdo.
Lo que falta es el texto. Y el texto no es difícil: son dos fechas, un nombre y lo que se ponga debajo.
Debajo hay que decidir si se pone «Tus hijos» o «Tu familia», que no es lo mismo si la mujer vive; y si se pone algo más o no se pone nada; y si las letras van incisas y pintadas, que son mil ochocientos, o van en bronce, que son dos mil seiscientos, y esa diferencia hay que hablarla con Íñigo, y hablar con Íñigo de ochocientos euros ahora mismo es hablar con Íñigo de dos coma uno.
Y en septiembre Patxi tenía el trabajo del panteón de los Yárnoz, y en octubre lo de Todos los Santos, que es cuando le llega todo de golpe.
Son razones. Todas son razones, y las tengo ordenadas y las podría decir de corrido, que es lo que hago cuando alguien me pregunta.
Estiré el plástico por la esquina de abajo a la derecha, que se había levantado un poco de la silicona, y lo apreté con el pulgar hasta que agarró.
Después bajé a la caseta a firmar el papel de los Yárnoz.
Fermín me dio el bolígrafo del cordel y no dijo nada más del asunto, y me cobró los doscientos diez de la licencia por transferencia, y me preguntó si íbamos a poner ya la calefacción en la Moncayo, que él el año pasado pasó un frío en ese velatorio que no lo pasa un pastor.
1. Llamar al marmolista.
2. Confirmar coches del jueves. El de la una que no suba por arriba.
3. Reducción Yárnoz, jueves 9:00. Caja de restos: pedirla hoy.
4. Preguntar a Marisa por lo de julio. No decirle que lo sé por Fermín.
5. Transferencia licencia, 210 €.