Capítulo 9
— La Voz de la Ribera
Josefa Rada llevaba cuatro años y dos meses en la residencia y salió de allí con setecientos ochenta euros en la cartilla, que es lo que queda cuando una plaza cuesta mil novecientos al mes y una pensión de viudedad son ochocientos sesenta.
Eso lo supe el viernes por la tarde, en el despacho, cuando su hija Mari Carmen me dijo dos veces «lo que sea, lo que usted vea» y a la tercera me preguntó cuánto era todo.
Le hice el presupuesto delante, en el bloc, con el bolígrafo, que es como hay que hacerlo: ataúd Modelo Bardenas, pino macizo, setecientos cuarenta; tanatosala veinticuatro horas, cuatrocientos veinte; coche, trescientos diez; tanatoestética, ciento noventa; gestiones y tramitación, doscientos noventa; tasa municipal de inhumación, seiscientos cuarenta, que esa no la cobro yo, la cobra el Ayuntamiento; esquela en La Voz , noventa y seis.
Tres mil novecientos cuarenta con el IVA.
Josefa no tenía póliza. Se dio de baja de la de Ocaso en 2019, cuando entró en la residencia, porque necesitaba los cuarenta y tres euros al mes.
Mari Carmen miró el papel el rato que mira la gente.
—¿Y las flores?
—Las flores van aparte. Se las encarga usted a la floristería de al lado o a quien quiera.
—Es que va a venir muy poca gente. Mi madre lleva cuatro años sin salir de allí. —Se le movió la boca—. Los que la conocían están todos muertos o están en la misma planta que ella.
—Pues ponemos un ramo de la nieta y ya está.
—Y ponemos en la esquela eso de que no manden flores.
Levanté la vista.
—¿Eso de qué?
—Eso que ponen ahora. «Se ruega no enviar flores». —Sacó el móvil y me enseñó una foto de la página de esquelas del jueves—. Así la gente no tiene que traer nada y no se queda nadie mal.
Y era verdad. Esa es la parte que no se puede discutir: era verdad, y ella lo decía por su gente, para que ninguna vecina de ochenta años tuviera que gastarse cuarenta euros en una corona que va a durar tres días.
La miré y le dije que muy bien y lo apunté en la hoja de la esquela, en el renglón de abajo.
Noventa y seis euros de esquela. Ocho palabras al final.
El sábado por la mañana, antes del sepelio, fui a Alsúa a encargar el ramo.
Bea tenía el periódico abierto encima del mostrador, el del jueves y el del viernes, y una calculadora de las de sobremesa, con rollo, de las que ya no vende nadie.
Tenía las manos moradas de frío porque en noviembre trabaja con la puerta abierta para que entre el olor a la calle y salga la humedad, y tenía el bolígrafo rojo en la boca.
—Tres —dijo, sin saludarme.
—Tres qué.
Giró el periódico y me señaló. Tenía tres esquelas rodeadas. Una de Corella, una de Tudela y una de Cintruénigo, de tres funerarias distintas, y las tres terminaban en el mismo renglón con la misma letra y con las mismas ocho palabras.
—Esta semana tres. La pasada, dos. La otra, una.
—Bea.
—Y no es que a la gente le haya dado por ahí, Nerea.
Fíjate en el tipo de letra. Es la misma.
Se lo dan hecho. Tienen una plantilla y la frase ya viene puesta, y el que hace la esquela en el ordenador tiene que quitarla a mano si la familia quiere flores.
—Escupió el bolígrafo en el mostrador—. Nadie quita nada a mano.
Nadie ha quitado nada a mano en la historia del mundo.
Arrancó el rollo de la calculadora y me lo puso delante como si aquello fuera a explicarme algo. Eran dos columnas de números pequeños.
—Noviembre del año pasado, cuatro mil doscientos. Noviembre este, mil novecientos. Y quedan quince días.
—¿Y octubre?
—Octubre lo salvaron los Santos. Octubre siempre lo salvan los Santos y luego te comes el invierno.
Yo tenía el sepelio a las once y media y eran las diez y veinte, y aun así me quedé, porque llevaba desde el martes sabiendo lo que le tenía que decir y no había forma de decirlo yendo con prisa.
Bea, mientras, se puso a contarme sus ideas. Las tiene desde septiembre y son horrorosas.
—El plan renove —dijo—. Traes la corona del año pasado y te hago un veinte por ciento en la del aniversario.
—¿Y qué haces con la corona del año pasado?
—Tirarla. Es simbólico.
—Es que si es simbólico, el descuento lo pagas tú entero.
—Vale, pues lo otro. La cuota de la peña. Los de la peña son sesenta y cuatro socios, todos con más de cincuenta y cinco años. Pagan veinte euros al año cada uno y yo les cubro la corona a todo el que se muera.
—Bea, eso es un seguro. Eso lo tiene que autorizar la Dirección General de Seguros.
—¿Y una corona con un QR?
—¿Para qué?
—Para que sepas quién la ha mandado sin tener que ir a leer las cintas de rodillas.
Y ahí sí me reí, y ella también, y desde el taburete de detrás, sin levantar la vista de la tablet, Mateo dijo:
—Yo pondría un cartel que diga: «Que sí. Que envíes flores».
—Cállate, Mateo.
—Es que es verdad.
Bea cogió el bloc de los pedidos.
—Bueno. ¿Qué me traes, la Rada?
—Un ramo. De la nieta.
Levantó la cabeza.
—¿Un ramo.
—Sesenta y ocho euros. Rosas y verde, sin cinta.
—¿Y la corona de la hija?
—No hay corona de la hija.
Bea dejó el bloc.
—¿Y eso por qué? Que la Rada tiene familia en Barcelona, tiene la nieta, tiene a las del bingo.
—Porque la esquela lleva la frase.
Se quedó callada tres o cuatro segundos, que en Bea Alsúa es mucho, y después cerró el bloc con el ramo apuntado y con el bolígrafo dentro.
—¿Y quién se lo ha puesto? ¿Ellos o tú?
—Me lo ha pedido la hija.
—Ya.
—Me lo ha pedido ella, Bea. Me ha enseñado una foto de la página del jueves y me ha dicho que lo ponen ahora, y tiene razón, y no me pareció que fuera el momento de explicarle a esa mujer que…
—Que a la de al lado se le hunde el negocio.
Me callé.
—Es que yo no te estoy pidiendo eso —dijo—. Yo no te estoy pidiendo que le vendas flores a nadie. Estoy diciendo que la frase la escriben ellos y ahora la copia todo el mundo, y que en marzo yo tengo que decidir si sigo o no sigo, y que me lo tendrás que decir tú antes que el banco.
—Te lo diré.
—Ya. —Puso el ramo en el bloc del sábado—. En la de tu padre lo pusiste tú.
Fue así, en el mismo tono, entre dos líneas de un pedido.
—Ya lo sé —dije.
—Yo las tenía hechas.
—¿Cómo?
—Que las tenía hechas, Nerea. Cuatro. Las hice el día tres por la noche, aquí, hasta las cuatro de la mañana, porque pensé que a Nacho Iribas le iba a venir medio pueblo con flores.
Y al día siguiente salió la esquela y no vino nadie a por ellas y las tuve ahí hasta que se pusieron feas.
—Se apartó el pelo con el dorso de la muñeca—.
Y no te dije nada entonces porque no era el momento, que es lo que dices tú ahora.
Yo tenía un sepelio a las once y media.
—Es que aquella semana yo no…
—Ya.
—Lo siento, Bea.
—Ya lo sé que lo sientes. —Arrancó la copia rosa del pedido y me la dio—. A las once menos cuarto lo tienes. Anda, vete, que llegas tarde.
Josefa Rada se enterró a las once y media, en el nicho de su marido, con siete personas y un ramo de sesenta y ocho euros que llevó la nieta desde la iglesia hasta el cementerio en la mano, sin ponerlo en el coche, todo el camino.
1. Pedirle perdón a Bea.
2. Cobrar Rada. Fraccionar en tres si lo pide. Ofrecérselo yo.
3. Mirar en La Voz cuánto cobran por línea de esquela.
4. Llamar al marmolista.
5. Presupuesto climatización Moncayo: han llegado dos de tres.