Capítulo 8
Al jueves siguiente ya sabía dónde se aparca en Olarza, que es el primer síntoma.
El segundo es que Nati me guarda la mesa de la esquina en el Zubiri sin que yo se lo pida, y el tercero es que el martes, en el Katxi, un señor al que no había visto en mi vida se sentó a mi lado y me preguntó cuánto costaba una caja de zinc.
—Depende del país —dije—. ¿Repatriación?
—Mi suegra, que es de Ecuador y quiere volver.
—Zinc, cierre soldado y trámite consular. Con el ataúd exterior, se le va a mil setecientos solo el continente. Pero eso no me lo compre a mí.
—¿Y a quién se lo compro?
—A la funeraria que le lleve el servicio. Si se lo compra a un comercial, se lo llevará a la funeraria igual y le cobrarán dos veces por el mismo cartón.
Se quedó pensándolo y me invitó a un vino, y yo me lo bebí sabiendo perfectamente que acababa de comportarme decentemente en la única cosa del día en la que no me costaba nada.
El café con Loli fue el jueves a las diez, en el Katxi, y esta vez lo pidió ella.
Le llevé el papel con membrete de Ferreiro: costes medios de traslado nocturno en la zona nordeste, tres tramos de kilometraje, horas de personal y el desglose de lo que le cuesta a una casa pequeña tener un vehículo parado esperando.
Lo leyó de arriba abajo con las gafas en la punta de la nariz y después lo dobló en tres y se lo metió en la carpeta azul.
—Con esto les callo la boca.
—¿A quién?
—A la de Zaragoza, que tiene treinta y cuatro años y una carpeta de Excel.
—Nosotros también tenemos una de esas.
—Ya me imagino.
Pidió otro café y ahí me contó lo que yo no había ido a buscar, que es como sale siempre lo importante.
Que en la reunión de octubre les habían hablado de «racionalizar la red de prestadores».
Que la palabra la había apuntado ella en el margen, porque cuando desde Zaragoza dicen una palabra así siempre quiere decir la misma cosa.
Que en Tudela ya se lo habían hecho: cinco funerarias concertadas hace diez años, dos ahora.
Que el concierto de la comarca se firma cada tres años y que el suyo vence en marzo, y que este marzo no va a ser como los otros marzos.
—Y a mí me van a poner delante una hoja con un precio por servicio —dijo—. Y el que ponga el precio más bajo se lleva los diecinueve pueblos. Y yo llevo treinta y un años diciendo que aquí eso no se puede hacer así.
—¿Por qué no?
—Porque en marzo se me muere una señora en Aizcorbe a las cuatro de la mañana y a mí me da igual el precio: yo lo que necesito es que alguien coja el teléfono. —Removió el café que no tenía azúcar—. En Tudela ahora coge el teléfono un chico en Valladolid.
—¿Se lo ha dicho a Iribas?
Loli tardó en contestar y me miró de una manera nueva.
—A Nerea le digo lo que le tengo que decir cuando se lo tenga que decir —dijo—. Ahora mismo esa chica tiene un hermano en Bilbao dándole la lata y un negocio que no le cuadra. Si encima le pongo lo de marzo en la mesa, no duerme.
—Va a tener que dormir mal en algún momento.
—Pues que sea en febrero.
Pagó ella. En la puerta se paró.
—Oiga, Sotelo. ¿Usted en Tudela ha vendido?
—Yo vendo a todo el mundo. En Tudela también.
—Ya. —Se subió el cuello del abrigo rojo—. Es que ahora las esquelas de allí son todas iguales. Fíjese usted alguna vez. La misma letra, el mismo tamaño y el mismo renglón al final. Como los partes del tiempo.
Marga llamó a la una y veinte, mientras yo comía un bocadillo en el coche a la salida del pueblo.
—Sotelo, llevo su informe dos desde el miércoles pasado.
—¿Y?
—Y es el primer informe útil que me manda usted en tres años.
—Marga no elogia: constata, que es peor—.
Necesito tres cosas antes del uno de diciembre.
Primera: el pliego del concierto de Providencia para esta comarca, el vigente.
Segunda: el precio medio por servicio que la compañía le está pagando a Iribas. Y tercera, una fecha.
—¿Una fecha de qué?
—De cuándo puedo mandar a alguien a hablar con el hermano de Bilbao sin que la hermana se entere el mismo día.
Miré el retrovisor. Al final de la recta se veía el cartel de Olarza y, detrás, el campanario.
—El pliego se lo consigo —dije—. El precio medio, también. La tercera cosa no se la puedo dar todavía.
—¿Por qué no?
—Porque aquí las cosas se saben antes de que pasen. El martes hubo dos velatorios a la vez y a las siete de la tarde lo sabía el pueblo entero, incluida la parte que no había ido. Si mandamos a alguien a Bilbao en noviembre, en Olarza se sabe en diciembre.
Marga se quedó callada dos segundos, que en ella es una eternidad.
—Eso no es una razón operativa —dijo—. Eso es una impresión.
—Es la razón por la que la plaza vale lo que vale.
—Uno de diciembre, Sotelo.
Colgó.
Me quedé con el bocadillo en la mano y con una idea molesta, que era que yo llevaba once años haciendo esto y que nunca, ni una sola vez, le había dicho a Marga Duñabeitia que no podía darle una fecha.
Arranqué. A la altura del taller de Zunzarren había una mujer barriendo una explanada vacía, sola, a la una y media de la tarde, con un cepillo de los grandes.
Nota para el expediente OLARZA-114: la variable determinante de esta plaza no está en el balance y no se deja fechar; se estimará en la visita del 20/11.