Capítulo 7
— La Voz de la Ribera
Mila Ochoa se murió el martes a las seis y veinte de la mañana, en Zaldúa, en la casa de enfrente de la iglesia, a doscientos metros de la casa de Fidel.
En un pueblo de ciento ochenta habitantes se muere gente cada dos meses y a veces se muere en la misma semana; el año pasado, en Zaldúa, se murieron tres en cuatro días y aquello fue la peste bubónica según el bar.
La doctora Iriberri firmó los dos certificados porque es la médica de cupo de los cuatro pueblos de esa carretera.
Al Ayuntamiento le tocó abrir dos veces el libro. A mí me tocó abrir dos salas.
Y a las cuatro de la tarde del once de noviembre yo tenía a la familia Aristu entrando por la Ebro, a la familia Ochoa entrando por la Moncayo y once plazas de aparcamiento.
Empecemos por lo fácil, que es el aire.
La Moncayo no calienta desde agosto. En agosto eso significa una sala fresca; en noviembre significa dieciséis grados y una hija que ha conducido desde Zaragoza y que no se quita el abrigo en toda la tarde.
Bajé del almacén los dos radiadores de aceite que compramos hace cuatro años para el despacho, los enchufé a las tres y media y a las cuatro la sala estaba a veinte y saltó el diferencial una vez.
Ochenta euros de electricidad al mes si esto sigue así, según Marisa, que lo calculó por gusto.
La hija de Mila se llama Sagrario y tiene cincuenta y un años, y lo primero que hizo al entrar fue preguntarme si su madre estaba bien puesta. Le dije que sí. Fue a mirar y volvió y me dijo que gracias, y se sentó, y ya no se movió de la silla hasta las nueve.
Ahora lo difícil.
A las cuatro y cuarto, los Aristu ya habían llenado las once plazas y las dos filas del camino de servicio.
A las cuatro y media llegó el autobús pequeño de la residencia con seis señoras que venían a Mila y que necesitaban bajar delante de la puerta, y no podían.
A las cuatro y treinta y cinco, un primo de Fidel que había venido de Peralta movió un Ibiza que estaba delante del portón —un Ibiza que era de la nuera de Mila— y lo dejó en el camino, y a las cuatro y cuarenta y dos la nuera de Mila salió a decirle a ese señor lo que pensaba de él, de su coche y de la familia Aristu al completo, y el señor le contestó que a ver si se creían que el tanatorio era suyo.
En dos minutos había once personas en el aparcamiento.
En cinco había catorce coches mal, un tractor —el de Sabin, que había venido de Zaldúa en tractor porque el Berlingo lo tiene su hijo— y la ambulancia del ambulatorio parada en la calle Mayor con el intermitente puesto, porque la ambulancia sale por ahí y no sale por ningún otro sitio.
Y a las cinco menos diez apareció don Evaristo, que tenía responso a las cinco y media en la Ebro, otro a las seis en la Moncayo y un bautizo en Miranda a las siete, y que empezó a decir lo del bautizo de tres maneras distintas, cada una más cristiana que la anterior.
Miré el reloj y me fui al escalón de la puerta del tanatorio, que es el único sitio del edificio donde se ve entero el aparcamiento, y saqué el móvil.
Primero Patxi Zunzarren.
Llevaba diecinueve meses sin llamar a Patxi Zunzarren. Le llamé.
—¡Hombre, Nerea!
—Patxi, ¿tienes la explanada libre?
—¿Ahora?
—Ahora. Hasta las diez de la noche. Te pago sesenta euros y mañana te la barro yo.
—Anda, calla. ¿Qué pasa, lo de los dos velatorios?
—Lo de los dos velatorios.
—Te abro el candado en cinco minutos. Y no me pagas nada. —Y luego, porque tenía que llegar—: Oye, ¿y lo del texto? Que llevo la piedra apartada desde el año pasado, ¿eh? Que no me corre prisa, pero que la tengo ahí.
—Ya lo sé. Te llamo.
—Que no me corre prisa, mujer.
—Que ya lo sé, Patxi. Ábreme la explanada.
Colgué. Ciento noventa metros hay del tanatorio al taller de Zunzarren. En diez minutos cabían dieciocho coches.
Después Chuchi: que sacara el coche fúnebre y la furgoneta del portón y se los llevara a la nave del polígono, con lo cual me quedaba sin vehículos en casa hasta las ocho, que es un riesgo que asumí y que estuve mirando el móvil toda la tarde por si no debía haber asumido.
Después Josetxo, el alguacil, para el tractor y para poner los conos en el camino de servicio.
Después Bea, para que quitara los caballetes de la acera y me dejara la esquina libre para el autobús de la residencia. Salió a la puerta con el delantal y las tijeras en la mano, miró aquello y dijo:
—¿Los quito o me los llevo?
—Quítalos y ponte tú en la esquina a decirle a la gente dónde está la explanada.
—Nerea, que tengo tres coronas para las seis.
—Son para mí, Bea. Son de la Ochoa.
—Ya sé que son de la Ochoa. Alguien las tendrá que hacer.
Se quedó tres segundos con las tijeras en la mano y después dijo «anda, vete» y se puso en la esquina, con el delantal puesto y sin abrigo, cuarenta minutos, a decirle a los primos de Peralta que a la derecha y luego todo recto.
Después don Evaristo: responso de Mila a las cinco y veinte y de Fidel a las cinco y cuarenta, invirtiendo el orden, porque los de Mila eran doce y los de Fidel eran sesenta y hay que dejar lo lento para el final. Él dijo que bueno, que si es por el bautizo. Fue por el bautizo.
Y por último bajé al aparcamiento y hablé con las dos personas que había que hablar, que no eran las dos que estaban gritando.
Al primo de Peralta lo mandé a ayudar a Josetxo con los conos, porque a un hombre enfadado hay que darle un cargo.
Y a la nuera de Mila le pregunté si su suegra tenía todavía en la sala el rosario de nácar que le habían dejado encima, porque me había parecido que se movía cuando entró la gente, y quería que ella subiera a comprobarlo.
Once minutos.
A las cinco y veinte don Evaristo estaba en la Moncayo y en la explanada de Zunzarren había diecisiete coches.
Sesenta euros que Patxi no me cobró y una llamada que llevaba diecinueve meses sin hacer. Es más barato de lo que parece y más caro de lo que parece.
Cuando volví a subir al escalón, había un Seat León gris de alquiler en la última plaza del camino, con las cuatro luces puestas, y un hombre apoyado en la puerta del conductor con el abrigo abierto y una carpeta de Ferreiro bajo el brazo.
—Ese coche está en medio —le dije.
—Lo sé —dijo Sotelo—. Llevo veinte minutos esperando a que alguien me deje sacarlo. Vine a traerle a Marisa el alta de la incidencia de las cuatro cajas y he tenido la mala idea de aparcar donde había sitio.
—Todo el mundo aparca donde hay sitio. Ese es el problema del once de noviembre.
Sacó las llaves y no las usó.
—¿Los ha movido a Zunzarren? —dijo.
—A Zunzarren.
—Ciento noventa metros.
—Doscientos, contando la acera.
Miró el aparcamiento un momento —los conos, el autobús de la residencia arrimado a la esquina, el tractor que ya no estaba, la mujer del delantal señalando a la derecha— y después me miró a mí. No dijo nada de lo que suele decir la gente, que es «vaya tarde» o «menudo lío». Dijo:
—Ha empezado por el cura.
—He empezado por la explanada.
—Ha empezado por el cura —repitió—. La explanada resuelve los coches. El cura resuelve la hora en que se van los coches.
Y tenía razón, y no me apeteció dársela.
—¿Va a mover el León o no?
Lo movió.
A las nueve y media cerré la Moncayo. Sagrario Zúñiga me dio la mano con las dos suyas y me preguntó si mañana podía venir a las diez a traer un jersey. Le dije que a las diez.
A las diez menos cuarto, Marisa dejó los dos expedientes encima de la mesa antes de irse.
—Oye, Aristu y Ochoa tienen la misma dirección de facturación.
—¿Cómo que la misma?
—La misma. Zaldúa, calle Mayor, dos. Los dos. Y las dos pólizas están dadas de alta el mismo día, el veintidós de marzo de 2011. Debe de estar mal metido, porque él vivía en el camino del río. Alguien copió un expediente encima del otro.
—Ya. Lo miras el jueves y lo corriges.
—Es que si está mal metido en Providencia, lo tiene que corregir Loli, no yo.
—Pues se lo dices a Loli el jueves.
Marisa apuntó «el jueves» en su cuaderno, con esa letra suya, y se fue.
Bajé a apagar las luces de la Moncayo y a desenchufar los radiadores, que se quedan calientes dos horas y hay que acordarse.
Estuve un rato con la mano en el interruptor mirando las diez sillas descolocadas de una sala en la que esta tarde ha habido doce personas y en la otra sesenta, y después le di y me fui a casa.