Capítulo 6
— Archivo, La Voz de la Ribera
A las tres y cuarenta suena la línea y yo ya estoy despierta desde el segundo tono, que es una cosa que el cuerpo aprende y que después no desaprende ni en vacaciones.
La centralita hace el chasquido y arranca el mensaje. Al llegar a «veinticuatro horas» le entró el chirrido, que es un ruido de pieza pequeña rozando, y le di con el canto de la mano en la esquina de arriba a la izquierda, encima del cuarto tornillo. Se calló. Lleva calmándose ahí desde marzo.
—Iribas, dígame.
Era un hombre mayor, con la respiración de quien ha subido una cuesta.
—Sí, mire, soy Sabin, de Zaldúa. Que se nos ha muerto Fidel.
—¿Fidel Aristu?
—El mismo. Estamos en la casa. Ha venido la doctora y ha dicho que ya, que ella firma a las ocho cuando abra el centro, pero que nos lo podéis llevar ya si queréis.
—Vamos para allá. Cuarenta minutos.
Zaldúa está a treinta y cuatro kilómetros por la NA-132, que en noviembre y a las cuatro de la mañana es una carretera con dos ovejas muertas de estadística y niebla en los tres puntos de siempre. Unai bajó a los seis minutos, con el forro polar encima del pijama, y salimos a las cuatro y diez.
Fuimos con la furgoneta. Llevo doce años haciendo este viaje y sigo comprobando lo mismo antes de arrancar: camilla, sábana, sudario, guantes, la bolsa, la carpeta con los partes, y el bidón de agua para la vuelta porque las manos.
Unai conduce mejor de noche que de día. No habló hasta el desvío.
La casa de Fidel es la última de Zaldúa por el lado del río, una casa de labranza de las de dos alturas con la puerta ancha y una escalera que gira en un descansillo. Había cuatro coches y una luz encendida en la cocina.
Nos abrió Sabin, que es el vecino, y dentro estaban su mujer y un sobrino de Fidel, Josu, que había venido desde Tafalla y que era el único que tenía cuarenta años y por lo tanto el único al que le hablaba todo el mundo.
Fidel estaba en la cama de arriba. Setenta y nueve años, en pijama de invierno, con la cabeza girada hacia la ventana. Lo primero que se hace es preguntar si quieren estar un rato más, y lo dije, y dijeron que no, que ya, que llevaban desde las dos.
Lo segundo es la escalera.
Ese descansillo tiene noventa centímetros de giro.
Con la camilla rígida no pasa, así que se baja con la manta de traslado entre los dos, él delante de espaldas y yo detrás, y en el giro hay que levantar el lado de los pies casi a la vertical durante tres segundos.
Esos tres segundos son todo el oficio. Si los haces mal, la familia lo ve y ya no se le olvida nunca.
Los hicimos bien. Nadie dijo nada, que es como se agradece.
Abajo nos tenían el café puesto.
Yo intento no aceptar el café, porque el café son cuarenta minutos y porque a las siete tengo que estar de vuelta.
Pero en las casas de los pueblos el café no es un ofrecimiento, es el sitio donde la familia se sienta por primera vez desde que ha pasado, y si te lo bebes de pie en la puerta les quitas eso.
Nos sentamos. Cuarenta y un minutos.
La mujer de Sabin contó que Fidel había ido el domingo al frontón, que subía todavía andando a la ermita, que su Tere murió el año noventa y cuatro y que él no quiso irse a Olarza con la hermana, ni entonces ni después.
Josu miraba el móvil por debajo de la mesa.
La doctora Iriberri había dejado el papel de la defunción sin firmar encima del aparador, con un pósit.
En el escurreplatos, al lado del fregadero, había dos tazas boca abajo y dos platos pequeños.
Lo registré igual que se registran esas cosas, o sea: nada. En las casas de gente mayor que vive sola hay siempre demasiada vajilla fuera. Aparté los ojos y pregunté por el hijo.
—Iñaki —dijo Josu—. Está en Düsseldorf. Le he llamado a las tres.
—¿Cuándo puede venir?
—Dice que el martes. Que antes no puede por el trabajo.
Hoy era sábado.
—Entonces hay que conservarlo —dije.
Y lo expliqué como lo explico siempre, sin adornos: que a partir de las cuarenta y ocho horas hace falta tanatopraxia, que se la hace Unai aquí mismo en la casa, que hay que pedir la autorización sanitaria y que la póliza de Providencia de Fidel, que es de las buenas, del noventa y uno, cubre el servicio completo pero no cubre la conservación, que son trescientos ochenta euros.
—¿Y eso quién lo paga? —dijo Josu.
—Eso lo decide la familia. Yo lo pongo en el presupuesto y ustedes me dicen.
—Es que el que quiere venir el martes es Iñaki.
—Pues eso se lo dice usted a Iñaki, no a mí.
Josu me miró un segundo de más y después dijo que vale, que lo llamaba. Es lo que suele pasar cuando no le pones a la gente la factura en la cara, sino el nombre del que ha tomado la decisión.
Salimos a las cinco y cinco. Sabin nos siguió hasta la puerta con la chaqueta echada por encima y nos dio la mano a los dos.
En el kilómetro doce, Unai habló.
—Nerea.
—Dime.
—Que yo voto que sí.
La carretera iba recta unos cuatrocientos metros ahí. Puse la larga.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale, te he oído.
—Es que no quiero que te enteres en una comida.
Y ahí me callé, porque tenía razón, y porque el domingo en casa de mi madre él estuvo siete minutos haciendo café a cuatro metros de mí y yo tampoco fui a la cocina.
—Llevo este año doscientas nueve noches de guardia —dijo—. Las he contado. Tú llevas ciento cincuenta y seis. No te lo digo por echártelo.
—Ya sé que no.
—Iker tiene la plaza fija en Pamplona hasta que se jubile.
Yo con lo de la venta pongo la entrada de un piso y me busco algo allí, que tanatopractores hacen falta en todos los sitios, y a lo mejor los sábados por la noche me tomo unas cervezas y no llevo el móvil en la mano.
—Cambió de marcha—. Y quiero seguir haciendo esto, ¿eh?
Que a mí esto me gusta. Se me da bien. A Fidel se lo voy a dejar bien.
—Ya sé que se lo vas a dejar bien.
—Pues eso.
Miré por el retrovisor de mi lado, que desde el asiento del copiloto no sirve para ver nada, y detrás iba Fidel Aristu, y detrás de Fidel, treinta kilómetros de carretera negra.
Quise decirle que sin él no hay guardia, y era verdad y era un chantaje, así que no lo dije.
Quise decirle que a papá le habría dado algo, y eso era peor.
Quise preguntarle desde cuándo llevaba la cuenta de las noches, y no lo pregunté porque ya sabía la respuesta: desde agosto del año pasado, igual que yo.
No dijimos nada más hasta Olarza.
Entramos por el portón de carga a las cinco y cincuenta. Unai bajó a la sala a dejarlo todo listo para las nueve, y yo subí al despacho con el abrigo puesto y encendí el flexo.
1. 8:00 llamar centro de salud, doctora Iriberri: firma certificado Aristu.
2. Autorización sanitaria de conservación. Solicitud antes de las 11.
3. Presupuesto Aristu: póliza Providencia 1991 + 380 € conservación. Que lo firme el hijo, no Josu.
4. Sala Ebro para el martes. Confirmar a Bea el lunes.
5. Llamar al marmolista.
6. Que Chuchi haga las 9 de hoy. Unai que duerma hasta las 12.
7. Contar las noches.