Se ruega no enviar flores Capítulo 5
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Capítulo 5

Los miércoles hago Miranda de Arga por la mañana y Olarza por la tarde, y esa es la única razón por la que estaba en la puerta de San Miguel a las doce y diez de un cinco de noviembre.

Chema Beroiz lleva la funeraria de Miranda con su cuñado y un chaval, tres coches y una sala.

Me recibió a las nueve, me tuvo hora y media y me compró cuatro cajas, que es lo que compra siempre.

A los veinte minutos ya me estaba contando lo suyo, porque en este oficio los hombres de sesenta años le cuentan lo suyo a cualquiera que se siente enfrente y no tenga prisa.

Lo suyo era que en septiembre había hecho siete servicios y en septiembre del año pasado había hecho once.

—¿Y eso por qué?

—Porque este año se han muerto menos —dijo, y se rio de su propio chiste con una amargura que no era graciosa—. Y porque a los de Providencia les da igual que yo esté a seis minutos. Si a la señora le toca Olarza, va a Olarza.

—¿Le toca?

—Le manda.

Le pregunté si había hablado con los otros. Con La Purísima, con Yoldi, con Larrea. Me miró como si le hubiera propuesto una cosa indecente.

—Con Yoldi no me hablo desde el noventa y ocho.

Salí de Miranda a las once, y a la una menos veinte ya sabía que la cartera de la comarca la reparte una sola persona y que ninguno de los cinco operadores independientes se dirige la palabra.

Anoté las dos cosas mientras conducía, en el móvil, en un semáforo.

Es una manera espantosa de trabajar y es la que tengo.

En Olarza había funeral a las doce. Aparqué en el otro extremo de la calle Mayor y me quedé fuera, apoyado en el capó, con el abrigo cerrado, porque el cierzo de noviembre en esa calle entra como si tuviera algo personal.

Salieron a las doce y cuarenta. Ataúd al hombro, cuatro hombres jóvenes de la familia y dos de la casa; Chuchi delante con las manos por detrás de la espalda, marcando el paso sin marcarlo, que es un oficio que ya no enseña nadie.

Detrás, la gente. Conté sesenta y tantos, y en un pueblo de catorce mil eso es un entierro discreto.

Y detrás del todo, la mujer del abrigo rojo.

La había visto el jueves anterior en Miranda, en la puerta de Beroiz, y el sábado en Olarza otra vez, en el tanatorio, a las siete de la tarde.

La misma mujer, cincuenta y muchos, pelo corto, abrigo rojo y una carpeta de cartón azul bajo el brazo.

Tres servicios en once días, en dos pueblos distintos, en dos funerarias que compiten.

Nadie va a tres entierros de desconocidos en once días con una carpeta.

Cuando terminó y la gente empezó a dispersarse, la seguí hasta el Katxi.

El bar Katxi está en la esquina de la calle Mayor con la del frontón, tiene once taburetes y una máquina tragaperras apagada, y a las dos de la tarde huele a huevo frito. Ella estaba en la barra, de pie, con un café con leche y la carpeta encima de la barra, contestando un mensaje.

Me puse a dos taburetes de distancia y pedí lo mismo.

—Usted es el de las cajas —dijo, sin levantar la vista del móvil.

—Soy el de las cajas.

—Es que en este pueblo, o eres de aquí o eres el de algo.

Guardó el móvil. Se llamaba Loli Berrueta, llevaba treinta y un años en Providencia Seguros y ese día tenía un problema, que era exactamente lo que yo necesitaba.

El problema era Zaragoza. Zaragoza le había mandado en octubre una revisión del baremo de decesos —lo que la compañía reconoce por cada servicio— y el baremo nuevo, según ella, estaba hecho por alguien que no ha entrado en un tanatorio en su vida.

—Aquí me han puesto ciento veinte euros de traslado —dijo, dándole la vuelta a la hoja para que yo la viera—. Ciento veinte. Yo tengo pueblos a treinta y cinco kilómetros por carretera de esas, de noche, con dos hombres, con el vehículo. ¿Usted cuánto cree que le cuesta eso a una funeraria?

—Sale de casa un vehículo y dos personas a las cuatro de la mañana. Entre carburante, horas y la parte del seguro y la ITV que le toca a ese viaje, no baja de doscientos veinte. Si hay escaleras y tienen que subir tres, doscientos cincuenta.

Me miró por primera vez.

—¿Eso me lo puede poner por escrito?

—Se lo puedo poner en un papel con membrete de la fábrica. Tarifas de proveedor y costes medios de la zona nordeste. No es un informe, es lo que le mando a los clientes cuando me discuten un precio.

—Con eso me vale.

—¿Y a mí qué me da?

Se rio. Se rio de verdad, con la taza en la mano.

—Me cae usted mejor así —dijo—. Un café.

Le acepté el café y estuvimos cuarenta minutos.

No hubo que sacarle nada. Loli Berrueta no habla de más: habla de lo suyo, y lo suyo es el orgullo.

Lleva treinta y un años pagando entierros en diecinueve pueblos y sabe que es la persona más importante de esta comarca los martes por la tarde, y como nadie se lo reconoce nunca, se lo reconoce ella.

Le pregunté por qué a Iribas y no a Beroiz, que está más cerca de la mitad de los pueblos.

—Porque a Beroiz le tengo que llamar dos veces —dijo—.

Y porque cuando yo empecé, en el noventa y cuatro, con esto de los decesos aquí no lo quería nadie.

Los de las funerarias te daban largas: que si el papeleo, que si la compañía paga tarde, que si tú qué te crees.

Yo entré por esa puerta con veintiocho años y con una carpeta como esta, y el que estaba dentro era Nacho Iribas.

—El padre.

—El padre. Me escuchó de pie, sin sentarse, porque él no se sentaba nunca. Y cuando terminé me dijo: «Loli, tú tráeme los muertos y yo te los pongo guapos». —Movió la mano en el aire, como espantando algo—. Y me dio la mano. Ahí, en el pasillo. Y desde entonces.

—¿Y firmaron algo?

—Qué vamos a firmar. —Se acabó el café—. El año pasado le mandé a Nerea ciento noventa y cuatro. De trescientos y pico que hay en toda la comarca. Échele usted la cuenta.

Se la eché. No hizo falta que la echara delante de ella.

—Y ahora la lleva la hija.

—Y la lleva bien, oiga. Mejor de lo que se piensa la gente. —Se puso el abrigo—. Lo que pasa es que la hija se cree que esto lo sostiene ella, y esto lo sostiene su padre todavía. Que no es lo mismo. En fin.

Dejó dos euros en la barra y se fue a un velatorio de la residencia.

Me quedé el rato que se queda uno cuando lo que acaba de oír vale más que el trabajo de tres semanas.

Porque yo llevaba once días midiendo un edificio.

El edificio da igual. El tanatorio da igual, la flota da igual, el crematorio que no tienen da igual.

Doscientos servicios al año entran por esa puerta porque en 1994 una mujer de veintiocho años y un hombre que no se sentaba nunca se dieron la mano en un pasillo, y ese hombre está muerto desde agosto del año pasado.

Eso no es una fortaleza. Eso es una viga de madera vieja aguantando un tejado. Aguanta perfectamente hasta el día que alguien la mira.

Volví al Zubiri, subí a la habitación y estuve un rato mirando la carretera antes de abrir el portátil. Después lo abrí.

Nota para el expediente OLARZA-114:

INFORME DE CAMPO N.º 2 — Estructura de derivación

Evaluador: D. Sotelo. Fecha: 05/11. Estado: acceso indirecto.

1. CONFIRMACIÓN DE DEPENDENCIA. Providencia Seguros deriva a Funeraria Iribas 194 servicios/año sobre un total comarcal estimado de 320. Cuota aproximada del 60 % del volumen del operador. Cifra facilitada verbalmente por la propia agente, sin motivo para inflarla.

2. AGENTE. Berrueta Sanz, Dolores. 31 años de antigüedad en la delegación comarcal. Residente en la plaza. Reparte el volumen de los 19 municipios sin criterio de proximidad geográfica: el criterio es de confianza personal.

3. ORIGEN DEL ACUERDO. Año 1994, entre la agente y el titular fallecido de Iribas. Sin contrato, sin adenda, sin condiciones escritas conocidas. La sucesora hereda un acuerdo que no está a su nombre y del que no fue parte.

4. COMPETENCIA LOCAL. Cuatro operadores independientes en la comarca, sin comunicación entre ellos. Al menos dos conflictos personales activos que impiden cualquier acuerdo de bloque. Escenario muy favorable.

5. CONCLUSIÓN OPERATIVA. El activo de esta plaza no es el inmueble ni la flota. El activo es la derivación, y la derivación descansa sobre una persona con una lealtad de treinta años a un hombre que ya no existe.

Concierto con agente comarcal: relación personal, no contractualizada. Vulnerabilidad alta.