Capítulo 4
— Tablón, Tanatorio Iribas
El domingo de Difuntos hay más gente en el cementerio de Olarza que en misa, en el frontón y en los cuatro bares juntos, y todos los años alguien aparca delante del portón de carga.
Este año fue un Passat gris. Fermín lo tenía fichado desde las diez y me lo señaló con la barbilla cuando pasé, sin dejar de barrer, porque Fermín en Difuntos barre desde que abren hasta que cierran; con dos mil personas entrando y saliendo con crisantemos, el suelo se pone imposible y él tiene una idea muy suya de cómo debe estar el suelo cuando la gente viene a ver a los suyos.
—¿La rodilla?
—Como el Passat —dijo—. Ahí.
Bea llevaba desde el jueves durmiendo cuatro horas.
En estos dos días hace el veinte por ciento del año, y a las once de la mañana ya tenía la acera ocupada con los caballetes y a Mateo sentado en un taburete cobrando con el datáfono y una cara de niño de nueve años que preferiría estar en cualquier otro sitio del planeta.
—A las tres cierro —me gritó desde dentro.
—A las tres y media, dirás.
—A las tres cierro, Nerea.
A las tres y veinte todavía estaba vendiendo.
Yo llegué a casa de mi madre a las tres y media, que es media hora tarde, y no fui la única, pero de las tardanzas de esta familia solo se comenta una.
Charo había puesto la mesa en el salón, con el mantel bueno, para cinco.
Íñigo había venido de Bilbao solo: Maider se había quedado con los críos porque el mayor tenía partido.
Unai había venido en la furgoneta porque a las seis tenía que estar en el tanatorio a recoger, y aparcó en la puerta, y eso también se comentó.
Lo primero que vi al entrar fueron dos bolsas de rafia junto al perchero, cerradas con nudo, con un papel encima que ponía CÁRITAS con la letra de mi madre.
—Son abrigos —dijo ella desde la cocina, sin que yo hubiera preguntado.
—Ya veo que son abrigos.
—Pues eso.
Comimos pochas con codorniz, que las hace muy bien y lo sabe, y pimientos del piquillo, y ella se levantó cuatro veces a la cocina cuando había una fuente entera en la mesa, porque mi madre nunca ha sabido comer sentada del todo.
Íñigo se sentó donde se sienta siempre, que es donde se sentaba mi padre, y lo hace desde hace catorce meses con una naturalidad que a mí me quema la garganta y que ninguno hemos comentado nunca.
Unai se sentó de espaldas a la ventana y no se quitó el forro polar.
Por el segundo plato, mi madre soltó lo suyo. Lo tenía preparado, se le notaba en que empezó por el final.
—Que me voy en febrero quince días.
—¿Adónde?
—A Benidorm, con el Imserso. Del veintiuno al siete.
—Del veintiuno al siete son quince días.
—Pues quince días.
—¿Con quién?
Y ahí mi madre hizo una cosa que le he visto hacer tres veces en mi vida, que es dejar los cubiertos apoyados en el borde del plato y ponerse recta.
—Con un grupo —dijo—. Y en el grupo va Sabino, que es de Calahorra, que estuvo en las bodegas hasta que se jubiló y que canta en la coral con Maribel. Y lo digo yo antes de que os lo cuente otra, que en este pueblo me lo van a contar antes que yo.
Se hizo eso que en las casas se hace y que no es un silencio, porque Unai seguía pinchando pimientos.
Yo abrí la boca.
—¿Y ese hombre está solo o está viudo? —dije.
—Está viudo.
—¿De cuándo?
—Nerea.
—Es una pregunta.
—De hace seis años. ¿Quieres el nombre de la mujer?
—No quiero el nombre de la mujer.
—Pues entonces no era una pregunta.
Íñigo se rio, con la boca llena, y ese fue el momento que eligió.
—Ya que estamos todos —dijo.
Sacó del bolsillo del pantalón un papel doblado en cuatro, de esos que se doblan y se desdoblan mucho. Lo puso al lado de la fuente de pimientos.
—Me llamaron en septiembre. Una empresa que compra funerarias. Hablé con ellos, les mandé las cuentas de los tres últimos ejercicios, que se las pedí a Marisa yo, y en octubre me pasaron un número.
—Le pediste las cuentas a Marisa.
—Soy socio, Nerea. Tengo el mismo tercio que tú.
—¿Cuánto? —dijo Unai.
Fue lo primero que dijo desde las pochas.
—Dos coma uno —dijo Íñigo—. Por el cien por cien, todo dentro: el edificio, la licencia, la flota, el nombre. Setecientos mil por cabeza.
Setecientos mil. Lo dijo dos veces, la segunda más despacio, y en cuanto lo dijo yo vi cómo entraba en la habitación y cómo se sentaba en la sexta silla.
Mi hermano tiene treinta y nueve años, dos hijos, un piso en Getxo con una hipoteca a treinta y una empresa de reformas que este año ha facturado la mitad que el anterior y que le debe once meses a un almacén de materiales que le está pidiendo un aval personal.
Todo eso lo sé porque me lo ha contado él, llorando, en agosto, en el aparcamiento del cementerio.
Setecientos mil euros no era codicia. Ojalá hubiera sido codicia.
—No se vende —dije.
—Nerea.
—No se puede vender así, ni queriendo. Está el nombre comercial, está la autorización sanitaria de transporte, están las pólizas, que no son nuestras, son de Providencia, y una compra no arrastra la cartera. Se vendería el edificio y cuatro coches.
—Ya lo he mirado —dijo Íñigo—. Lo he mirado con un gestor. Se puede.
Y ahí me quedé sin la única cosa que llevo doce años teniendo, que es saber más papel que nadie de la mesa.
—Yo no me meto —dijo mi madre.
Lo dijo recogiendo el plato de Unai, sin levantar la voz, mirando el plato.
—Mamá.
—Que yo no me meto, hija. Eso lo arregláis vosotros tres.
Cuarenta y un años detrás de un mostrador que no era suyo, tres hijos criados encima del almacén, y «yo no me meto». Podría haber dicho cualquier otra cosa. Podría haber dicho que su marido levantó eso, que el suegro empezó con un carro, que las letras de latón. Cualquier cosa.
Unai se levantó.
—Voy poniendo el café.
Y se fue a la cocina, que está a cuatro metros, y estuvo allí los siete minutos que duró lo demás, que fue Íñigo explicándome que solo pedía que le dejáramos traer a esa gente a que vieran la casa, y yo diciéndole que no, y él diciéndome que no era una pregunta, era un aviso.
Del café volvió con cuatro tazas y no dijo ni sí ni no, y a mí no se me ocurrió preguntárselo delante de nadie, y esa fue toda mi valentía del domingo.
A las seis menos veinte salió a recoger a la residencia. Le oí arrancar la furgoneta desde el salón.
Me fui a las siete. Al pasar por la carretera del cementerio ya estaban cerrando el portón, y el Passat gris seguía delante del camino de servicio, con una multa en el limpiaparabrisas, y Fermín, dentro, seguía barriendo.
1. Mañana: pedir a Marisa copia de lo que le dio a Íñigo. Fecha exacta.
2. Mirar el pacto de socios. Está en la caja fuerte de arriba, carpeta azul.
3. Providencia: adelantar la reunión de noviembre con Loli.
4. Llamar al marmolista.
5. Preguntarle a Unai qué le pasa. No hoy.