Capítulo 3
— La Voz de la Ribera
El almacén de Iribas es la parte de la casa que no enseñamos, y por eso es la única que se parece a lo que hacemos.
Tiene cuarenta metros y el techo alto, con la viga vista y una claraboya que gotea desde antes de que yo naciera.
A la izquierda, la exposición: seis modelos abiertos sobre caballetes, con la cartulina del precio en el pie, para las familias que quieren mirar.
A la derecha, lo demás. Cajas apiladas de tres en tres con el cartón de fábrica todavía puesto, la mesa de las urnas, las coronas de plástico de las que casi no vendemos, dos carros hidráulicos, el rollo de moqueta que compré en septiembre y que sigue ahí, y la bombona de butano de la estufa, que Chuchi enciende a las ocho y apaga a las once porque dice que si no gastamos un dineral.
A las nueve menos veinte estábamos moviendo la pila del fondo.
Aitor libraba —lo del hijo—, así que era Chuchi por un lado y yo por el otro, y las cajas de roble macizo pesan cuarenta y cuatro kilos vacías y hay que cogerlas por debajo, nunca por el canto, porque el canto es lo que se desconcha y lo que ve la familia.
Marisa bajó a las nueve con dos folios y esa manera suya de bajar cuando lo que trae no es bueno.
—El listado.
—Ponlo en la mesa de las urnas.
—Nerea.
Dejé la caja en el suelo. Cuarenta y un mil y pico en vencido.
Ferreiro, dos facturas, julio y septiembre: once mil cuatrocientos.
Textil, tres mil. La flota, con la revisión de la furgoneta, dos mil doscientos.
El resto, repartido en catorce proveedores que aguantan porque llevan aguantando toda la vida.
—Providencia nos paga lo de septiembre a mitad de noviembre —dije.
—Eso es diecinueve mil.
—Ya.
—Digo por si querías el número entero.
—Ya lo tengo, Marisa.
Cogí la caja otra vez. No es que no quisiera mirar el número. Es que el número, a las nueve menos veinte de un jueves, con la pila del fondo a medias, no admite ninguna decisión distinta de la que ya estaba tomando, que era mover la pila del fondo.
Marisa se quedó en la puerta.
—Y a las nueve y cuarto tienes al de Ferreiro.
—¿Qué de Ferreiro?
—El delegado nuevo. Está en la agenda desde el once. Barrena se jubiló en septiembre.
Barrena venía tres veces al año, traía un calendario, se tomaba un café, contaba lo del tobillo y se iba. En doce años le compré todo lo que le compré sin discutirle un precio una sola vez, y eso también es una manera de perder margen.
Llegó a las nueve y cuarto exactas, lo cual, por sí solo, ya era una noticia.
Alto, cuarenta y tantos, abrigo bueno y sin corbata, con el muestrario en una bolsa de tela en vez de en el maletín de plástico de Barrena. Dijo que se llamaba Damián Sotelo, que llevaba la zona desde octubre y que sabía que era mal día.
—Todos son mal día —dije—. Tengo ocho minutos.
—Con ocho me vale.
Le di ocho y los usó bien. No sacó el muestrario.
Preguntó qué modelo movía más, y cuando le dije que el Duero, preguntó cuántos al mes; cuando le dije que once o doce, preguntó cuántos de esos eran de póliza de Providencia y cuántos de particular.
Nadie me había preguntado eso nunca. Barrena me preguntaba por mi padre.
—¿Puedo ver el almacén?
—Lo está viendo.
—El fondo.
Y ahí ya me molestó, porque el fondo del almacén de una casa es como el cajón de la cocina de una casa, y porque yo tenía la pila a medio mover y la moqueta de septiembre en medio, y porque los ocho minutos eran siete.
Pero lo dejé pasar. Y él fue derecho a la pared norte.
—Estas cuatro.
—Esas cuatro qué.
—Ábrame una.
Chuchi levantó la tapa de la de arriba con la palanca corta. El raso del interior, en el tercio de los pies, tenía una mancha en forma de media luna, más oscura, con el borde marcado. No olía a nada todavía. Lo siguiente que pasa es que huele.
—Es la bajante —dijo Chuchi, inmediatamente—. Lleva así desde el dieciséis.
—Lleva así desde el dieciséis —repetí.
—Se lo dije a tu padre.
—Ya sé que se lo dijiste a mi padre, Chuchi.
Sotelo no dijo nada mientras yo miraba la mancha, y le agradecí que no dijera nada, y me irritó agradecérselo.
Cuatro cajas. Roble macizo con herrajes.
Seis mil quinientos sesenta euros de producto en la pared norte, debajo de una bajante que gotea desde 2016, apiladas ahí por mí en agosto porque en agosto había mucho género y poco sitio y porque en agosto yo no estaba mirando dónde ponía las cajas.
—¿Hay más contra esa pared? —preguntó.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Lo estaba. En eso sí.
—Vale —dijo—. Estas cuatro me las llevo yo.
—Estas cuatro no me las paga nadie.
—Se las repone Ferreiro. Vinieron en el envío de junio con paletizado nuevo, y ese paletizado nos ha dado problemas de absorción en tres clientes más. Lo abro como incidencia de lote.
—¿Es verdad eso?
Tardó un segundo de más.
—Es verdad que el paletizado es nuevo —dijo—. Y es verdad que quiero venderle a usted el año que viene.
Bien. Eso me gustó más que si me hubiera dicho que sí a secas.
—¿Y por qué querría venderme a mí el año que viene? —dije—. Yo le compro ciento veinte cajas.
—Ciento cuarenta si cuento las urnas y el textil. Y compra siempre lo mismo, a la misma tarifa, sin negociar, desde hace doce años. —Se metió las manos en los bolsillos del abrigo—. En mi sector eso se llama un cliente estable. En el suyo se llama estar pagando de más.
Chuchi, detrás de mí, tuvo el detalle de irse a por la palanca larga.
—¿Y usted viene a arreglarme la vida.
—Vengo a que me compre a mí y no a Muebles Ansó, que es a quien le va a comprar en enero cuando la tarifa suba. —Miró la pila del fondo, el rollo de moqueta, la claraboya—. Y le voy a ofrecer noventa días.
—¿Noventa en lo nuevo?
—Noventa en lo nuevo y en lo vencido.
Once mil cuatrocientos que dejaban de ser de este mes y pasaban a ser de finales de enero.
Enero es el peor mes que existe: el que viene detrás de las nóminas de diciembre, con la paga extra ya pagada y la gente sin morirse porque la gente en enero se muere mucho, pero cobra Providencia en marzo.
Noventa días eran once mil cuatrocientos euros de aire.
Y era un anzuelo. Lo era tan claramente que casi resultaba cortés por su parte no disimularlo.
—¿Qué quiere a cambio?
—Ver la rotación —dijo—. Qué se le queda parado, qué le entra por póliza y qué por particular, cuánto tarda usted en cobrar. Le reordeno el almacén y le doy tarifa por volumen real y no por catálogo.
—Eso lo hacen las consultoras y cobran.
—Yo cobro en pedidos.
Miré las cuatro cajas de la pared norte, que era donde estaba la conversación de verdad.
Un proveedor que te fía es un proveedor que necesita algo de ti. Eso me lo dijo mi padre en esta misma habitación cuando yo tenía veinticinco años y me pareció una frase de viejo. Lo que no me dijo es la segunda parte, que la aprendí sola: que si sabes lo que necesita, el que fía eres tú.
—El almacén me lo reordeno yo —dije—. Los números se los enseño el día que venga a traer las cuatro cajas. Un día. Por la mañana. Y no me toca usted el fondo.
—¿Tres semanas?
—Tres semanas.
Me dio la mano. Tenía las manos de alguien que ha cargado género, no de alguien que solo lo vende, y eso lo registré como se registra una cifra: para usarlo.
Cuando salió, Chuchi se plantó delante de mí con la palanca larga en la mano.
—A mí ese hombre me ha caído bien —dijo.
—A mí también.
—Pues qué cara has puesto.
—Es la cara de que tiene razón.
Subí al despacho a las once. Llamé al fontanero por la bajante y me dijo que hasta el martes que viene nada, que están con las calderas.
Levanté el calendario de Zunzarren para meter la nota debajo y me quedé un momento con el calendario en la mano, con la foto del granito rosa y noviembre ya asomando, y lo volví a dejar en su sitio.
Lo del martes lo escribí en el móvil.
Hay días que hago la lista y días que no. La hago cuando quedan cosas que puedo hacer. Los días que no queda ninguna la escribo igual, pero esos no cuentan, y hoy no la escribí.