Saudade CAPÍTULO 10-Elegir quedarse
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CAPÍTULO 10-Elegir quedarse

El amanecer encontró a Elena en la cocina, con el cuaderno negro cerrado sobre la mesa y las dos manos apoyadas a cada lado, como si custodiara algo capaz de huir.

No había dormido. Durante horas había imaginado lo que encontraría al abrirlo: fechas, nombres, decisiones ya tomadas por ella antes de que pudiera tomarlas.

El resto de su vida convertido en instrucciones.

La primera página conservaba la frase que había leído la noche anterior: «Si estás leyendo esto, significa que elegiste quedarte». Debajo no había nada más.

Elena pasó la hoja.

La segunda página también estaba casi vacía. En el centro, con la letra de Leonor, había una sola línea: «Y si de verdad elegiste, yo ya no debo elegir por ti».

Elena dejó de respirar.

Pasó otra página. En la parte superior había una fecha que correspondía al día siguiente. Debajo, una mancha de tinta y una frase tachada tantas veces que resultaba ilegible. La hoja siguiente estaba en blanco. Y la siguiente. Y todas las demás.

Ciento ochenta páginas sin una palabra.

Durante unos segundos sintió decepción. Después, miedo. Finalmente, algo que no había sentido desde que cruzó la puerta del apartamento: espacio.

Buscó entre las páginas por si existía un mensaje escondido. Nada. Sacudió el cuaderno, examinó el lomo, acercó las hojas a la ventana. No había tinta secreta ni pliegues ni instrucciones para una vejez prevista. Solo papel.

En la contratapa encontró un último texto, escrito con el pulso quebrado de Leonor.

«Perdóname. Durante años confundí amar con imaginarte.

Después confundí imaginarte con conocerte.

Y hubo noches en que llegué a creer que, si escribía con suficiente precisión, podría evitarte todos los dolores que yo no había sabido evitarme.

Ese fue mi error. Una madre puede preparar una habitación.

Puede dejar encendida una luz. Puede esperar.

Lo que no puede hacer es vivir la vida de su hija. »

Elena leyó el párrafo dos veces.

«No sé si mis palabras te encontraron o si tú me encontraste a mí.

No sé si te inventé, te recordé antes de tiempo o simplemente tuve la fortuna terrible de soñar a una desconocida que algún día existiría.

Ya no importa. Si has llegado hasta aquí, hay algo que sí sé: no quiero que conviertas mi amor en una jaula. »

Elena apartó la vista. El piso estaba inmóvil. Por primera vez, el silencio de la casa no parecía pedirle nada.

«Quédate si quieres. Vete si quieres. Vende la casa.

Píntala de otro color. Tira mis vestidos.

Olvida mis recetas. Ama a alguien que yo no haya imaginado.

Equivócate de una manera que no esté escrita en ninguno de mis cuadernos.

Haz algo que yo no pueda prever. Esa será la única prueba de que eres tú. »

La última línea estaba separada del resto.

«Las páginas que siguen son tuyas.»

Elena cerró los ojos.

Sintió entonces una tristeza distinta. No la saudade voraz de los días anteriores, esa nostalgia imposible que había querido devorar su biografía real para sustituirla por otra más cálida.

Era una tristeza limpia. Leonor había amado a una hija inexistente durante décadas y, en el último momento, había tenido la lucidez de dejar de escribirla.

Elena pensó en Carmen. En Arturo. En Madrid.

En las llamadas que no había contestado.

Pensó también en Tiago, en el hombre sin rostro, en los cumpleaños de Alfama, en las acuarelas que nunca recibió.

Todo aquello seguía doliendo. Pero ya no necesitaba decidir qué recuerdos eran verdaderos para admitir que la habían transformado.

Se levantó y preparó café. Esta vez no permitió que las manos actuaran solas.

Abrió un armario equivocado. Eligió una taza que Leonor casi no había usado: blanca, pesada, sin flores.

Buscó el azúcar donde no estaba y tuvo que revisar tres cajones hasta encontrarlo.

Cada pequeña torpeza le produjo una alegría absurda.

Podía no saber.

Podía aprender la casa en lugar de recordarla.

Salió al balcón con la taza entre las manos.

Lisboa despertaba debajo: persianas que se abrían, una moto que protestaba cuesta arriba, voces que llegaban desde una ventana, el primer tranvía cortando la mañana con su campana.

El Tajo tenía un color metálico y cambiante. No parecía pertenecer a nadie.

Elena encendió el teléfono.

Había treinta y siete llamadas perdidas. Mensajes del estudio. Mensajes de su madre. Dos de una amiga a la que llevaba meses evitando. Durante los días anteriores había pensado en borrar todo aquello, como si para entrar en una vida hubiera que incendiar la anterior.

Llamó primero al estudio. Renunció, pero no inventó excusas. Dijo que necesitaba tiempo y que ya no quería diseñar edificios que no le importaban. Después llamó a su madre.

Carmen contestó al segundo tono.

—Elena, ¿dónde demonios estabas?

La voz la irritó y la tranquilizó al mismo tiempo. Era una voz real. Imperfecta. No había sido escrita para consolarla.

—En Lisboa.

—Eso ya lo sé. Pensé que te había pasado algo.

Elena miró los geranios rojos. Durante un instante tuvo ganas de contarle todo: los diarios, las fotografías, la infancia paralela, la mujer que había escrito su nombre antes de conocerla. Pero comprendió que todavía no sabía cómo narrarlo sin convertirlo en una explicación.

—Me pasó algo —dijo—. Pero estoy bien.

Hubo un silencio.

—¿Vas a volver?

Elena observó la ciudad.

—Sí.

La respuesta la sorprendió incluso a ella.

—¿Cuándo?

—En unos días. Tengo cosas que cerrar.

No dijo que volvería para siempre. Tampoco dijo que vendería el apartamento. Por primera vez desde que había llegado, no necesitó conocer el final de la frase antes de pronunciarla.

Cuando colgó, regresó a la cocina. El cuaderno negro seguía sobre la mesa. Lo abrió por la primera página vacía y escribió la fecha.

La pluma quedó suspendida unos segundos.

Luego escribió: «Hoy hice algo que Leonor no dejó escrito: decidí volver a Madrid».

Esperó.

Nada ocurrió.

No temblaron los cristales. Ningún recuerdo invadió su cabeza. La casa no protestó.

Elena sonrió.

Debajo añadió: «Y también decidí regresar».

Esta vez no explicó cuándo.

Cerró el cuaderno y, antes de salir, dejó la llave sobre el cuenco azul del recibidor. Dio cuatro pasos por el pasillo. Al llegar a la quinta tabla, estuvo a punto de esquivarla por costumbre.

Se detuvo.

Apoyó deliberadamente el pie en el centro.

La madera crujió.

Elena abrió la puerta y salió.