EPÍLOGO-Lo que no estaba escrito
Seis meses después, Elena conocía el apartamento de Alfama de una manera nueva. Ya no sabía dónde estaban las cosas antes de buscarlas. Lo sabía porque las había guardado ella.
Había cambiado las cortinas del salón, reparado la quinta tabla del pasillo y pintado de blanco la pared donde durante décadas habían colgado los retratos de Leonor.
Conservó algunos. Otros quedaron dentro de una caja.
No por rechazo, sino porque una casa, comprendió, también necesita olvidar para poder seguir siendo habitada.
Volvió a Madrid durante cinco semanas. Vació su piso.
Se despidió del estudio. Cenó tres veces con Carmen y Arturo y discutió con ellos en dos.
Ninguna reconciliación milagrosa convirtió su infancia en otra cosa.
Su madre siguió siendo incapaz de decir ciertas palabras; su padre siguió refugiándose en consejos prácticos cuando una emoción amenazaba la mesa.
Elena dejó de compararlos con Leonor. Una persona real siempre perdía contra una madre escrita para acertar.
Esa fue quizá la renuncia más difícil.
Regresó a Lisboa con dos maletas, una caja de libros y la decisión de no llamar hogar a ningún lugar que exigiera que borrase el anterior.
Trabajaba ahora por cuenta propia. Dibujaba rehabilitaciones pequeñas, interiores, viviendas antiguas que necesitaban aprender a sostener una vida nueva sin fingir que nunca habían tenido otra.
Le gustaba esa clase de arquitectura. Conservar una grieta cuando contaba algo.
Abrir una ventana donde antes había un muro. No restaurar hasta borrar.
El cuaderno negro permanecía sobre el escritorio de caoba.
Había escrito treinta y siete páginas. Ninguna relataba grandes acontecimientos.
Un cliente insoportable. Una receta que salió mal.
La primera noche en que durmió con las ventanas abiertas.
Una discusión con Carmen. El nombre de una mujer llamada Inês, restauradora de papel, a quien había conocido llevando uno de los diarios de Leonor para que evaluara su conservación.
Sobre Inês había escrito poco. Precisamente por eso le gustaba.
Leonor no la había mencionado.
Elena había buscado su nombre en todos los cuadernos.
Nada.
Durante semanas, aquella ausencia fue su detalle favorito del universo.
Una tarde de noviembre, mientras la lluvia golpeaba los balcones, Inês llegó con una caja plana bajo el brazo. Había terminado de estabilizar el diario más antiguo, el de 1975. Lo dejó sobre la mesa con el cuidado profesional de quien deposita un órgano recién trasplantado.
—Hay algo raro —dijo.
Elena sintió una presión antigua en el pecho.
—En estos cuadernos todo es raro.
Inês no sonrió.
Abrió el volumen por una página cercana al final. Elena reconoció la letra azul de Leonor, sus líneas compactas, la inclinación leve hacia la derecha. Había leído aquel diario tantas veces que creía recordar incluso la distribución de las manchas.
—Mirá esto.
En el margen inferior había una frase diminuta.
Elena se inclinó.
«Algún día arreglará la tabla que cruje.»
El aire pareció retirarse de la habitación.
—¿Estaba antes? —preguntó Inês.
Elena no respondió.
Recordaba aquella página. Recordaba haber pasado el dedo por ese margen vacío. Podía equivocarse. La memoria era precisamente el territorio menos confiable de su vida.
—Puede que no la viera.
Inês examinó la tinta con una lupa.
—Es la misma tinta. El mismo envejecimiento. No se escribió hace seis meses.
Elena sintió regresar la vieja tentación: buscar una teoría que cerrara el mundo. Leonor la había previsto. Leonor seguía escribiendo. El tiempo no era lineal. La casa alteraba los diarios. Cualquiera de esas explicaciones podía convertirse, en pocos minutos, en otra jaula.
Cerró el cuaderno.
—Entonces no la vi.
Inês la observó un momento, como si comprendiera que la respuesta no era ignorancia sino elección.
—¿No querés saber?
Elena miró hacia el pasillo. La quinta tabla ya no crujía.
Había hecho venir a un carpintero la semana de su regreso y había permanecido a su lado mientras levantaba la madera.
Debajo no encontraron cartas, fotografías ni compartimentos secretos.
Solo polvo, dos clavos torcidos y una moneda de cinco escudos.
—Quiero saber muchas cosas —dijo—. Pero ya no necesito saberlas todas.
Inês guardó la lupa.
Esa noche cenaron juntas. Hablaron de cualquier cosa menos de Leonor. Cuando Inês se marchó, Elena recogió los platos, apagó las luces y se sentó frente al escritorio.
Abrió el cuaderno negro por la página treinta y ocho.
Escribió sobre la frase encontrada en el diario de 1975. Registró exactamente lo ocurrido, sin interpretarlo. Después dejó una línea en blanco.
Pensó en la palabra *saudade*.
Durante meses había creído que significaba echar de menos lo perdido. Después creyó que era posible extrañar incluso aquello que nunca había sucedido. Ahora sospechaba algo más: a veces la saudade no era amor por el pasado, sino la resistencia del pasado a terminar.
Miró la silla vacía frente a ella.
No vio a Leonor.
No necesitó verla.
Escribió una última frase: «Mañana voy a hacer algo que todavía no sé».
Dejó la pluma sobre el escritorio y se fue a dormir.
A la mañana siguiente, antes de que Elena despertara, una corriente de aire entró por la ventana mal cerrada del salón y abrió el cuaderno negro. Las páginas avanzaron solas hasta detenerse mucho más adelante, en una hoja que Elena todavía no había tocado.
Estaba en blanco.
Y permaneció en blanco.