CAPÍTULO 9-Búsqueda del último cuaderno #2
Incluso el cuarto de baño no escapó a su escrutinio.
Revisó el reverso del espejo, desmontó la rejilla de ventilación, golpeó los azulejos buscando un sonido discordante.
El apartamento, su refugio perfecto, parecía estar burlándose de ella.
¿Dónde lo había escondido? ¿Dónde ocultaría una anciana su secreto más preciado, aquel que contenía el destino de la hija que tanto amaba?
Elena se detuvo en el pasillo, respirando con dificultad.
El piso parecía haber sido saqueado por un intruso violento.
Muebles desplazados, objetos esparcidos por todas partes, alfombras enrolladas y cajones fuera de su sitio.
Y, sin embargo, el último diario seguía sin aparecer.
Un nudo de angustia se formó en su garganta.
¿Y si Almeida lo había encontrado? ¿Y si, durante sus visitas para tasar el inmueble, había dado con el cuaderno y lo había tirado a la basura al considerarlo un trasto sin valor?
La sola idea la llenó de un terror paralizante.
Si el último cuaderno se había perdido, su historia quedaría inconclusa para siempre.
Estaría condenada a vivir en aquel piso de Alfama sin conocer el propósito final, huérfana de las palabras que debían guiarla.
Se llevó las manos a la cabeza, tirándose de los cabellos, al borde de un ataque de pánico.
No podía aceptar esa posibilidad. Leonor era demasiado meticulosa.
Había protegido los diarios de la infancia y madurez en una caja fuerte oculta; el último cuaderno debía estar aún más seguro.
Regresó al dormitorio, arrastrando los pies, exhausta física y mentalmente.
Se dejó caer sobre las tablas desnudas de la cama deshecha.
Las lágrimas comenzaron a brotar, calientes y amargas, trazando surcos limpios en sus mejillas manchadas de polvo.
Había buscado en todas partes. Había destripado la casa entera.
Cerró los ojos, intentando conectar una vez más con la presencia de la anciana.
«Dime dónde está, mamá», suplicó en un susurro roto.
«Por favor, no me dejes a medias. Necesito saber qué va a ser de mí».
La habitación estaba sumida en el silencio, un mutismo pesado y denso que parecía amplificar los latidos frenéticos de su propio corazón.
Elena permaneció sentada en el borde del somier desvencijado, con la mirada perdida en el caos que había sembrado a su alrededor.
El crepúsculo había cedido paso a la noche, y la escasa luz de la lámpara de techo apenas alcanzaba a iluminar los rincones llenos de sombras del dormitorio.
El aire olía a polvo levantado, a encierro y a una desesperación antigua que ahora compartía con la mujer que había habitado aquellas mismas paredes.
Trató de estabilizar su respiración. Cerró los ojos e intentó pensar como Leonor.
Si el último cuaderno estaba destinado a ser encontrado únicamente en el momento de la asimilación de su verdadera identidad, el escondite no podía ser un lugar trivial.
No estaría entre cacharros de cocina ni oculto tras un cuadro cualquiera.
Tenía que estar en un espacio impregnado de significado, un rincón sagrado donde la anciana hubiera pasado incontables horas tejiendo el tapiz de la vida de su hija.
Un lugar íntimo, donde la soledad se hubiera convertido en devoción palpable.
Abrió los ojos lentamente. Su mirada vagó por la estancia deshecha y se posó, casi por inercia, en la silla mecedora de madera oscura que descansaba frente a la ventana del dormitorio.
Había permanecido allí, impasible, ajena al frenesí destructivo que había consumido el resto de la casa.
Era una silla modesta, con un cojín de cuero desgastado por el uso, orientada hacia el balcón que ofrecía una vista privilegiada del río Tajo.
Era el lugar exacto desde donde Leonor debía haber contemplado las puestas de sol, esperando, imaginando, escribiendo.
Elena se levantó y caminó hacia la mecedora como si estuviera magnetizada por una fuerza invisible.
Al acercarse, notó la pátina brillante en los reposabrazos, pulida por años de caricias constantes, por manos nerviosas o cansadas que habían buscado consuelo en la madera pulida.
Se detuvo frente a ella, sintiendo una extraña reverencia.
Aquel era el trono de su madre imaginaria, el epicentro desde el cual había gobernado el universo de papel que ahora constituía la única realidad de Elena.
Se arrodilló frente a la mecedora. Sus manos temblorosas acariciaron el cojín de cuero ajado.
Observó la estructura de la silla, buscando costuras sueltas o hendiduras inusuales.
El asiento estaba fijo, integrado en el armazón de madera.
Sin embargo, al deslizar los dedos por el borde inferior, bajo el asiento, sintió una textura diferente.
La madera lisa daba paso a un tapizado inferior, un trozo de tela gruesa clavado con pequeñas tachuelas oxidadas que protegía el interior del asiento.
Con el corazón golpeándole el pecho como un martillo desbocado, Elena tiró de una de las tachuelas.
Estaba sorprendentemente suelta. Tiró de otra, y luego de otra, arrancando la tela con una urgencia que le arañó las yemas de los dedos.
Una vez que la abertura fue lo suficientemente grande, introdujo la mano en la oscuridad polvorienta bajo el asiento.
Sus dedos palparon rellenos apelmazados, crin de caballo endurecida por el tiempo...
y luego, algo más. Algo liso, duro y rectangular.
Contuvo el aliento. Sus dedos se cerraron alrededor del objeto, confirmando su forma.
Era un libro pequeño. Con un tirón brusco, ensanchó la abertura de la tela y extrajo su hallazgo.
A la luz tenue de la lámpara, el objeto se reveló como un cuaderno encuadernado en cuero negro, mucho más pequeño que los anteriores, casi del tamaño de un misal antiguo.
No tenía lomo dorado ni fecha estampada.
Su cubierta era sobria, hermética, custodiando un secreto que había esperado pacientemente en la penumbra.
Elena se dejó caer hacia atrás, sentándose en el suelo con el cuaderno apretado contra el pecho.
Lo había encontrado. El último diario. El testamento final de Leonor Cardoso.
La pieza que faltaba para completar su alma.
Sintió el peso del pequeño volumen como si estuviera hecho de plomo, conteniendo no solo palabras trazadas en papel, sino el peso absoluto de su propio destino concentrado en esas páginas aún no leídas.
Una mezcla abrumadora de alivio, terror y una profunda *saudade* por la mujer que había ocultado aquel tesoro se apoderó de ella.
Se quedó inmóvil durante largos minutos, escuchando únicamente el rumor lejano de la ciudad que latía al otro lado del cristal de la ventana.
No tenía prisa por abrirlo. Por primera vez en días, la ansiedad febril había desaparecido, reemplazada por una solemnidad abisal.
Sabía que, al abrir la primera página, cruzaría un umbral del que no habría retorno posible.
El cuaderno contenía su futuro, las directrices para vivir la vida que Leonor había soñado para ella.
Estaba a punto de descubrir cómo debía ser la Elena de Alfama, y estaba dispuesta a acatar cada mandato con una fe ciega y absoluta.
Lentamente, con manos que ahora se movían con una calma casi ceremonial, Elena separó el cuaderno de su pecho y apoyó el lomo sobre sus rodillas.
Sus dedos acariciaron la cubierta de cuero negro una última vez antes de abrir la tapa.
La primera página estaba en blanco, a excepción de una pequeña dedicatoria escrita en el centro con la caligrafía firme y decidida de la última entrada del cuaderno anterior.
«Si estás leyendo esto, significa que elegiste quedarte», decía la breve inscripción.
Una sonrisa triste y plácida curvó los labios de Elena.
Sí. Había elegido quedarse. Había cerrado la puerta a la mujer que fue y había abrazado a la hija que estaba destinada a ser.
Estaba en casa. Y mientras pasaba la página para enfrentarse a su destino escrito, supo que, a partir de ese momento, cada uno de sus pasos, cada pensamiento y cada latido estarían consagrados a honrar la memoria perfecta e inventada de Leonor Cardoso.