CAPÍTULO 9-Búsqueda del último cuaderno
Sin embargo, a medida que la pila de cuadernos leídos crecía, Elena notó un cambio sutil en los que aún aguardaban en el fondo de la caja.
El cuero de los últimos tomos parecía menos desgastado por el roce constante, y al abrirlos, la tinta sobre el papel revelaba una fragilidad nueva.
La caligrafía de Leonor, antaño orgullosa, fluida y decidida, comenzó a mostrar signos inequívocos de debilidad.
Las letras se volvieron más pequeñas, los trazos temblaban en las curvas de las consonantes, y algunas palabras se interrumpían abruptamente, como si a la mano que sostenía la pluma le fallaran repentinamente las fuerzas.
Elena sintió una punzada de dolor físico al contemplar aquella decadencia en el papel.
Estaba asistiendo al declive de la mujer que la había concebido desde la distancia, a la lenta e inexorable marcha hacia el final.
Alcanzó el penúltimo cuaderno. Sus manos rozaron la cubierta oscura con una reverencia teñida de aprensión.
La fecha estampada en la primera página correspondía al año anterior.
El presente cronológico se cernía sobre ella.
Elena pasó las páginas con extrema lentitud, leyendo cómo los días de Leonor se reducían al espacio delimitado por las paredes del piso.
La anciana describía sus dolores articulares, su fatiga crónica, y cómo la luz del Tajo hería sus ojos cansados.
Pero, incluso en medio del agotamiento, la devoción por su hija imaginaria no mermaba.
«Hoy me ha costado levantarme de la cama», rezaba una entrada de marzo.
«Pero tenía que regar los geranios. A Elena le encantan las flores rojas en el balcón.
Quiero que estén hermosos para cuando ella decida volver.
Sé que su tiempo en esa ciudad gris está llegando a su fin. Lo siento en mis huesos fríos».
Las lágrimas acudieron a los ojos de Elena.
La anciana se estaba muriendo, apagándose lentamente en la soledad de Alfama, sosteniéndose únicamente por la inquebrantable certeza de que su hija regresaría a casa.
La narrativa se volvía cada vez más escasa.
Las entradas dejaron de ser diarias para convertirse en notas semanales, breves destellos de consciencia en medio de un declive imparable.
Febrero. Abril. Mayo. Elena, conteniendo el aliento, avanzó hasta las últimas páginas del cuaderno.
El papel mostraba marcas de humedad, quizás lágrimas de la propia Leonor o el sudor de una fiebre persistente.
La última entrada fechada correspondía a apenas unas semanas antes de que el notario Almeida contactara a Elena en Madrid para notificarle la herencia.
«Mis fuerzas se agotan, mi niña», leyó Elena, y la voz de Leonor resonó en su mente, clara y cascada.
«He dejado todo preparado. El notario tiene sus instrucciones.
La casa está lista. Las sábanas limpias, tu taza favorita en el estante de siempre.
He pasado cuarenta años escribiendo tu vida, moldeando tus pasos desde la distancia para asegurarme de que no te perdieras en el mundo.
Ha sido un trabajo arduo, mi pequeña, pero ha valido la pena cada segundo de soledad, cada lágrima derramada sobre estas páginas. Ahora, mi pluma debe descansar».
Elena acarició el papel, intentando transmitir un consuelo imposible a través de las décadas de separación.
Creía que aquel era el final absoluto, la conclusión de la obra magna de su madre.
Pero al girar la hoja, creyendo encontrar únicamente el cartón del reverso, se topó con un párrafo final, escrito con una tinta negra y espesa que contrastaba con el sepia habitual.
La caligrafía aquí no temblaba; había sido trazada con una determinación férrea, como si Leonor hubiera reunido hasta la última gota de su energía vital para dejar este último mensaje.
«No temas, Elena. No te dejo sola en la oscuridad.
A lo largo de todos estos años, he escrito para construir tu pasado y guiar tu presente.
Pero el destino de una mujer no se detiene cuando vuelve a casa; es entonces cuando realmente comienza.
Hay un último cuaderno. El diario definitivo.
No lo he guardado con los demás porque su contenido es demasiado importante, demasiado revelador.
En él he escrito tu futuro. He trazado el desenlace de tu propia historia, el camino que deberás seguir a partir de ahora, y la respuesta a la pregunta que te formularás cuando la soledad intente asaltarte de nuevo.
Sin embargo, no podías leerlo antes de tiempo.
Lo he escondido cuidadosamente, destinado a ser abierto única y exclusivamente cuando alcanzaras la edad que tienes hoy, en el momento exacto en que asimilaras quién eres en realidad».
El corazón de Elena dio un vuelco violento.
Se puso de pie de un salto, dejando caer el cuaderno al suelo.
¡Un último diario! Leonor no solo había documentado su pasado y orquestado su regreso; también había escrito su futuro.
El guion de su vida aún no había terminado.
La anciana había dejado instrucciones para los años venideros, una hoja de ruta para su existencia en Alfama.
La necesidad de encontrar aquel cuaderno la golpeó con la fuerza de un huracán.
No era simple curiosidad; era una sed desesperada, un ansia primigenia por conocer el propósito que Leonor había diseñado para el resto de sus días.
«Debe estar aquí. Tiene que estar aquí», murmuró para sí misma, la respiración entrecortada por la urgencia.
Miró a su alrededor. El salón, envuelto en las sombras del atardecer, de repente le pareció un laberinto inmenso y lleno de secretos.
Las palabras de Leonor resonaban en su cabeza: «Lo he escondido cuidadosamente».
No estaría en un lugar obvio. No estaría en los cajones que ya había vaciado ni en los armarios que había revisado.
Tenía que ser un escondite pensado para resistir el paso de los días y, quizás, la inspección superficial de extraños.
Inició la búsqueda en el propio salón. Con movimientos febriles, comenzó a palpar detrás de los gruesos marcos de los cuadros que adornaban las paredes.
Descolgó paisajes marinos y retratos descoloridos, buscando grietas en la pared o huecos disimulados tras el papel pintado.
Sus dedos recorrieron las molduras de madera, apretando cada protuberancia con la esperanza de accionar algún resorte oculto.
Nada. Se arrodilló sobre la alfombra y comenzó a enrollarla, exponiendo las viejas tablas del suelo.
Golpeó con los nudillos la madera barnizada, aguzando el oído para detectar el sonido hueco que delataría un doble fondo.
El polvo acumulado durante décadas se elevó en el aire, haciéndola toser, pero Elena no se detuvo.
Se arrastró por el suelo del salón, comprobando cada junta, cada clavo sobresaliente.
Su estado rozaba el delirio. La cordura de la Elena arquitecta, estructurada y racional, había sido completamente suplantada por una devoción fanática hacia las palabras de una mujer muerta.
Desmontó los cojines del viejo sofá de terciopelo verde, hundiendo las manos en las profundidades del tapizado, arañándose con los muelles oxidados.
Vació las estanterías, arrojando libros al suelo, sacudiendo sus páginas por si la anciana hubiera vaciado el interior de algún volumen para ocultar el cuaderno.
La montaña de libros apilados en el suelo crecía, creando una barricada de desorden en el que antes era un santuario inmaculado.
Agotadas las opciones en el salón, Elena corrió hacia la cocina.
El espacio, que horas antes le había parecido cálido y acogedor, se convirtió en un campo de batalla.
Abrió todos los armarios de golpe. Sacó las ollas de cobre, las sartenes de hierro, las cajas de hojalata que guardaban galletas rancias y las latas de té.
Vació los botes de harina y azúcar sobre la encimera, esparciendo nubes blancas que se posaron sobre su ropa oscura.
Se subió a una silla para registrar los altillos, metiendo la cabeza en rincones oscuros y llenos de telarañas.
Retiró los zócalos de madera bajo los muebles bajos, encontrando únicamente pelusas y una vieja moneda de escudos.
Su frustración iba en aumento. Cada fracaso alimentaba su desesperación.
Necesitaba aquel cuaderno. Sin él, su vida quedaba suspendida en el vacío, sin la dirección que su madre había prometido.
El sudor le perlaba la frente y le empapaba la nuca.
El reloj de pared marcaba el inexorable avance del tiempo, y el piso se iba sumiendo en una penumbra cada vez más densa.
Encendió las luces, cuya luz amarillenta proyectaba sombras monstruosas sobre el caos que estaba creando.
Se dirigió al dormitorio de Leonor. La cama, intacta y sagrada hasta el momento, fue despojada de sus sábanas y mantas.
Elena levantó el pesado colchón de lana con una fuerza que no sabía que poseía, volcándolo sobre el suelo.
Examinó el somier, las lamas de madera, buscando cualquier paquete adherido con cinta adhesiva.
Hurgó entre la ropa de los armarios, palpando los bolsillos de los abrigos antiguos, revisando el interior de los sombrereros de cartón y volcando cajas de zapatos polvorientos.