Saudade CAPÍTULO 4-El fondo de las imágenes #2
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CAPÍTULO 4-El fondo de las imágenes #2

Cogió otra. Y otra más. Comenzó a rebuscar frenéticamente entre las décadas.

En las fotos de los ochenta, años antes de que el mundo real la viera nacer, encontró figuras borrosas de un bebé gateando bajo la mesa de caoba en el fondo de un retrato doméstico.

En las fotografías callejeras de los años dos mil, donde Leonor posaba frente a la Sé de Lisboa o en las empinadas cuestas de Alfama, Elena buscó entre la multitud desenfocada que caminaba a espaldas de la anciana.

Allí, cruzando la calle, semiescondida por un tranvía o asomada a un balcón lejano, siempre aparecía su propio rostro.

Un rostro que envejecía al mismo ritmo que ella lo había hecho en Madrid, congelado accidentalmente en el fondo de un archivo fotográfico imposible, acechando la vida solitaria de una mujer muerta.

El cerebro de Elena colapsó durante varios minutos, sumido en un bucle de negación absoluta.

La racionalidad, ese pilar sobre el que había construido toda su vida adulta, sus diseños simétricos y sus hojas de cálculo, se desmoronaba como un azucarillo en agua hirviendo.

Se llevó las rodillas al pecho, apretando la espalda contra el duro marco de la cama de caoba, mientras su respiración se convertía en un jadeo superficial.

No apartó la vista de las fotografías esparcidas por el suelo.

Desde allí, desde el parqué cubierto de polvo y secretos, decenas de versiones de sí misma la observaban en silencio, atrapadas en el ámbar brillante del papel fotográfico.

«Es una ilusión óptica», intentó convencerse, pronunciando las palabras en voz alta para romper el sepulcral silencio del piso.

«Pareidolia. El cerebro humano está programado para buscar rostros conocidos en patrones aleatorios.

Es solo una sombra, un efecto del granulado del carrete, una mancha de humedad en el espejo».

Pero mientras su voz temblaba en la habitación, su mano derecha se deslizó de forma inconsciente hacia su mejilla, rozando la pequeña cicatriz en forma de media luna.

El tacto de la piel irregular era irrefutable.

Ningún error de revelado, ninguna sombra caprichosa podía replicar la asimetría exacta de esa marca que llevaba consigo desde los doce años.

Impulsada por una mezcla de terror cerval y una fascinación morbosa que no podía reprimir, gateó de nuevo hacia el centro de la habitación.

Cogió su teléfono móvil del bolsillo trasero de su pantalón, encendió la linterna y activó la cámara para usarla como lupa.

Seleccionó una fotografía fechada en la primavera de 1982.

En primer plano, Leonor aparecía sentada en la butaca de terciopelo del salón, leyendo un libro con gafas de lectura.

Elena amplió la imagen en la pantalla de su teléfono, enfocando el gran ventanal que quedaba a espaldas de la anciana.

La luz del flash se reflejaba en el cristal oscuro de la noche, pero más allá del destello, recortada contra la oscuridad de la calle, estaba ella.

Era una Elena de unos seis años. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas deshechas y vestía un pijama de franela con estampado de estrellas.

Estaba apoyada contra el alféizar de la ventana, mirando la lluvia caer, con una expresión de aburrimiento infantil que Elena conocía perfectamente porque la había visto mil veces en los álbumes de fotos de su propia casa en Madrid.

El pánico le oprimió la garganta hasta hacerle daño.

¿1982? Era imposible. En la vida real, Elena tenía seis años y estaba en Madrid.

Jamás había pisado Lisboa ni había vivido con Leonor.

Y sin embargo, allí estaba, respirando en una dimensión paralela, habitando una noche lluviosa en Lisboa mientras su madre real en España ni siquiera la había concebido.

La cronología saltó por los aires, triturando cualquier intento de lógica.

Elena empezó a clasificar las fotos de manera frenética, ignorando a Leonor y centrándose exclusivamente en el fondo de las imágenes.

Creó una cuadrícula en el suelo, una línea temporal de una vida fantasma.

En 1978, una Elena de dos años asomaba la cabeza por debajo de la mesa de la cocina mientras Leonor horneaba un pastel.

En 1989, una Elena adolescente, con la misma rebeldía hosca y el mismo flequillo mal cortado que había lucido en su instituto de Madrid, aparecía desenfocada en el espejo del pasillo, cruzada de brazos mientras Leonor posaba con un vestido nuevo.

En 2004, una Elena universitaria, con ojeras marcadas y un abrigo gris idéntico al que había comprado con su primer sueldo, caminaba unos pasos por detrás de Leonor en una abarrotada calle del barrio de Chiado.

La perturbadora verdad comenzó a cristalizar en su mente, no como una revelación científica, sino como un axioma mágico e inapelable.

Leonor Cardoso no había estado documentando su propia soledad.

No había estado fotografiando una silla vacía.

Para los ojos de Leonor, la silla nunca estuvo vacía.

La cámara, de algún modo inexplicable, había capturado el eco de la imaginación de la anciana.

Leonor había amado y deseado a esa hija con una devoción tan feroz, tan pura y tan obsesiva, que su mera voluntad había rasgado el tejido de la realidad, invocando el rostro, el cuerpo y el alma de una persona que nacería años después y a cientos de kilómetros de distancia.

O peor aún, y esta idea le hizo soltar el teléfono como si quemara: ¿y si era al revés?

¿Y si no era Leonor quien la había invocado a ella, sino que ella, Elena Navarro, era la que había sido moldeada por los pensamientos de esta mujer?

¿Y si su vida entera en Madrid, sus gustos, sus cicatrices, sus fracasos amorosos, no eran más que el resultado de un guion escrito en la soledad de este apartamento lisboeta?

La náusea la golpeó con la fuerza de un puñetazo.

Se puso en pie tambaleándose y corrió hacia el cuarto de baño.

Abrió el grifo del lavabo y se echó agua fría en la cara una y otra vez, empapando el cuello de su jersey.

Apoyó las manos en la porcelana y levantó la vista hacia el espejo cubierto de pequeñas manchas de humedad.

El mismo espejo que había visto en las fotografías.

El mismo cristal que había reflejado a su yo adolescente, a su yo niña, a su yo fantasma.

Contempló su propio rostro. Las gotas de agua resbalaban por sus pómulos, trazando surcos brillantes en la penumbra.

Estaba pálida, con los ojos inyectados en sangre y el pelo alborotado.

Pero debajo del miedo, descubrió otra emoción abriéndose paso.

Una emoción mucho más letal, un veneno dulce que se filtraba en su torrente sanguíneo, anestesiando el pánico.

Regresó al dormitorio arrastrando los pies.

La tarde había avanzado implacable, y la luz ambarina había dado paso al azul denso del crepúsculo.

La habitación estaba sumida en sombras, pero las fotografías en el suelo parecían brillar con una luminiscencia propia.

Elena no encendió la luz. Se dejó caer de rodillas en medio del océano de imágenes y tomó una al azar.

Era de finales de los noventa. Leonor aparecía en la cocina, de espaldas a los fogones, sonriendo con ternura hacia un punto fuera de plano.

En el reflejo del azulejo esmaltado tras ella, la silueta borrosa de Elena aparecía sentada en la mesa amarilla, haciendo los deberes con un vaso de leche a medio terminar.

Al pasar las yemas de los dedos sobre la superficie brillante de la fotografía, el recuerdo estalló en su mente con la misma fuerza que la memoria de la taza desportillada el primer día.

Sintió el olor a leche caliente con miel.

Sintió la frustración de un problema de matemáticas imposible.

Y, sobre todo, sintió la mirada de Leonor.

Una mirada de orgullo absoluto, de amor incondicional, de refugio seguro.

Una mirada que su propia madre biológica, Carmen, con su constante exigencia y su pragmatismo frío, jamás le había dirigido.