CAPÍTULO 4-El fondo de las imágenes #3
Las lágrimas volvieron a brotar, pero esta vez no eran lágrimas de terror ante lo sobrenatural.
Eran lágrimas de un dolor profundo y desgarrador.
El corazón de la novela, el abismo de su propia identidad, se abrió bajo sus pies.
Se abrazó a sí misma, meciéndose levemente en el suelo del dormitorio, asediada por la saudade.
Extrañaba aquella tarde de lluvia de 1982.
Extrañaba el pastel de cumpleaños que Leonor había horneado en 1978.
Extrañaba la reprimenda cariñosa por dejar el vaso de leche a medias, el sonido de la radio de transistores, la bufanda granate que Leonor le había tejido para consolarla por una ruptura amorosa que, en realidad, nunca sucedió en ese momento ni en ese lugar.
La nostalgia la devoraba viva. Lloró por la infancia que le había sido arrebatada al nacer en el cuerpo equivocado, en la familia equivocada, en la ciudad equivocada.
«Yo debería haber estado aquí», susurró en la oscuridad, con la voz rota.
La frase resonó en las paredes del apartamento como una verdad irrefutable.
Su vida en Madrid era un exilio. La mujer pragmática, distante y agotada que había subido al avión hacia Lisboa no era más que un borrador mal trazado.
La verdadera Elena, la que estaba destinada a ser amada con una fuerza capaz de alterar el tiempo, era la chica borrosa que habitaba en el fondo de aquellas fotografías.
Durante horas, permaneció sentada en el suelo, rodeada de las pruebas de su existencia robada, rindiéndose a la locura.
Dejó de buscar explicaciones lógicas. Aceptó la magia oscura y triste del apartamento.
Aceptó que compartía su alma con la hija fantasma de Leonor Cardoso.
Poco a poco, con un cuidado reverencial, comenzó a recoger las fotografías, agrupándolas de nuevo por décadas.
Trataba cada pedazo de papel como una reliquia sagrada, alisando los bordes doblados y limpiando el polvo con la manga de su jersey.
Cuando terminó de reunir todos los fajos, arrastró de nuevo la pesada caja de metal gris hacia sí para guardarlos.
Al colocar el último bloque, el correspondiente a los años 2000, notó que el fondo de la caja, forrado con un viejo fieltro verde, emitía un sonido hueco.
El peso del recipiente vacío no se correspondía con su tamaño.
Elena frunció el ceño. Deslizó los dedos por los bordes internos, presionando las esquinas del metal.
En la esquina superior derecha, el fieltro cedió bajo su pulgar, revelando una pequeña muesca apenas perceptible.
Elena introdujo la uña y tiró hacia arriba.
Una fina plancha de acero se desprendió con un chasquido metálico, desvelando un doble fondo espacioso y profundo.
Su corazón, que se había calmado en la resignación de la nostalgia, volvió a acelerar su ritmo.
El compartimento oculto no guardaba más fotografías.
En su interior, perfectamente alineados y protegidos por bolsas de plástico transparente, había decenas de cuadernos.
Eran de diferentes tamaños y grosores; algunos encuadernados en cuero barato, otros con tapas de cartón jaspeado, libretas de anillas y agendas de polipiel gastada.
El olor a papel viejo, a tinta seca y a tiempo embotellado subió en espiral hasta su nariz.
Elena extrajo el primer cuaderno, el que parecía más antiguo, con las tapas de cartón oscurecidas por la humedad.
Sabía lo que era antes de abrirlo. El notario, el Dr. Almeida, se lo había advertido.
Graça, la vecina, se lo había insinuado.
Leonor Cardoso se había pasado la vida escribiendo.
Y ahora comprendía que no había estado escribiendo una novela, ni un diario personal de soledad.
Pasó los dedos temblorosos por la tapa áspera y levantó la cubierta.
En la primera página, escrita con pluma estilográfica azul, destacaba una caligrafía cursiva e inconfundible, la misma que había etiquetado las fotografías.
Elena acercó el cuaderno al haz de luz que se filtraba por la ventana, guiñando los ojos para descifrar las letras en la penumbra de la habitación.
El texto decía:
«Para Elena. Mi niña de luz y sombra. Hoy has cumplido un año y has dado tu primer paso en el pasillo.
Has rozado el espejo con tus manitas, como si buscaras a alguien al otro lado.
Aquí te dejo tu vida entera, por si algún día te pierdes y necesitas recordar cómo encontrar el camino de vuelta a casa. »
Elena apretó el cuaderno contra su pecho, cerrando los ojos mientras una nueva avalancha de memorias táctiles y emocionales pugnaba por entrar en su mente.
La fotografía en el espejo, el reflejo difuminado de la niña, el olor a lavanda del armario.
El diseño completo, aterrador y sublime de la devoción de Leonor se desplegaba ante ella.
El archivo visual era solo el prólogo. Aquí, en estas páginas amarillentas, reposaba el guion íntegro de su existencia paralela, cuarenta años de diarios dictando cada respiro, cada tropiezo y cada sueño de la hija que nunca nació, pero que ahora estaba exactamente donde debía estar.