CAPÍTULO 4-El fondo de las imágenes
La luz de la mañana siguiente se filtró por las rendijas de las persianas de madera, trazando líneas doradas sobre el polvo en suspensión del dormitorio.
Elena despertó en la cama de Leonor, enredada entre sábanas de algodón que olían a lavanda y a un tiempo detenido.
Sorprendentemente, había dormido del tirón, arrullada por el silencio denso del edificio y por una inusual sensación de seguridad.
La histeria del día anterior había dejado paso a una calma extraña, casi resignada.
Había aceptado que la casa la conocía, que los objetos la reclamaban, y que, de alguna manera incomprensible, ella encajaba en los vacíos que la anciana había dejado.
Sin embargo, su instinto de diseñadora, su necesidad innata de ordenar el caos, seguía vivo bajo esa nueva capa de nostalgia heredada.
Si iba a convivir con el fantasma de aquella vida inventada, al menos tenía que limpiar la casa.
Tras prepararse un café en la cocina, moviéndose de nuevo con aquella fluidez automática e inquietante entre los fogones, decidió enfrentarse al dormitorio principal.
El cuarto estaba dominado por un pesado armario de caoba que ocupaba casi toda la pared izquierda.
Era un mueble imponente, oscuro y solemne, con puertas talladas que crujían como las cuadernas de un barco viejo.
Elena dejó la taza vacía sobre la mesita de noche y abrió las puertas de par en par.
El olor a naftalina, mezclado con un perfume floral ya caduco, la golpeó en el rostro.
El interior era un testimonio meticuloso de la existencia de Leonor Cardoso.
Había abrigos de lana oscura cuidadosamente cepillados, blusas de seda pálida envueltas en fundas protectoras y faldas de tubo de una elegancia sobria y antigua.
Elena empezó a sacar las prendas una a una, colocándolas sobre la cama para poder evaluar el espacio.
Al deslizar las perchas, sentía breves chispazos de memoria táctil: el roce de un abrigo bajo la lluvia en la Praça do Comércio, la incomodidad de una etiqueta en la nuca durante una tarde de domingo.
Pero los ignoró. Se obligó a mantener la mente fría, trabajando con la eficacia mecánica de quien realiza un inventario.
Cuando vació la parte superior y comenzó a examinar el estante inferior, cubierto por mantas de lana gruesa, sus dedos rozaron algo frío y metálico.
Estaba oculto bajo una pila de edredones pesados, empotrado en una especie de doble fondo de madera que parecía haber sido manipulado a propósito para albergarlo.
Elena tiró de las mantas, levantando una nube de polvo que la hizo toser, y descubrió una gran caja de metal grisáceo, similar a las antiguas cajas de herramientas o de caudales, cerrada con un pequeño pestillo oxidado.
Pesaba horrores. Con esfuerzo, logró arrastrarla fuera del armario y la dejó caer sobre las tablas del suelo, levantando un eco sordo que rebotó por todo el apartamento.
Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, y contempló la caja durante unos segundos.
Su respiración se había acelerado. Sabía, con la misma certeza con la que sabía encender el fuego de la cocina sin mirar, que aquel recipiente guardaba el núcleo de la obsesión de Leonor.
Con mano temblorosa, apartó el pestillo.
No tenía candado. La tapa chilló al abrirse, revelando un interior abarrotado pero obsesivamente ordenado.
Eran fotografías. Miles de ellas. Estaban agrupadas en bloques gruesos, atadas con gomas elásticas resecas que se deshacían al tocarlas, o envueltas en pequeños cordeles de algodón.
Cada fajo tenía una etiqueta de cartulina blanca sujeta con un clip, escrita con una caligrafía cursiva, elegante y temblorosa.
Decían: «Los setenta», «Los ochenta», «Los noventa», «El nuevo siglo».
Elena sintió que el corazón le latía en la garganta.
Extendió las manos y tomó el primer fajo, el más antiguo, fechado a finales de los setenta, años antes de que ella misma naciera en un hospital de Madrid.
Al principio, las imágenes le produjeron una ternura infinita, teñida de una tristeza casi insoportable.
Las fotos de los setenta mostraban a una Leonor mucho más joven, de rostro afilado, cabello oscuro recogido en un moño estricto y una sonrisa melancólica que no le llegaba a los ojos.
El escenario era, invariablemente, el propio apartamento de Alfama.
Leonor en la cocina, Leonor sentada en el sofá con un libro, Leonor apoyada en el balcón mirando a la calle.
Sin embargo, a medida que avanzaba por los tacos de papel fotográfico, la tristeza se fue volviendo más oscura y opresiva.
La soledad de la mujer era abrumadora, pero lo que realmente encogió el estómago de Elena fue la puesta en escena de aquella soledad.
En una fotografía fechada en la Navidad de 1985, Leonor posaba frente a un pequeño árbol adornado en el salón.
Sobre la mesa del comedor, iluminada por velas, había una cena festiva servida con sumo esmero.
Había dos platos. Dos copas de cristal. Dos sillas dispuestas.
Pero Leonor estaba sola frente al objetivo de la cámara, disparada probablemente con un temporizador.
La anciana había pasado décadas celebrando la Nochebuena con una silla vacía.
Elena pasó a la década de los noventa. El pelo de Leonor comenzaba a encanecer, su postura se encorvaba levemente, pero el ritual macabro continuaba.
Había fotos de cumpleaños. Un pastel de chocolate sobre el hule amarillo de la cocina, decorado con diez velas, luego quince, luego veinte.
Detrás del pastel, la mesa estaba servida, de nuevo, para dos.
A veces, había incluso regalos envueltos en papel brillante apoyados contra la silla vacía.
Era la crónica visual de una locura silenciosa, de una madre que veía envejecer a una hija fantasma, celebrando sus logros, sus aniversarios, la vida que nunca llegó a existir, entre aquellas mismas cuatro paredes.
Las lágrimas acudieron a los ojos de Elena, nublándole la vista.
Sentía una piedad devastadora por aquella completa desconocida.
¿Cómo de inmenso debía de ser el dolor, la fractura en el alma de Leonor, para dedicar cuarenta años a fotografiar ausencias?
Dejó los tacos de fotos sobre el suelo, rodeándose de aquel mar de recuerdos inventados.
Era un cementerio de momentos no vividos.
Secándose las lágrimas con el dorso de la mano, tomó un puñado de imágenes de principios de los 2000.
La cámara que utilizaba Leonor parecía haber mejorado; los colores eran más nítidos, el contraste más duro.
En una de ellas, Leonor posaba frente al espejo del pasillo, sosteniendo una bufanda de lana granate.
La bufanda del recuerdo doloroso. Elena tragó saliva, sintiendo el eco lejano de aquella ruptura sentimental imaginaria.
Acercó la fotografía a su rostro para observar la textura de la lana, buscando algún detalle que anclara ese recuerdo prestado a la realidad.
Y entonces lo vio.
La tristeza que la había estado ahogando se evaporó en un segundo, sustituida por una descarga de hielo que le recorrió la espina dorsal. El aire pareció abandonar la habitación. Sus pulmones se paralizaron.
No estaba mirando a Leonor. Estaba mirando al fondo de la fotografía, al reflejo del espejo oscurecido que devolvía la imagen del pasillo detrás de la anciana.
La profundidad de campo estaba ligeramente desenfocada, pero el detalle era innegable.
Detrás de Leonor, en el umbral de la puerta del salón, apenas visible en la penumbra, había una figura.
Al principio parecía una mancha, un error en el revelado o una sombra caprichosa.
Pero Elena apretó los párpados, acercó la imagen a escasos centímetros de sus pupilas y la observó hasta que le dolieron los ojos.
Era una niña. Una niña de unos siete u ocho años, de pie, con los brazos caídos a los costados, mirando directamente hacia el objetivo a través del reflejo del espejo.
Tenía el pelo liso y oscuro, cortado a la altura de los hombros, y llevaba un vestido de pana que a Elena le resultó monstruosamente familiar.
Pero lo que la hizo soltar la fotografía, como si el papel hubiera comenzado a arder, fue el rostro.
Aunque borroso, desdibujado por la óptica barata de la cámara y por la falta de luz en el pasillo, los rasgos eran inconfundibles.
Los pómulos altos, la curva precisa de las cejas, la pequeña asimetría en la línea de la mandíbula.
Elena se arrastró hacia atrás, golpeando su espalda contra el lateral de la cama.
El terror puro, primitivo y absoluto la atenazó, impidiéndole articular palabra o emitir un sonido.
Aquella niña desenfocada en el espejo, atrapada en una fotografía tomada en un piso de Lisboa a miles de kilómetros de distancia, era ella.
Incapaz de respirar con normalidad, se lanzó de nuevo hacia el montón de fotografías desparramadas por el parqué.
Sus manos temblaban tan violentamente que rompió un par de instantáneas al intentar agarrarlas.
Cogió una foto de una Navidad de finales de los noventa.
Leonor brindando frente a la silla vacía.
Elena buscó desesperadamente en el fondo.
Detrás de la ventana del salón, en el cristal oscuro de la noche lisboeta, allí estaba.
El reflejo fantasmal, apenas un espectro de luz y sombra.
Esta vez era una adolescente. Estaba sentada en la silla vacía, mirando a Leonor con una expresión de tedio, y en su mejilla derecha se distinguía, tenue pero exacta, la misma cicatriz en forma de media luna que Elena se había hecho al caer de una bicicleta en el madrileño parque del Retiro cuando tenía doce años.