Saudade CAPÍTULO 3-Ecos de la dueña #2
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CAPÍTULO 3-Ecos de la dueña #2

El ascenso por las escaleras del número 28 fue distinto esta vez.

Elena no pisó con la cautela de una intrusa ni esquivó el quinto escalón.

Dejó que la madera crujiera bajo sus zapatos, un sonido que ahora se antojaba menos una advertencia y más un saludo ronco del edificio.

Al introducir la llave en la cerradura, no hubo temblores en sus manos.

La puerta se abrió con un gemido grave y el olor a madera cerrada, a naftalina y a polvo antiguo la envolvió.

Pero ya no era un hedor asfixiante. Era, de un modo retorcido e imposible, el olor de casa.

Cerró la puerta a su espalda y dejó el bolso sobre la pequeña consola de la entrada, exactamente en el centro, junto a un platito de cerámica que, sin pensarlo, supo que servía para dejar las llaves.

Y allí las dejó. El tintineo del metal contra el barro esmaltado resonó en el pasillo silencioso.

La tarde empezaba a caer sobre Lisboa, tiñendo el aire del apartamento de un ámbar espeso y melancólico.

Elena se quitó los zapatos, sintiendo el frío del parqué a través de los calcetines, y caminó hacia el salón.

Se sentía exhausta. Una fatiga profunda, antigua, que se le había incrustado en los huesos.

El hambre, un hambre voraz y terrenal, rugió en su estómago, sacándola por un instante de sus cavilaciones.

Necesitaba comer. Y, por primera vez desde que había cruzado el umbral de aquel piso, la idea de adentrarse en la cocina no le provocó terror.

Había agotado sus reservas de pánico y escepticismo en las calles de Alfama.

Su mente hiperracional se había declarado en huelga, incapaz de procesar la magnitud del misterio que la rodeaba.

Si iba a volverse loca, si iba a convertirse en el recipiente de una vida fantasma, al menos lo haría con el estómago lleno.

Caminó por el pasillo central, deslizando los dedos por la pared empapelada sin miedo a las chispas de la memoria.

Al llegar a la puerta de la cocina, envolvió el picaporte de porcelana con la mano desnuda.

Un calor tenue le acarició la palma, una pulsación suave, como el latido de un corazón en reposo.

Empujó la puerta y entró en el pequeño espacio dominado por los azulejos amarillentos.

No encendió la luz de inmediato. La claridad de la calle bañaba la encimera de granito y la vieja cocina de gas.

Elena se situó en el centro de la estancia y cerró los ojos, respirando profundamente.

Ya no iba a luchar. Si el apartamento quería guiarla, ella se dejaría llevar.

Dejó los brazos muertos a los costados y relajó los hombros.

Entonces, la coreografía comenzó.

Sin abrir los ojos del todo, guiada por una visión periférica que no pertenecía a su biografía, dio dos pasos hacia la izquierda.

Extendió el brazo derecho y abrió el segundo armario superior.

Su mano sorteó un paquete de arroz a medio empezar y se cerró en torno a una lata de aceite de oliva, cuyo peso y textura le resultaron tan familiares como la forma de sus propias manos.

La bajó hasta la encimera. Luego, giró sobre sus talones, se agachó ligeramente y tiró del cajón inferior, levantándolo apenas unos milímetros para evitar que se atascara con la guía oxidada.

Del interior, sacó una sartén de hierro fundido, pesada y ennegrecida por el uso de décadas.

Se movía con una fluidez asombrosa, como una bailarina ejecutando una rutina ensayada mil veces.

No había dudas, no había tanteos. Sabía que los ajos estaban en una pequeña cesta de mimbre junto a la ventana.

Sabía que el cuchillo de hoja corta, el único que cortaba bien, estaba oculto bajo unas cucharas de madera en el primer cajón.

Sabía, con absoluta precisión, que la caja de cerillas se escondía detrás de la figura de un gallo de Barcelos de cerámica, en la repisa de los azulejos.

Cogió una cerilla, la raspó contra el lateral de la caja y observó cómo la llama azul y naranja iluminaba sus facciones.

Llevó el fuego al tercer fogón, el único que no fallaba, el que calentaba de manera uniforme, y giró la llave de paso.

El gas prendió con un siseo sordo. Colocó la sartén de hierro sobre el fuego, vertió un chorrito de aceite de oliva y comenzó a picar el ajo.

El sonido metálico del cuchillo contra la tabla de madera era rítmico, rápido, seguro.

Ella, que en Madrid apenas sobrevivía a base de comida a domicilio y ensaladas de bolsa, cortaba ahora con la destreza de quien ha alimentado a una familia durante años.

El aroma penetrante del ajo dorándose en el aceite caliente llenó la cocina, y con él, una oleada de paz indescriptible descendió sobre los hombros de Elena.

No era un fogonazo doloroso como el de la bufanda, ni un ahogo de tristeza como el del tocadiscos.

Era una memoria plácida, una rutina doméstica reconfortante.

Encontró un par de huevos en una pequeña despensa fresca y unos restos de tomate triturado en un tarro de cristal que extrañamente sabía que aún estaba en buen estado.

Añadió los ingredientes a la sartén. La madera de la espátula que usó para remover tenía una muesca exacta en la que su dedo índice encajaba a la perfección.

Mientras la cena chisporroteaba, su cuerpo actuó por inercia una vez más.

Se acercó a la pequeña radio de transistores gris que descansaba sobre la repisa.

Apretó el botón de encendido y giró el dial de sintonización exactamente un cuarto de vuelta hacia la derecha.

La estática inicial se desvaneció de inmediato, dando paso a la voz rasgada de un locutor portugués, seguida por los acordes melancólicos de una guitarra clásica.

Era una emisora local, una que emitía fados antiguos y baladas nostálgicas a esa hora de la tarde.

Elena se quedó de pie frente a los fogones, escuchando la música, sintiendo el calor del fuego en el vientre.

Las luces de los faroles de la calle comenzaron a encenderse, proyectando sombras alargadas sobre los azulejos de la pared.

En ese instante, atrapada en el ámbar del tiempo, comprendió lo que estaba sucediendo.

No estaba reviviendo la vida de Leonor. Estaba habitando la vida de la hija que Leonor había inventado.

La escritora solitaria no solo había rellenado libretas; había impregnado las paredes, los muebles, los objetos cotidianos con la fuerza de su imaginación.

Había deseado tanto a esa hija, había visualizado sus movimientos en aquella cocina con tanta intensidad durante cuarenta años, que la ficción había adquirido densidad física.

Y ella, Elena, con su mismo nombre, con su mismo rostro, había encajado en ese molde invisible como una llave maestra en una cerradura esperándola desde el principio de los tiempos.

Apagó el fuego cuando la comida estuvo lista.

Sirvió la revoltura de tomate y huevo en un plato de loza blanca, el mismo que había visto en su primera visión, y lo llevó hasta la pequeña mesa abatible junto a la ventana.

Sacó un tenedor del cajón de los cubiertos, ignorando deliberadamente los cuchillos mellados que no servían.

Se sentó en la silla de madera desvencijada, apoyando los codos sobre el hule amarillo, y miró a través del cristal.

Desde allí podía ver los tejados de terracota de Alfama recortándose contra el cielo violeta, y a lo lejos, la línea oscura del río Tajo brillando bajo las primeras estrellas.

Se llevó el primer bocado a la boca. El sabor era extraordinario.

Rico, casero, con el toque exacto de sal y un regusto a orégano que había espolvoreado mecánicamente en el último segundo.

Mientras masticaba, una lágrima solitaria e involuntaria resbaló por su mejilla.

Pero no era una lágrima de terror. Era de una dulzura sobrecogedora.

Se sentía cuidada. Se sentía, por primera vez en toda su vida, profundamente arraigada a un lugar.

Su vida en Madrid, sus planos asépticos, su piso diminuto sin alma, sus relaciones superficiales, le pareció de pronto un borrador mal escrito, un ensayo gris comparado con la riqueza emocional de esta mentira palpable.

Dejó de luchar contra la influencia de la casa.

Si el precio por experimentar esta calidez, este sentido de pertenencia absoluto, era perder la cordura, Elena estaba dispuesta a pagarlo.

Comió lentamente, saboreando cada bocado, cada nota musical de la radio, cada crujido del edificio, rindiéndose por completo a la extraña y hermosa coreografía de fantasmas que la habitaba.