CAPÍTULO 3-Ecos de la dueña
«Tiene que haber una explicación racional», se repitió, marcando el ritmo con los nudillos contra la pared de la calle.
Su mente, entrenada para el orden y el diseño funcional, se negaba a aceptar lo sobrenatural.
La memoria heredada existía en la teoría genética, sí, los traumas de los antepasados podían dejar huellas en el ADN.
Pero para que eso funcionara, Leonor Cardoso debía ser su familia.
Debía ser una abuela secreta, una tía lejana, alguien de su misma sangre.
Si lograba demostrar un vínculo biológico, podría convencerse de que su cerebro estaba experimentando una extraña respuesta psicosomática al entorno de un ancestro.
Era una teoría endeble, casi ciencia ficción, pero era infinitamente mejor que admitir que estaba perdiendo la cordura.
Se alisó el pelo, se secó los restos de lágrimas con la manga del jersey y echó a andar.
Necesitaba respuestas. El primer paso lógico era el notario que le había enviado la carta a Madrid.
Recordaba el nombre en el membrete: Dr. João Almeida, con despacho a menos de quince minutos de allí, cerca de la Praça do Comércio.
Caminó deprisa, esquivando grupos de turistas y puestos de fruta, aferrándose al propósito de la investigación como a un salvavidas.
El despacho del notario olía a cera para muebles y a café recién hecho, un aroma que, afortunadamente, no desencadenó ninguna visión en la mente de Elena.
El Dr. Almeida la recibió con una sonrisa formal, aunque sus ojos mostraban cierta sorpresa tras sus gruesas gafas de carey.
Le ofreció asiento frente a una mesa abarrotada de expedientes.
—Señorita Navarro, no esperaba verla tan pronto. ¿Ha habido algún problema con el acceso a la propiedad? —preguntó el hombre, entrelazando las manos sobre su escritorio.
—No, la llave funciona perfectamente —respondió Elena, buscando las palabras exactas para no parecer una lunática—.
Pero necesito saber más sobre la mujer que me la dejó.
Sobre Leonor Cardoso. Sé que usted solo gestionó el testamento, pero me pregunto si la conoció personalmente, si sabe por qué me eligió a mí.
El notario suspiró, recostándose en su silla. Su expresión se suavizó, teñida de una leve melancolía.
—Conocí a doña Leonor, sí. Todo el barrio la conocía, aunque pocos hablaban realmente con ella.
Era cliente de este despacho desde hacía más de veinte años.
Una mujer muy reservada. Solitaria, pero de una amabilidad exquisita.
Venía a firmar documentos o a actualizar pequeños detalles legales, siempre sola.
—¿A qué se dedicaba? ¿Trabajaba en algo que pudiera relacionarla con España, con Madrid?
—No que yo sepa. Hasta donde tengo entendido, Leonor pasaba sus días escribiendo.
No era una autora publicada, al menos no bajo su nombre.
Decía que escribía para su hija. Compraba cuadernos por docenas en la papelería de la esquina.
De hecho, cuando redactamos sus últimas voluntades y me dio su nombre y dirección en Madrid, asumí que usted era esa hija. La hija ausente.
Elena sintió un escalofrío. —¿La hija ausente? Yo no soy su hija. Mis padres viven en Madrid, nací allí. No tengo ninguna relación con Portugal.
El Dr. Almeida frunció el ceño, claramente confundido.
—Qué extraño. Leonor hablaba a menudo de una hija que vivía lejos.
Nunca dio detalles, pero la mencionaba con tanta devoción...
Decía que todo lo que tenía, y sobre todo lo que escribía, era para ella.
Supuse que se trataba de un distanciamiento familiar doloroso y que, al final de sus días, quiso enmendarlo dejándole el piso.
Elena salió del despacho del notario con más preguntas que respuestas.
¿Escribía para una hija? ¿Por qué la había nombrado heredera asumiendo ese rol?
Necesitaba más información. Regresó a Alfama, adentrándose en el laberinto de callejuelas que rodeaban el apartamento.
Si Leonor llevaba décadas allí, los vecinos más antiguos debían saber algo.
Se detuvo en una pequeña tienda de ultramarinos que hacía esquina frente al portal de Leonor.
Una mujer mayor, vestida con un delantal negro y con el rostro surcado de arrugas profundas, estaba organizando cajas de bacalao.
—Perdone —dijo Elena, haciendo un esfuerzo para que su español sonara pausado y comprensible—. Soy la persona que ha heredado el piso de doña Leonor Cardoso, en el número 28. ¿Usted la conocía?
La anciana dejó la caja y se limpió las manos en el delantal. Sus ojos, pequeños y brillantes, escrutaron a Elena de arriba abajo.
—Ah, la española —murmuró la mujer en un portugués masticado que Elena logró comprender a medias—.
Pobre doña Leonor. Dios la tenga en su gloria.
Yo soy Graça, llevo aquí toda la vida. Claro que la conocía.
Venía a comprar el pan y la leche todos los días.
Siempre callada, siempre con la mirada perdida, como si estuviera esperando a alguien que nunca llegaba.
—¿Sabe si tenía familia? ¿Alguien de España, quizá?
Graça negó con la cabeza lentamente. —Nunca vi a nadie subir a esa casa.
Ni marido, ni hermanos. Solo ella y sus libretas.
A veces, cuando bajaba, me decía: «Hoy mi niña cumple años, Graça, le voy a hacer su tarta favorita».
Yo le seguía la corriente, pensé que la pobre había perdido la cabeza o que el dolor de una pérdida antigua la había trastornado.
Nunca vimos a esa niña. Nunca vimos a la hija de la que tanto hablaba.
La confirmación golpeó a Elena con fuerza.
Una hija fantasma. Una mujer solitaria escribiendo en un piso lleno de trampas emocionales.
Agradeció a la mujer con una sonrisa tensa y se alejó, buscando refugio en la pequeña terraza de un café cercano.
Pidió una botella de agua con gas y sacó su teléfono móvil.
Solo le quedaba una carta por jugar. Marcó el número de su madre.
El teléfono dio tres tonos antes de que la voz familiar y enérgica de Carmen al otro lado de la línea la devolviera de golpe a la realidad madrileña.
—¡Elena! Hija, ¿qué tal por Lisboa? ¿Ya has visto el piso que te ha tocado en la lotería de los muertos?
—Mamá, hola. Escúchame, necesito que me respondas a algo importante. Y necesito que hagas memoria —el tono urgente de Elena silenció el bullicio de fondo en la línea de su madre.
—Me asustas, ¿qué pasa? ¿El piso está en ruinas?
—No, el piso está bien. Mamá, ¿alguna vez, antes de que yo naciera, tú o papá tuvisteis algún tipo de relación con alguien en Portugal? ¿Una amiga, una pariente lejana, una jefa? ¿Alguien llamada Leonor Cardoso?
Hubo un silencio prolongado. Elena podía imaginar a su madre frunciendo los labios, rebuscando en el archivo de su memoria.
—¿Leonor qué? No, hija, para nada. Tu padre pisó Portugal una vez en un viaje de fin de curso en los setenta, y yo ni eso. No tenemos familia allí. Todos nuestros abuelos son de Castilla, ya lo sabes. ¿Por qué lo preguntas? ¿Has encontrado algo en la casa?
—¿Estás completamente segura, mamá? ¿Ninguna adopción encubierta, ningún secreto de familia raro? —Elena sabía que sonaba desesperada, pero no le importaba.
—¡Elena Navarro! ¿Qué tonterías estás diciendo?
—La voz de Carmen subió una octava, ofendida—.
Escribiste los apellidos de tus abuelos en el colegio mil veces.
Eres nuestra hija, biológica y pesada a partes iguales.
Y no conocemos a ninguna Leonor. Esa señora debió equivocarse de nombre en el registro o confundirte con otra clienta de tu agencia.
Haz el papeleo, vende eso y vuelve a casa, que parece que el aire del Atlántico te está afectando a la cabeza.
Elena colgó tras un par de excusas apresuradas.
El teléfono tembló en su mano mientras lo dejaba sobre la mesa de metal.
La última puerta lógica acababa de cerrarse de golpe.
No había conexión biológica. No había secretos familiares.
Sus padres eran exactamente quienes decían ser, y ella no tenía ni una gota de sangre portuguesa en las venas.
Leonor Cardoso era, en términos estrictamente racionales, una completa y absoluta desconocida.
Sin embargo, al mirar sus propias manos sobre la mesa, Elena sintió la memoria táctil de la taza desportillada.
Sintió el eco del tocadiscos bajo sus yemas.
Recordó el peso del brazo de aquel hombre sin rostro, un amor tan inmenso que su propia vida real palidecía en comparación.
Las piezas no encajaban. Si no había vínculo físico, si no había conexión genética...
¿cómo era posible que su cerebro albergara el catálogo completo de las alegrías y miserias de una extraña?
Apoyó la frente sobre las manos, sintiendo el calor del sol en la nuca.
El miedo inicial empezaba a transformarse en algo mucho más denso y peligroso.
Ya no era solo terror a lo inexplicable; era una fascinación macabra.
El apartamento en Alfama no era un simple inmueble.
Era un organismo vivo, latiendo con recuerdos esperando ser asimilados.
Y aunque su mente gritaba que huyera y tomara el primer avión de vuelta a Madrid, Elena sabía, con una certeza silenciosa y aplastante, que iba a volver a cruzar esa puerta de madera.
Iba a volver a la oscuridad del pasillo, a la cocina amarillenta, al salón dominado por el escritorio de caoba.
Pagó el agua dejando unas monedas sobre la mesa de hojalata y se levantó.
El barrio a su alrededor seguía inmerso en su ruidosa cotidianidad, ignorante de la batalla silenciosa que se libraba en su interior.
La lógica la había abandonado, dejándola a merced de una coreografía de fantasmas.
Respiró hondo, llenando sus pulmones del aire de Lisboa, y comenzó a caminar de regreso hacia el portal número 28, rindiéndose, paso a paso, al abrazo asfixiante y seductor de la memoria de Leonor.