Saudade CAPÍTULO 2-Memoria en los objetos #3
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CAPÍTULO 2-Memoria en los objetos #3

Elena se quedó congelada, mirándolo. No lo había deducido.

No había inspeccionado la madera ni visto el interior.

Simplemente lo sabía, con la misma certeza aburrida y cotidiana con la que uno sabe qué escalón de su propia casa hace ruido.

El terror volvió a reptar por su espina dorsal, pero la curiosidad era ahora una fuerza gravitatoria imposible de resistir.

Ya no usó la manga del jersey. Extendió la mano desnuda, sus dedos pálidos temblando en el aire espeso, y agarró el tirador de latón frío.

Su muñeca hizo el movimiento por inercia. Arriba. A la izquierda. Atrás. El cajón cedió con un suave clac y se deslizó hacia fuera con una suavidad asombrosa, como si acabaran de engrasarlo, como si el propio mueble hubiera reconocido el tacto exacto de su dueña.

En el interior no había carpetas ni documentos.

Descansaba, ajustado perfectamente al hueco de madera, un viejo tocadiscos portátil de los años setenta.

Estaba forrado en un cuero sintético de color mostaza, con los herrajes plateados ligeramente opacos por el paso de las décadas.

La tapa estaba abierta, mostrando el plato giratorio de terciopelo negro y el brazo metálico con su aguja intacta.

Un disco de vinilo descansaba sobre el plato, negro, brillante, silencioso.

Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones. No fue un fogonazo de luz enceguecedora como en la cocina, ni un golpe violento y ruidoso como en el dormitorio. Fue algo mucho más insidioso. Fue como sumergirse lentamente en un lago de aguas profundas, oscuras y dolorosamente cálidas.

Sus yemas acariciaron el borde de cuero mostaza del tocadiscos, y el salón del apartamento se desvaneció.

No hubo imágenes nítidas, no hubo un escenario definido.

En su lugar, la asaltó una atmósfera abrumadora.

Era un domingo por la tarde. Podía sentir el repiqueteo monótono de la lluvia contra un cristal empañado y el calor irradiando de un radiador de hierro fundido.

Olía a petricor, a té de jazmín y a la madera de cedro de unos lápices recién afilados.

Y sonaba música. El crepitar suave del vinilo, el siseo analógico previo a los primeros acordes de un piano lento, pausado, infinitamente triste.

Pero por encima del olor, del sonido y del calor de la habitación fantasma, estaba la presencia. Había un hombre a su lado.

Elena no podía verlo. Por más que su mente forcejeara en la memoria inducida, por más que intentara girar el rostro dentro de esa ensoñación para capturar sus facciones, el rostro del hombre era una mancha borrosa de luz y sombra.

Pero lo sentía. Oh, Dios, cómo lo sentía.

Sentía el peso de su brazo rodeándole los hombros, el calor de su pecho contra su espalda, la textura áspera de un jersey de lana gorda bajo su mejilla.

Sentía la absoluta seguridad, la paz invulnerable de estar anclada a alguien que era su hogar.

Era un amor maduro, sereno, desprovisto de las urgencias y los gritos de su juventud imaginada.

Era el amor de una vida entera, el tipo de amor que da sentido a la existencia, que justifica el paso de los años.

Y de pronto, esa plenitud absoluta fue amputada por una ola de dolor tan gigantesco, tan desolador y definitivo, que Elena cayó de rodillas frente al cajón abierto, sollozando a gritos en la soledad del apartamento.

El golpe de la pérdida era físico. Le dolía el pecho, le escocían los ojos, sentía un nudo de hierro en la garganta que apenas le permitía tragar saliva.

Se llevó las manos a la cara, ahogando un gemido animal, gutural.

Estaba de luto. Estaba sumida en el pozo más oscuro de una viudedad que no le correspondía.

Era una melancolía que no tenía nombre en español, una tristeza impregnada de amor que los portugueses encerraban en una sola palabra, ahora tatuada a fuego en su alma: *saudade*.

Sentía saudade por el olor a cedro, por el piano triste, por el peso de aquel brazo protector.

Pero, sobre todo, extrañaba desesperadamente a ese hombre sin rostro.

Lloró por él con la devoción de quien ha perdido la mitad de su propia alma.

Lloró por las mañanas que no compartirían, por las conversaciones silenciadas, por el hueco insoportable en el lado derecho de la cama.

Se acurrucó en el suelo polvoriento, frente al tocadiscos de cuero mostaza, meciéndose adelante y atrás como una niña asustada.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, empapando el cuello de su ropa, mientras su mente racional intentaba gritar desde el fondo del abismo: «¡Tú no estás casada!

¡Nunca has amado así! ¡Ese hombre no existe!

». Pero los gritos lógicos eran inútiles ante la contundencia de la emoción.

El dolor era real. La ausencia era real.

El vacío que ese hombre sin rostro había dejado en su interior era un abismo que, hasta hacía cinco minutos, ella ni siquiera sabía que albergaba.

Incapaz de escapar, Elena cerró los ojos, dejándose arrastrar por el torrente de una vida que le estaba siendo inyectada directamente en el corazón.

Si aquello era la locura, era la locura más hermosa y devastadora que jamás habría podido imaginar.

En el silencio de la casa, acarició el borde del tocadiscos una vez más, aferrándose al dolor como si fuera el último puente hacia el único amor verdadero que, paradójicamente, nunca había sido suyo.