CAPÍTULO 2-Memoria en los objetos #2
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano temblorosa, sintiéndose una intrusa en su propio cuerpo. La angustia de la ruptura comenzaba a disiparse, dejando tras de sí un hueco doloroso, un eco de una historia que reclamaba ser contada.
El aire en la habitación parecía haberse vuelto más denso, casi irrespirable, como si las paredes de aquel dormitorio estuvieran exhalando los suspiros ahogados de décadas pasadas.
Elena permaneció sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el marco de la cama, esperando a que el temblor de sus manos cesara.
El eco de los pasos de Tiago alejándose bajo la lluvia seguía reverberando en sus oídos, una frecuencia fantasma que su cerebro se negaba a apagar.
Se abrazó a sí misma, clavando las uñas en la tela de su propio jersey, intentando anclarse al presente, a su identidad real.
Ella era Elena Navarro, arquitecta, residente en Madrid, cuarenta y siete años, soltera, huérfana de un amor tan tibio que su final apenas había dolido.
Esa era la verdad. Esa tenía que ser la única verdad.
Sin embargo, el corazón le latía desbocado por un hombre al que no conocía, y la garganta le ardía con las palabras de un reproche que jamás había pronunciado.
La frontera entre lo que era suyo y lo que pertenecía a los objetos de Leonor Cardoso se estaba volviendo porosa, aterradoramente frágil.
Se obligó a ponerse en pie. Las piernas le flaqueaban, como si acabara de correr una maratón invisible.
Retrocedió hasta el umbral del dormitorio, sin apartar los ojos del armario abierto y de la bufanda granate que yacía inerte sobre el parqué, como una serpiente venenosa dormida.
No podía seguir así. Si cada objeto de la casa era un detonador, una cápsula del tiempo cargada de emociones ajenas, vaciar el apartamento se convertiría en un ejercicio de tortura psicológica insoportable.
Tenía que buscar un método, una barrera.
Pensó en bajar a la calle, buscar una ferretería en el laberinto de Alfama y comprar guantes de goma gruesos.
Quizá el látex bloquearía esa extraña conductividad de la memoria.
Pero la idea de salir y volver a entrar, de cruzar esa puerta que parecía separar el mundo real de un limbo suspendido en el tiempo, le daba aún más vértigo.
¿Y si al salir la magia macabra se rompía y no podía volver a entrar?
¿Y si, en el fondo, una parte oscura y masoquista de su ser deseaba seguir desentrañando aquella vida falsa?
Huyó del dormitorio y regresó al salón, el espacio más amplio de la casa, buscando la tenue luz dorada que se filtraba por las contraventanas.
Necesitaba enfocarse en algo práctico, en la burocracia, en los papeles.
Leonor Cardoso debía de tener documentos, escrituras, algún archivo que explicara quién era realmente y por qué le había dejado aquel mausoleo de recuerdos.
En una esquina del salón, parcialmente cubierta por una sábana blanca que había pasado por alto la noche anterior, se alzaba un mueble robusto.
Elena tiró de la tela con cuidado, usando la manga de su jersey como escudo protector sobre la mano.
Era un escritorio de caoba oscuro, un buró clásico con una persiana de madera y varios cajones laterales.
La madera estaba pulida y fría, cubierta por esa perpetua capa de polvo que parecía unificar todo el apartamento.
Elena respiró hondo. Tenía que abrirlo. Se remangó el jersey hasta los nudillos, asegurándose de no tocar directamente el metal envejecido de los tiradores.
Abrió los dos cajones superiores de la izquierda.
Estaban llenos de sobres amarillentos, facturas de la luz, recibos del agua y talonarios antiguos del Banco Totta había que agarrar el tirador, levantar el cajón unos milímetros hacia arriba y dar un suave tirón hacia la izquierda antes de tirar hacia atrás.